La sombra de Marruecos sobre el 11-M y la crisis de Ceuta
La crisis migratoria de Ceuta, con miles de personas cruzando la frontera en plena tensión diplomática, ha reabierto un debate que parecía enterrado: la posible implicación de Marruecos en los atentados del 11 de marzo de 2004. La pregunta que circula en los análisis geopolíticos es directa: si se demostrara esa implicación, ¿debería España declarar la guerra al país vecino? La respuesta, como casi todo en esta relación bilateral, es mucho más compleja que un sí o un no.
Una guerra no declarada que ya existe
Hay un sector del análisis que sostiene que la guerra con Marruecos ya está en marcha, solo que sin declaración formal. La presión migratoria en Ceuta y Melilla, el apoyo a los separatistas saharauis como moneda de cambio, y la presencia de una comunidad marroquí en España que algunos cifran en millones de personas, configuran un escenario de confrontación híbrida. En esta lectura, la respuesta española debería ser igual de asimétrica: apoyar al Frente Polisario, reconocer la independencia del Sáhara Occidental y cortar la cooperación policial que, paradójicamente, financia la contención de la propia frontera.
El enemigo interno como prioridad
La discusión, sin embargo, no es unánime. Otra corriente de análisis desplaza el foco: el enemigo principal no está al otro lado del estrecho, sino dentro de las propias instituciones. Se argumenta que cualquier respuesta militar externa es inviable sin antes resolver la “quinta columna” interna, que incluiría desde partidos políticos hasta oligarquías económicas. La analogía con Ucrania es recurrente: la presencia de una población afín al agresor dentro del territorio propio convierte cualquier conflicto en una guerra civil encubierta. En esta visión, declarar la guerra a Marruecos sin antes “limpiar” el tablero interno es una estrategia condenada al fracaso.
La duda razonable: ¿se puede demostrar algo a estas alturas?
La pregunta más incómoda es la que nadie quiere responder: ¿cómo se va a demostrar la autoría marroquí del 11-M dos décadas después? Las investigaciones oficiales concluyeron en su momento con la autoría yihadista, pero la sombra de la manipulación y los intereses geopolíticos sigue planeando. El escepticismo es la nota dominante en los análisis más fríos: aunque existiera un pacto entre el gobierno de entonces y Marruecos, las pruebas materiales habrían sido destruidas o enterradas en los archivos de los servicios de inteligencia. La única certeza es que la relación bilateral sigue siendo un tablero de ajedrez donde cada movimiento tiene consecuencias imprevisibles.
El coste de una declaración de guerra
La ironía final la aporta la realidad económica: España no puede permitirse una guerra con Marruecos. No solo por el coste militar, sino porque el país vecino es un socio comercial clave y un proveedor de mano de obra esencial en sectores como la agricultura. La pregunta de si se debe declarar la guerra choca con la realidad de que el conflicto ya existe, pero se libra en otros terrenos: la pesca, la migración, el comercio y la propaganda. La guerra caliente, en este contexto, sería el último recurso de un país que ya ha demostrado que prefiere pagar por la seguridad de sus fronteras antes que defenderlas con medios propios. Mientras tanto, la tensión sigue creciendo, y el dato que descoloca es que, a pesar de todo, la mayoría de la población española sigue votando a los mismos partidos que han gestionado esta crisis durante décadas.