33 años de la caída de la URSS: el fin del contrapeso que sostuvo la clase media
El 25 de diciembre de 1991 la bandera soviética fue arriada del Kremlin y sustituida por la rusa. Fue el último día de la Unión Soviética. Tres décadas después, la efeméride reabre una pregunta incómoda: ¿fue aquello una victoria de Occidente o el inicio de su propio declive? El dato que descoloca a muchos no es la disolución en sí, sino lo que vino después para los trabajadores occidentales.
La tesis que recorre el análisis más incisivo sostiene que
la clase media occidental fue un subproducto de la Guerra Fría. Mientras existía un bloque comunista al que superar en bienestar, las élites occidentales tuvieron que mantener la pantomima del Estado del bienestar, con derechos laborales y salarios dignos, para que las ideas comunistas no calaran entre los trabajadores. Muerto el perro, se acabó la rabia. Desde entonces, se argumenta, la clase media se ha ido desangrando a marchas forzadas.
El fin del contrapeso y la pérdida de derechos
Hay quien sostiene que la desaparición de la URSS eliminó la necesidad de demostrar que el sistema capitalista era mejor. Sin un rival ideológico, las élites pudieron pasar a hacer cosas peores: desregular, precarizar, recortar. El resultado, según esta corriente, es un empobrecimiento progresivo de las clases trabajadoras europeas que se ha acelerado en las últimas décadas.
El argumento no es exclusivo de nostalgias soviéticas. Incluso quien celebra la caída reconoce que el equilibrio de poder se rompió. La creación de la clase media fue, en buena medida, un efecto de esa lucha por demostrar superioridad. Ahora esa clase media está desapareciendo porque ya no hay que demostrar nada a nadie.
¿Qué pasó con los derechos laborales tras 1991?
La respuesta corta es que se erosionaron. El relato dominante durante los meses posteriores a la disolución se centró en las miserias rusas: la tasa de cambio del rublo, la pobreza, el hambre. Lo que no se contó con la misma intensidad fue el efecto que la desaparición del rival tendría sobre los derechos de los trabajadores occidentales.
En paralelo, hay quien sostiene que la sanidad pública española ha ido derivando hacia un modelo donde la lista de espera para una resonancia puede superar el año. Quien tiene dinero se opera; quien no, espera. Es la deriva hacia un sistema sanitario que prima la capacidad de pago sobre la necesidad clínica.
El mito del paraíso soviético y la realidad de las colas
No todo es nostalgia. La réplica más contundente recuerda que en la época soviética los ciudadanos hacían cola por una hogaza de pan. La putrefacción del sistema era tal que se disolvió sin pegar un solo tiro. Frente al romanticismo del igualitarismo, el dato crudo: escasez, racionamiento y un aparato represivo que no admitía disidencias.
La discusión derivó hacia terrenos más oscuros. Una parte del análisis sostiene que el poder soviético estaba infiltrado por determinados grupos étnicos y religiosos, una teoría que circula sin respaldo documental sólido y que conviene tratar con escepticismo. Otra corriente señala que las repúblicas soviéticas europeas son ahora una copia degradada de lo que fueron.
El legado económico: de la inversión extranjera a la España vaciada
Un ángulo poco explorado apunta a que España se benefició indirectamente del Telón de Acero. Al quedar Europa del Este fuera del circuito inversor occidental, inmensos capitales extranjeros acabaron en España. Sin la URSS, esos capitales habrían ido al este de Europa y España habría sido, se argumenta, una gran Albania: un país muerto de hambre.
El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende. Pero la conclusión es incómoda: el desarrollo español de las últimas décadas del siglo XX no fue solo mérito propio, sino también consecuencia de un accidente geopolítico.
Tres décadas después, la pregunta sigue sin respuesta: ¿fue el 25 de diciembre de 1991 el triunfo definitivo de Occidente o el principio de su propia decadencia? Los datos disponibles apuntan a que la segunda lectura gana terreno. Pero nadie sabe qué habría pasado si aquella bandera siguiera ondeando.