El cálculo que enfrenta ahorro temprano y carrera: «en este país gana siempre el garrulo»
¿De verdad sale más rentable dejar los estudios a los 16 y ponerse a trabajar que pasar por la universidad? El planteamiento que abrió esta discusión sostiene que un chaval que empieza a los 16 con 1.000 euros al mes, ahorra la mitad y se lo gasta todo lo demás en vicios, llega a los 24 con
48.000 euros en el bolsillo. Con ese colchón, dice, casi compra un piso en una ciudad pequeña sin apenas hipoteca, y en una mediana con la mitad financiada. El estudiante, en cambio, arranca a los 23 o 24 con 1.200 euros y sin un duro ahorrado, probablemente compartiendo piso en una capital.
El autor del cálculo lo tiene claro:
en este país gana siempre el garrulo. La tesis no es que estudiar no sirva, sino que el sistema premia al que entra antes al mercado laboral y castiga al que se forma. Un punto de partida que, como casi todo en economía, se cae en cuanto se rasca un poco.
Cuánto ahorra un joven que empieza a trabajar a los 16
El cálculo inicial es simple: 500 euros ahorrados al mes durante ocho años son 48.000 euros. La cifra es aritméticamente correcta y sociológicamente discutible. Da por hecho que un chaval de 16 años cobra 1.000 euros netos al mes, que los cobra de forma continua durante ocho años, que vive sin pagar alquiler ni comida y que su único gasto relevante es el ocio. Cuatro supuestos que, juntos, describen a poca gente.
Hay quien responde que ese perfil de trabajador precoz no es ningún vago. Un oficial de primera de la construcción, un electricista o un fontanero no son tipos que se toquen los huevos: se comen madrugones, horas de carretera, sueldos de mierda al principio, lluvia y calor. Y a los 50, muchos llegan con la espalda hecha polvo. El ahorro temprano tiene un precio físico que el cálculo no contabiliza.
El otro lado del espejo tampoco es idílico. Se argumenta que el estudiante medio no empieza a los 24, sino más tarde. Y que muchos no salen de la universidad con un puesto esperándoles, sino con un currículum y una deuda de oportunidades. La comparación entre los dos itinerarios depende de qué se mida: el saldo en cuenta a los 24 o el saldo a los 40.
Quién paga los impuestos que sostienen las ayudas
El giro interesante del planteamiento llega cuando avanza el reloj. A los 40, el que empezó a los 16 ya tiene el piso pagado, trabaja en negro y cobra ayudas, mientras el que estudió apenas ha empezado a pagar hipoteca y sostiene con sus impuestos la vida del primero. La conclusión del autor es que
el sistema premia la vagancia y castiga el esfuerzo.
La objeción más repetida es que ese retrato mezcla dos figuras distintas. El que curra en un oficio desde los 16 no es el mismo que el que trapichea, delinque o vive de la ayuda. Meter a los dos en el mismo saco es lo que permite que el cálculo funcione. Y hay quien recuerda que el trabajador precoz también lleva pagando impuestos desde los 16, mientras que el universitario, con suerte, llega al mínimo exigido para cotizar. La cuenta de quién financia a quién no está tan clara como parece.
El mecánico que gana 9.000 euros: leyenda urbana o realidad
Aparece en la discusión el clásico del fontanero y el mecánico que se levantan un pastón. La respuesta escéptica es contundente: si un mecánico ganara 12.000 al mes o un fontanero 20.000, vivirían en casoplones de 500 metros cuadrados con 2.000 de parcela que se encuentran por 450.000 euros. No viven ahí. No se les ve de vacaciones con apartamento en propiedad en la costa. La cifra no cuadra con el estilo de vida.
El matiz que sí se sostiene es otro: el que gana bien en los oficios suele ser el autónomo que cobra al cliente lo que le sale del pito, no el asalariado. El que está por cuenta ajena se queda en medias jornadas de 12 horas por 1.000 euros. La diferencia no es el oficio, es la posición en la cadena. Y eso vale igual para el informático que para el albañil.
Estudiar no garantiza nada, pero no estudiar tampoco
La conclusión más repetida no es que gane el trabajador precoz, sino que el relato que vendió los estudios como garantía de empleo era falso. Se apunta a una sobreoferta de titulados para un número limitado de puestos, lo que permite tirar los precios: o trabajas de ingeniero por 1.000 euros o te quedas fuera. Esa es la trampa real, no el fontanero.
Frente a eso, la salida que gana adeptos es la oposición temprana: sacarse un C1 de administración con 18 o 19 años, vivir con sueldo y seguir estudiando por promoción interna. Ni la carrera heroica ni el abandono precoz. La vía funcionarial como atajo racional.
Al final, la pregunta de si gana el trabajador precoz o el estudiante tiene una respuesta incómoda: gana el que tiene suerte, el que tiene padres que le sostienen mientras estudia, o el que acierta con el timing. Lo demás es literatura. Y la literatura, ya se sabe, no paga hipotecas.