El negocio de las series se rompe: los beneficios del streaming caen un 90%
¿Por qué un negocio que hace una década parecía imbatible está viendo cómo se le deshacen las cuentas? Porque el streaming ha dejado de ser la máquina de imprimir dinero que fue. Sus beneficios combinados han caído un
90% desde 2013: de 23.400 millones de dólares se ha pasado a 2.600 millones. En Hollywood lo resumen mejor que cualquier analista: «es como si todo el sistema se hubiera roto». El invento no falla por falta de esfuerzo. Falla porque produce más, más caro y, con frecuencia, peor.
Los números, que llegan vía
Bloomberg, dejan poco margen al optimismo. Warner Bros Discovery arrastra pérdidas multimillonarias, pero incluso apartándola del cálculo, Netflix, Disney y Paramount juntas no alcanzan los 10.000 millones de beneficio. Siguen siendo negocios rentables, sí. Muy lejos, eso sí, del peso que tuvieron hace una década.
Series de 250 millones de dólares que nadie ve
El catálogo caro ya no compra audiencia. El caso más representativo es
Citadel, la segunda serie más costosa de la historia por detrás de los Anillos de Poder: más de 250 millones de dólares de presupuesto y ni siquiera entró en el top 10. Otras producciones de Prime Video —
Todos quieren a Daisy Jones,
Inseparables o
The Peripheral— superaron los 100 millones cada una sin lograr audiencias suficientes. El CEO de Amazon ha pedido un informe para entender por qué 7.000 millones invertidos en originales no rinden.
La cuenta es sencilla y demoledora: el coste por hora producida sube mientras el espectador medio baja el ritmo de visionado. Los que antes devoraban veinte horas de temporada en un fin de semana ahora miran el catálogo y no encuentran nada que justifique la suscripción. No es que no haya series. Es que hay demasiadas y muy pocas se sostienen.
¿Saturación de catálogo o guiones con mensaje de fondo?
Aquí el diagnóstico se parte. Una corriente sostiene que el problema es puro agotamiento: nunca ha habido tanto contenido disponible entre lo nuevo y lo antiguo, y el espectador criado a base de televisión ya lo ha visto casi todo. Se añade el efecto de la estimulación corta —el ritmo fragmentado de redes y vídeos breves—, que deja a cualquier serie de hora larga con menos capacidad de enganche. Es la tesis del empacho: el consumo compulsivo pasó de afición a rutina y la rutina mata el deseo.
Otra parte del análisis apunta a algo distinto: el tono. Sostiene que muchas producciones anteponen un mensaje ideológico explícito a la historia, y que el público general —no el militante— desconecta cuando detecta el sermón. Son corrientes de opinión, no certezas, pero coinciden en el síntoma: series que nadie termina. Ambas lecturas comparten una idea incómoda para la industria: el espectador ya no paga por cantidad, paga por ganas.
La piratería no es la causa: el precio y el reparto sí
El sector señala la piratería, y es cierto que las webs de descarga directa siguen funcionando con catálogos actualizados. Pero el argumento se debilita cuando se mira al bolsillo. Netflix fijó su estrategia en quedarse con los planes más rentables: por un lado el de anuncios a
5,49 euros al mes y por otro el salto al de
12,99 euros. En Canadá eliminó directamente su plan básico. La lectura de fondo es la subida de tarifas para compensar el desplome.
El movimiento ya se estrelló una vez. Durante la pandemia muchos hogares compartían una sola cuenta entre familiares y conocidos y pagaban unos pocos euros al mes. Cuando la plataforma decidió cortar ese uso compartido, cientos de miles de abonados pasaron de pagar algo a pagar cero. El sector ha aprendido por las malas que el cliente de streaming es elástico: sube dos euros y se va.
Mientras tanto, lo que funciona es lo barato y antiguo. Plataformas gratuitas con catálogo clásico retienen público que huye del estreno caro. La paradoja es fina: gana quien ofrece series sencillas que no pretenden ser nada más que entretenimiento.
Huelga en Hollywood y un final que nadie ha escrito
Con el sector tocado, se abre la perspectiva de una huelga simultánea de guionistas y actores, algo que no ocurría desde los años 60. Sobre la mesa, la acusación de que Hollywood se reinventó para el modelo digital y los profesionales no reciben ni una parte proporcional de las ganancias. Hay quien lee el parón como una maniobra patronal para tapar el agujero propio. El director Steven Soderbergh, Óscar por
Traffic, puso la puntilla al comparar el modelo de suscripción con las criptomonedas del entretenimiento: un activo que cotiza alto hasta que deja de hacerlo.
La industria lleva meses moviéndose a ciegas: HBO pasó a llamarse Max, Disney recorta, Amazon se pregunta en voz alta dónde se fue el dinero. Nadie tiene la fórmula. Y mientras la busca, el espectador ya ha cambiado de canal.
Si Soderbergh acierta y esto es la cripto del entretenimiento, la diferencia es que las cripto al menos tenían una fecha reconocible para reventar. La del streaming todavía no la ha puesto nadie.