Quién poblará España cuando el relato identitario no llene colegios
¿Son los latinoamericanos el único futuro de España? La pregunta, planteada sin matices, recorre un extenso intercambio de 144 intervenciones en el que la demografía aparece como el dato incómodo y la identidad como el terreno minado. La tesis de partida sostiene que los recién llegados de América Latina traen alegría, bondad y amabilidad, y que recuerdan a una España que ya no existe. Enfrente, la respuesta más repetida no niega el diagnóstico: lo reformula. El futuro no será «de» España, será «en» España, y los españoles, simplemente, dejarán de ser mayoría.
El punto de arranque del intercambio es una comparación de carácter. Los españoles serían
imbéciles arrogantes y engreídos, según la formulación inicial, mientras los latinoamericanos conservarían virtudes que aquí se habrían perdido. La respuesta no tarda: hay quien recuerda que el país que se añora, el de las misas llenas y la pornografía prohibida, era también un país más pobre, más cerrado y menos libre. La nostalgia, viene a decirse, es selectiva.
El argumento demográfico que nadie discute
El dato que ordena la discusión es sencillo:
uno de cada tres niños nacidos en España es hijo de extranjeros. Sobre esa base, la conclusión más repetida es que el futuro pertenece a quienes tienen hijos, sean listos o tontos, buenos o malos. Es una verdad de perogrullo que, sin embargo, se discute. La pregunta no es quién debería poblar el país, sino quién lo está poblando de facto.
A partir de ahí, las corrientes se dividen. Una parte sostiene que los latinoamericanos se integrarán y acabarán siendo idénticos a los españoles, con los mismos vicios y las mismas virtudes, porque el lavado de cerebro ambiental no entiende de pasaportes. Otra parte responde que la integración será superficial y que lo que se pierde no se recupera. Y una tercera, más agria, directamente niega la premisa: los latinoamericanos no son el futuro de los españoles, son latinoamericanos, y punto.
La queja de las ayudas y el choque de percepciones
El segundo eje del intercambio es económico. Se argumenta que los recién llegados reciben trabajo, ayudas, facilidades de vivienda y un trato judicial más indulgente. La respuesta es que esas ayudas también las reciben los españoles y que el problema no es el reparto, sino la escasez. Cuando los salarios son bajos y los alquileres altos, el conflicto se desplaza hacia el vecino, no hacia el sistema.
La sanidad aparece como campo de batalla recurrente. Se afirma que las listas de espera se saturan con nombres extranjeros; se responde que los mayores españoles también saturan los ambulatorios y que llevan toda la vida cotizando. Ninguna de las dos partes aporta cifras, pero la discusión revela algo más profundo: la percepción de que el acceso a lo público se ha convertido en un juego de suma cero.
El giro hacia el futuro demográfico y territorial
A medida que avanza el intercambio, el foco se desplaza. Ya no se discute si los latinoamericanos son majos o antipáticos, sino qué pasará cuando sean mayoría. Se especula con que los españoles que rechacen el dominio cultural latinoamericano tendrán que aprender árabe o bereber y convertirse al islam, en una comparación con las tribus bárbaras que asaltaron Roma. Es una hipótesis, no un pronóstico, pero marca el tono de la parte final.
El cierre del intercambio se vuelve más duro. Aparecen llamadas a la limpieza étnica, insultos y amenazas que no tienen cabida en un análisis serio. La discusión, que empezó como una comparación de caracteres nacionales, termina como un ajuste de cuentas. Y en medio de todo ello, el dato demográfico sigue ahí, sin que nadie haya propuesto una política concreta para gestionarlo.
Lo más llamativo es que las dos partes comparten un mismo diagnóstico: España no tiene un proyecto de futuro. Unos creen que lo traerán los de fuera; otros, que lo destruirán. Nadie parece pensar que haya que construirlo.