Ceuta y la Guayana Francesa: dos territorios, dos reglas europeas
Un grupo de eurodiputados exhibe en el hemiciclo del Parlamento Europeo una consigna que cabe en seis palabras: «Ceuta no es España. Ceuta no es Europa». El eurodiputado Juan Ignacio Zoido la difunde, identifica a esas formaciones como «los socios de Sánchez en Europa» y exige al PSOE que se desmarque de ellas. La frase no es nueva. Lo llamativo es dónde se pronuncia: dentro de la casa, sin sonrojo, mientras la Comisión Europea sostiene por escrito lo contrario.
El argumento geográfico y sus agujeros
La tesis tiene una pata simple. Ceuta está en el continente africano, luego no es Europa. El problema es que ese criterio, aplicado en serio, se lleva por delante media Unión. La Guayana Francesa es región ultraperiférica de la UE, con capital en Cayena, moneda única y una frontera terrestre con Brasil que es la más larga de Francia. Martinica, Guadalupe, Reunión y Mayotte funcionan con ley francesa y euros. Groenlandia se asienta sobre la placa norteamericana y nadie ha pedido su expulsión del club. Lampedusa sigue siendo italiana. Chipre tampoco encaja en el molde.
Traducido al castellano: el criterio no es geográfico, es político. Y se aplica con dos varas según quién tenga la soberanía y quién la reclame.
Lo que España se juega en el Estrecho
El flanco económico es el menos discutido y probablemente el más caro. El razonamiento que circula es que, sin Ceuta, España solo controlaría la orilla norte del Estrecho; con la ciudad en manos españolas, todo buque que entra o sale del Mediterráneo navega aguas bajo jurisdicción nacional. De ahí que miles de barcos paren a repostar o reparar en puertos españoles: el de Algeciras figura entre los principales de Europa por esa posición, no por su casco urbano. Encima, está la vigilancia del paso de flotas extranjeras.
Frente a eso, hay quien reduce el asunto a sentimentología. La respuesta es una cuenta de resultados: kilómetros de agua, escalas portuarias y tráfico controlado.
Melilla, los islotes y la letra pequeña
Ceuta no viene sola. Melilla arrastra la misma discusión, y por detrás aparecen Perejil, las islas Alhucemas, Vélez de la Gomera y las Chafarinas, españolas desde el siglo XIX. Ceuta fue conquistada y repoblada por Portugal en el siglo XV y lleva cinco siglos siendo culturalmente europea sin estar en el continente; tras la independencia portuguesa pasó a soberanía española por decisión de sus propios habitantes. Ni la ONU la clasifica como colonia pendiente de descolonización, sostienen quienes citan el derecho internacional.
El punto incómodo es la simetría. Si el criterio fuera la cercanía a la costa ajena, medio mapa europeo tendría que cambiar de bandera.
Bruselas respalda y a la vez legisla
Frente a la consigna de que Ceuta no es Europa, la Comisión Europea ha cerrado filas con la versión española —la ciudad es España y Europa estará ahí— y, en paralelo, ha anunciado un nuevo marco legal para acelerar expulsiones y evitar crisis migratorias como la que vivió la ciudad. Dos mensajes complementarios: uno de soberanía, otro de control de frontera.
La pregunta política no es si Ceuta es Europa en un mapamundi. Es cuánto está dispuesta a pagar Europa por sostenerlo cuando el criterio le conviene a un socio y cuando le incomoda a otro.
Con estos mimbres, el dato que descoloca es casi una broma administrativa. Ochenta mil personas viven en Ceuta. La isla italiana de Lampedusa, a 152 kilómetros de Túnez y a 211 de Sicilia, tampoco está en el continente. Nadie ha propuesto devolverla.