Nazca: ADN no terrestre, tres huevos y ni una sutura sagital
En el salón del Congreso de México se presentó el caso: veintiún cuerpos. Uno medía 1,70 metros. Los otros veinte rondaban los 60 centímetros, con cráneos alargados, cuencas oculares grandes, entre 14 y 16 costillas y tres dedos largos en cada mano y cada pie, con cinco falanges y huellas digitales rectas en lugar de onduladas. La presentación pública convirtió un hallazgo hecho en 2015 en el desierto peruano de Nazca en el asunto más incómodo de la temporada:
21 momias que, según los análisis exhibidos, no son humanas. Y ahí arranca el problema, porque, según quienes defienden el hallazgo, quienes lo niegan tampoco las han estudiado.
Qué dicen los análisis sobre las momias de Nazca
Los informes citados aseguran que el ADN de los seres
difiere en al menos un 30% no ya del humano, sino del millón de especies que se calcula que habitan el planeta. La secuenciación se hizo y los resultados se publicaron; los enlaces facilitados, a fecha de esta discusión, no llevan a ninguna parte, lo que alimenta las dos lecturas de siempre: censura o servidor caído.
El forense Jose De Jesús Zalce Benítez sitúa la edad media de los cuerpos en
unos 1.000 años, con un rango de entre 700 y 1.800, lo que deja abierta la posibilidad de que no convivieran entre sí. Todos los tejidos analizados —cabeza, torso, brazos, piernas, órganos— presentan el mismo tipo celular, detalle que tumba la tesis de que sean un collage ensamblado. Uno de los ejemplares llevaba tres huevos en el vientre y los cortes del TAC dejaron ver un feto en su interior. Son vivíparos que nacen de huevos gestados por la madre.
Los implantes metálicos añaden otra capa al expediente:
2 milímetros de grosor, un 85% de cobre, algo de cadmio y osmio. La conservación se atribuye a un polvo blanco de diatomeas y cloruro de cadmio, compuesto tóxico que impide que bacterias, hongos o parásitos devoren el tejido. Sus órganos internos siguen ahí, intactos, y sin analizar.
¿Por qué ningún laboratorio independiente ha certificado el hallazgo?
Los primeros en pronunciarse no lo hicieron después de estudiar las piezas. Se dijo que eran momias precolombinas retocadas con fines comerciales y también que eran creaciones hechas con huesos de animales y humanos unidos con pegamento sintético, cubiertas luego con fibras vegetales y adhesivos para simular piel. Ninguna de las dos versiones vino acompañada de una sola prueba.
En 2017 el Instituto Peruano de Estudios Históricos e Investigaciones Arqueológicas Inkarri trasladó los primeros análisis al Ministerio de Cultura. La respuesta, según la denuncia recogida, fue el acoso administrativo. Los cuerpos acabaron en 2019 en la Universidad San Luis Gonzaga de Ica, que los custodia desde entonces entre intentos de confiscación que llegaron a movilizar policías.
En enero de 2022 el Ministerio publicó una resolución directoral, la
N° 00001-2022, reconociendo el valor cultural de los restos y comprometiéndose a protegerlos al menos dos años. La administración que ninguneó el hallazgo acabó amparando unos cuerpos cuya adscripción biológica sigue sin resolverse.
Los tres agujeros del expediente que sostiene el origen no humano
El primero. Un 30% de diferencia no dice nada sin saber contra qué se mide. La cifra se repite sin el árbol filogenético que la haga interpretable y sin especificar qué marcador se comparó.
El segundo. Se sostiene que el osmio es el elemento más escaso de la Tierra. No lo es: iridio, platino, oro, mercurio, plomo o bismuto son menos abundantes. El propio relato da su concentración,
0,0015 ppm, sin situarla frente a ninguno de ellos.
El tercero. Quien exige una ecografía en directo tiene razón en una cosa: una presentación con diapositivas no es un peritaje. Pero el desmentido tampoco lo es, y la asimetría se nota. Nadie ha explicado todavía por qué el osmio aparece en unos cuerpos de hace mil años cuando su uso hoy está en telecomunicaciones y naves espaciales.
El desmentido sin haber tocado los cuerpos
En televisión se emitió veredicto sin acercarse a las piezas. Se defendió que eran cráneos deformados por una costumbre de élites que ataba tablillas en la infancia, práctica documentada también en Japón y Alemania, y hubo quien los despachó como
galápagos momificados. La pregunta se cuela sola: ¿cómo se sostiene un desmentido sin examinar y sin explicar la ausencia de sutura sagital en algunos de esos cráneos?
Por qué este asunto no se cierra
Hay tres corrientes y ninguna ha aportado un análisis independiente y replicable. Una ve un bulo recalentado. Otra sospecha un montaje con fines comerciales o turísticos. Una tercera lee lo contrario: que la velocidad del descrédito prueba algo. Y sobrevuela una cuarta, más política, que sostiene que el objetivo no es demostrar nada, sino romper el tabú de hablar del asunto y desplazar la ventana de lo decible.
Los cuerpos siguen en Ica, con protección administrativa y sin adscripción confirmada. De todas las cifras del caso hay una que descoloca: la resolución que ampara los restos los trata como patrimonio cultural, no como evidencia médica.