Un portero atribuye a las mujeres el 90% de las peleas de discoteca
Nueve de cada diez peleas de discoteca las provocan las mujeres, según sostiene Sergio, portero que se ha hecho popular en TikTok, en unas declaraciones que el hilo atribuye a
La Voz de Galicia. El dato es redondo, no admite matices y no viene acompañado de un solo recuento, de una muestra ni de la más mínima aritmética. Que sea precisamente quien cobra por separar a los que se lían a golpes quien lo sostiene le añade a la historia una capa de ironía que nadie ha querido dejar pasar.
De fondo hay un clásico de la noche española: la bronca que arranca junto a una barra, se contagia al grupo y termina con alguien en urgencias sin que nadie acierte a explicar quién empezó. La frase ha funcionado como una cerilla en un corrillo y ha bastado para que vuelvan a chocar las dos tesis que llevan años conviviendo sin resolverse.
Los argumentos que se esgrimen para culpar a ellas
El relato que respalda al portero repite casi siempre la misma forma: ellas buscan el conflicto y ellos lo ejecutan. Miradas cruzadas a espaldas del novio, un coqueteo medido, un insulto lanzado desde un grupo con la certeza de que hay un chico dispuesto a responder. Se añade un cálculo que circula en la conversación:
el 95% de los hombres no devuelve el golpe a una mujer, así que lanzar la primera piedra sale casi gratis.
El caso más citado no necesita adornos. Según el relato de uno de los participantes, un grupo de mujeres se refugió junto a dos desconocidos que solo esperaban el metro y, segundos después, aparecieron cinco hombres detrás de ellas. Los dos acabaron a golpes y, según su propio testimonio, no conocían de nada a quienes se habían puesto a su lado ni tenían intención de defenderlas. Otra versión del mismo guion: un hombre recibe el arrimón de una mujer, minutos más tarde un grupo le deja inconsciente y despierta en el hospital sin recordar nada de lo ocurrido, según otro relato del hilo.
Por ellas no es lo mismo que por su culpa
Aquí aparece el matiz que dinamita el titular. Que una pelea tenga a una mujer como motivo no equivale a que ella la haya provocado. Muchas veces son el detonante pasivo de un choque entre hombres que compiten por algo que no está en juego. Confundir el móvil con la causa es el error de razonamiento más repetido de todo el asunto, y quien lo señala suele quedarse solo.
La tesis contraria: el problema es el hombre que acude al reclamo
Frente al relato del portero se levanta el más incómodo. Si hay peleas, es porque hay hombres dispuestos a organizarlas alrededor de una mujer a la que no deben nada. Se habla de los que se arrastran a defender el honor de quien no les ha pedido nada, y se los señala como el verdadero combustible del conflicto. No es culpa de ellas, viene a decir esta corriente, es culpa de los que acuden al primer chasquido de dedos.
La tesis se extiende más allá de la barra. Según cuenta uno de los participantes, una sociedad de tres amigos funcionó tres años sin un solo problema, hasta que uno insistió en la cena anual con las mujeres. A partir de ahí, todo fueron roces y el negocio acabó disolviéndose. La conclusión que se extrae es vieja como el mundo:
donde tengas el pan, no metas la coneja. Otro caso cercano lo confirma: un divorciado que se ha vuelto a casar hace lo imposible por que su ex y su nueva pareja no coincidan nunca, según su propio testimonio.
Demostrar algo cuesta caro, no demostrarlo también
El tercer frente no discute quién empezó, sino qué se espera del que mira. No reaccionar ante un conflicto ajeno tiene un precio social: el que se aparta pasa por menos hombre. Meterse tiene otro: acabar con la cabeza abierta, como le ocurrió a un abogado que, según el relato de un usuario, recibió el golpe en un bar hace un mes sin haber buscado la pelea. La ecuación no tiene salida buena. Quien se pelea por una mujer que no conoce, se pelea por nada.
La recomendación que más se repite es también la más fría. Media vuelta, cada cual que aguante su vela y que busque a otra. El que se mete a salvador acaba pagando la factura completa. Y sin embargo, la escena se repite cada fin de semana en cualquier ciudad.
¿Cuántas de esas broncas desaparecerían si nadie tuviera que demostrar nada delante de nadie? La pregunta sigue sin respuesta, y el portero viral tampoco la da.