El 91% de españoles que cambia de coche optará por eléctrico, según un estudio
El dato, presentado como titular por
elEconomista.es, sostiene que nueve de cada diez españoles que prevén comprarse un coche optarán por un eléctrico. La primera respuesta que surge, antes de cualquier análisis, es la más obvia: ¿dónde piensan cargarlo? Porque el estudio no detalla si esos compradores tienen garaje, punto de recarga o si simplemente responderán a una encuesta con la misma ligereza con la que prometen ir al gimnasio en enero.
La reacción no se hizo esperar. Un comprador que buscaba un modelo de gasolina se encontró con que ya solo se vende en versión híbrida: el fabricante lo produce, pero no lo importa a Europa. Quedaban unas diez unidades en stock en toda España. Su preocupación no era el precio, sino algo más prosaico: que en el futuro directamente no le vendan gasolina. «Me preocupa otras partes de Europa», añadía, dejando caer una sospecha sobre la prioridad que se da a España en el reparto de modelos.
El 91% que no cuadra con las ventas reales
Los números del estudio chocan con los del mercado. Según un participante, el año pasado los coches eléctricos no supusieron ni el 6% de las ventas, y se venden el doble de coches de segunda mano que nuevos. Con esos mimbres, el 91% suena más a deseo que a previsión de compra. «Ese es el problema, que no van a dar alternativa», apuntaba otro participante, resumiendo el temor a que la transición se imponga por eliminación del térmico antes que por madurez del eléctrico.
La desconfianza hacia la fuente es transversal. Se cuestiona quién paga el estudio, se compara con encuestas que atribuían a los españoles una disposición voluntaria a ir a la guerra, y se ironiza con que el 91% también prevé comprarse un chalet. La conclusión más repetida: los estudios de opinión no valen para tomar decisiones, pero sirven para fabricar titulares.
La autonomía y la recarga, el frente que no se cierra
El debate técnico se impone al político. Se recuerda que repostar gasolina son cinco minutos y que no hace tanto existían modelos diésel con autonomías reales superiores a 1.000 kilómetros. Frente a eso, el eléctrico obliga a planificar cada viaje. Un participante describe cómo los Tesla bajan a 90 o 100 km/h en trayectos largos para no quedarse sin batería, mientras los térmicos mantienen cruceros de 150. La imagen del adelantamiento en carretera se repite como argumento definitivo.
Hay quien señala que la tecnología avanza: se habla de baterías chinas con 2.000 km de autonomía y menos de cinco minutos de carga, aunque se admite que escalar eso a Europa llevará tiempo. Mientras tanto, la infraestructura falla. Se denuncia que Tesla tiene una decena de supercargadores V3 instalados en Santiago de Compostela desde el verano pasado y siguen sin funcionar, supuestamente por los permisos municipales. La burocracia como cuello de botella.
El coste real: 25.000 euros frente a 3.500
La economía doméstica desmonta el relato del ahorro. Un participante compara: 25.000 euros por un eléctrico que solo vale para ir a trabajar o al supermercado, frente a un Honda Civic de segunda mano por 3.500 euros que además sirve para viajes largos. Con los 20.000 euros de diferencia, dice, tiene gasoil para tres vidas. Y dentro de ocho años su coche seguirá teniendo la misma autonomía. El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende.
Otro añade que puede mantener su diésel veinte años gastando 500 euros anuales en averías, sin contar mantenimiento, y que ni con la luz gratis amortizaría el eléctrico. La conclusión es que el ahorro prometido no existe para quien hace pocos kilómetros o no tiene punto de recarga propio.
La brecha entre ciudad y carretera
No todos los contextos son iguales. Un residente en Londres describe una realidad opuesta: para ciudad el eléctrico manda y se compra, la cantidad de BMW i3 es una locura, y reconoce que no existe nada más práctico y divertido para el día a día. Admite que a la tecnología europea le quedan años por el tema de las baterías, pero defiende que es más eficiente y avanzado que los motores turboalimentados con geometrías variables. Y el aire de la ciudad mejora muchísimo.
La división es geográfica y de uso. Para trayectos urbanos y con garaje propio, el eléctrico gana. Para viajes largos, segunda mano y presupuesto ajustado, el térmico resiste. La pregunta que queda en el aire es si el 91% del estudio vive en el primer escenario o simplemente respondió a una encuesta pensando en el segundo.