Debate en un foro sobre las campanadas de TVE y la decadencia de España
¿De verdad seis años son suficientes para destruir un país por completo? Esa es la pregunta que sobrevuela una discusión que arranca con las campanadas de TVE y termina convertida en un ajuste de cuentas sobre la decadencia española. El detonante: la elección de Lalachus y Chicote para despedir el año en la cadena pública, un fichaje que para unos es una revolución y para otros la enésima señal de que algo se rompe.
La polémica no es nueva. Ya el año anterior, con la presencia de la 'piquitos' en el mismo plató, hubo runrún. Pero esta vez el asunto escala: se cruzan acusaciones de gordofobia, se invoca el privilegio blanco y hasta se pide denunciar las campanadas por «promover el odio hacia las minorías». En el fondo, nadie habla de las uvas.
De las campanadas a la decadencia nacional
El salto temático es vertiginoso. En pocos mensajes se pasa de criticar el físico de una presentadora a discutir si España lleva tres siglos cocinando su propio hundimiento. Hay quien sitúa el inicio del declive en 1998-1999, con la primera burbuja inmobiliaria y la llegada de los primeros contingentes de inmigrantes; otros retroceden a 2004, con la llegada de Zapatero y la ley de violencia de género; los más ambiciosos colocan el punto de partida en los acuerdos de Utrecht en 1700 o en los de París en 1898.
La discusión sobre las
redes sociales añade otra capa. Se argumenta que estas no empezaron a ganar popularidad hasta 2009, con Facebook, y que Twitter no se masificó hasta 2012. El fenómeno youtuber llegó después, y las primeras influencers en 2014. Con TikTok, todo se ha masificado de una forma que se describe como nada espontánea. La tesis que circula: hemos pasado de ser ciudadanos a consumidores, y de ahí a meros sustentadores de votos para partidos de colores que son todos el mismo.
El cuerpo no canónico como campo de batalla
La elección de Lalachus ha convertido su físico en el centro del debate. Una parte sostiene que es la primera vez que una mujer con un cuerpo no canónico da las campanadas, y lo celebra como un notición. Otra parte responde que Chicote y Pedroche llevan años en el mismo papel sin que nadie comentara sus cuerpos, y que ahora se rasgan vestiduras por lo que antes era broma.
El argumento que más circula: ellas pueden hacer chistes de sus papos, de tíos, de drogas o de borracheras, y decir que los hombres somos todos unos gilipollas. También de viejos, de calvos o de feos. Y siempre son graciosísimas. La asimetría, se dice, es el verdadero tema.
Hay quien va más allá y plantea denunciar las campanadas por «promover el privilegio blanco» y con ello el odio hacia las minorías, con la esperanza de que los presentadores pierdan el contrato y sean sustituidos por otros perfiles. La propuesta se lanza con retintín, pero resume bien el clima.
Ramón García, la capa y la nostalgia
No falta el lamento por los tiempos pasados. Se recuerda que cuando las campanadas las daban Ramón García con su capa española e Igartiburu, España era el paraíso. El primero es señalado como traidor por no haber pedido un pico a la Jenny después de las campanadas, en una de las anécdotas más repetidas.
La nostalgia funciona como argumento económico: con internet se ven las campanadas de otros países con los que compartimos huso horario, y la comparación no favorece a TVE. El chiringuito de fin de año se describe como un espacio para estómagos agradecidos, ni el más dañino ni el más caro.
La trinchera política
El debate deriva hacia el marco político. Se discute si el país, la nación y el estado son conceptos distintos, y si alguno está realmente en riesgo de desaparición. La conclusión que se impone: la nación española es un constructo artificial de minorías poderosas mirando por su interés, y si desaparece será porque a esas minorías les conviene o porque son derrotadas por otras.
Aparece la referencia a la constitución del 78 y a su supuesta caída, con responsabilidad repartida entre Zapatero y el emérito. También se menciona el 11M, la quiebra estructural, la liquidación del derecho y un modelo económico suicida financiado mediante el acceso masivo al interbancario. El diagnóstico es implacable: derechos camino al cuarto mundo, un tercer mundo mantenido con la herencia de la abuela.
El cierre: la traca final
La conversación termina donde empezó: con la certeza de que esto es la traca final de algo que lleva toda la democracia gestándose. Se pide que en vez de comer las uvas, la presentadora se zampe una hamburguesa en cada campanada. Se augura que no lo arregla ni la semaglutida.
Y mientras tanto, la pregunta inicial sigue sin respuesta. Seis años, tres siglos o toda la democracia: nadie se pone de acuerdo en cuándo empezó el desastre. Lo único claro es que las campanadas ya no son lo que eran, y que el país que las ve tampoco.