La guerra con Marruecos no se evita, solo se pospone
La paradoja de la disuasión es que el conflicto que se aplaza no desaparece: sube de precio. En las relaciones entre España y Marruecos, esa lectura ha ganado peso entre quienes sostienen que las guerras no pueden evitarse, solo retrasarse, y que cada año de espera se convierte en ventaja para el adversario.
El punto de inflexión que se repite como argumento es la Marcha Verde de 1975. Para esta corriente, aquella movilización civil marroquí fue la última ventana en la que España podía haber respondido con una demostración de fuerza. No lo hizo, y la cesión del
Sáhara Occidental se leyó después como el primero de una serie de gestos cuya factura sigue creciendo.
Del terreno exterior, el análisis salta al interior. Hay quien sostiene que el verdadero obstáculo no está en Rabat, sino en sectores del aparato del Estado señalados por su presunta complacencia con Marruecos. Se citan, sin nombrarlos, a miembros de las Fuerzas Armadas y de los Cuerpos de Seguridad del Estado. Una desconfianza que roza la idea de la quinta columna y que convierte cualquier discusión estratégica en un ajuste de cuentas doméstico.
La cita que circula como advertencia es antigua: quien tolera el desorden para evitar la guerra, primero tiene el desorden y después la guerra. La pregunta incómoda es si el tiempo corre de verdad a favor de quien evita el choque, o si cada mes de calma es solo una cuota más pagada a cuenta de un enfrentamiento que algunos ya dan por escrito.