Salir a la calle por la paz mundial: la baza sin siglas ni líderes
¿Qué puede hacer un ciudadano corriente cuando todos los canales oficiales hablan de escalada y ninguno de paz? Salir a la calle, todos a la vez y sin bandera de partido. Esa es la propuesta que se ha abierto camino en plena tensión bélica: una
manifestación mundial por la paz masiva, al margen de partidos, asociaciones y organizaciones que, según quienes la defienden, terminan absorbidas por el poder. El lema es único y no admite matices: «no jugaremos vuestro juego de destrucción». Nada de gritos contra un país ni contra un líder concretos. Un solo grito.
La idea parte de una constatación incómoda. En puertas de lo que muchos describen como una tercera guerra mundial, casi nadie la pide en voz alta. Hombres, mujeres, niños y abuelos, dice el planteamiento, deberían ocupar las calles con una única exigencia de paz, sin que nadie se apropie de su voz. Y una advertencia: los problemas cotidianos importan, pero la desaparición está en juego y eso es prioridad.
Por qué se acusa de prorrusa la propuesta de paz
La convocatoria recibió fuego cruzado casi de inmediato. Una parte de los análisis sostiene que pedir el fin de los combates sin exigir antes la retirada de las tropas desplazadas equivale, en la práctica, a congelar las posiciones sobre el terreno y a premiar a quien las ocupa. Desde esa lectura, la movilización callejera no busca la paz, sino que los gobiernos occidentales dejen de sostener a Kiev. El reproche se formula sin matices: quien pide parar sin condiciones trabaja para Moscú.
La respuesta devuelve la acusación con otra. Se argumenta que la propuesta no pide nada para nadie en concreto y que exigir paz mundial es exigir también el fin de toda emergencia sanitaria, de la escasez fingida de alimentos y suministros y de los planes globales que, afirman, se cocinan por encima de los Estados. Quien acusa de servir a un bando, se replica, es quien no ve hacia dónde llevan los que gobiernan.
El precedente de Irak en 2003: millones en la calle y la guerra siguió
El argumento más repetido contra la convocatoria tiene fecha. En 2003, buena parte del mundo se echó a la calle contra la invasión de Irak. En España se manifestaron
millones de personas, una movilización sin parangón reciente. El Gobierno de entonces, según se recuerda en el debate, hizo oídos sordos, incluso cuando Juan Pablo II le pidió que no se invadiera. Se enviaron tropas. La guerra siguió.
De ahí la conclusión más amarga: las marchas más multitudinarias no detuvieron ninguna guerra. Hay quien recuerda además que ya en las dos guerras mundiales hubo intelectuales pidiendo la paz y no sirvió de nada, y que los conflictos no se gestionan con la razón sino con las pasiones.
La televisión como máquina de obediencia
El segundo frente no apunta al Kremlin ni a la OTAN, sino al mando a distancia. El diagnóstico dominante es que la gente no sale a la calle salvo que se lo indique la televisión, y que el resto del tiempo se queda en casa, con bozal o sin él, aplaudiendo o no, según lo que marque la pantalla. La industria mediática, se dice, no informa: explica lo que hay que pensar de cada cosa.
De ahí el corolario que repiten varios: cualquier convocatoria que pase por los medios masivos acabará desactivada. La única salida, sostienen, es romper con ellos y organizarse al margen. Otros van más lejos y niegan la salvación individual: aquí nadie decide solo, ni siquiera ponerse o no una vacuna, de modo que la única forma de contar es actuar como una manada, no como un rebaño.
Del 15M al Great Reset: por qué ninguna convocatoria cuaja
El recuerdo del 15M planea sobre todo el asunto. Aquella marea ciudadana acabó, según el relato más compartido, fagocitada por estructuras partidistas que la rentabilizaron y la desactivaron. La lección que se extrae es que todo movimiento aparentemente espontáneo termina dirigido por los mismos: portavoces y profesionales de la movilización que aterrizan con manual bajo el brazo y marcan el camino correcto.
Sobre esa desconfianza se injerta un ecosistema variopinto —preparacionistas, liberales, anarquistas, creyentes, ecologistas— al que, sostiene uno de los participantes, solo une una cosa: la desconfianza. Gente informada, verdadera o falsamente, por canales que no son masivos. Y por encima de todos, la sospecha de un plan mayor: el
Great Reset, el Foro Económico Mundial de Klaus Schwab, las monedas digitales de banco central.
Paz negociada o derrota militar: las dos salidas sobre la mesa
Las posiciones son irreconciliables. Un bloque pide una paz negociada ya, sin más armas para Ucrania, con reparto tipo salomónico: ni el país entero para Rusia ni las regiones prorrusas para Kiev. Otro sostiene que con quien invade no se negocia con flores, sino derrotándolo en el campo de batalla hasta que se retire. Un tercero, más escéptico, cree que la gente no reaccionará hasta que el caos llame a la puerta, y entonces será tarde.
En el fondo queda la pregunta de siempre, la que nadie contesta con un dato: si la supervivencia está en juego, ¿de qué sirve un grito que nadie con poder escucha? Habrá quien confíe en que esta vez la calle pese más que los despachos. Habrá quien, viendo los precedentes, prepare el paraguas y espere sentado a que el juego siga sin él.