Aranceles de Trump: la sorpresa llega al recibir el paquete
El comprador estadounidense que pide un aparato informático fabricado en China ya no sabe lo que pagará. La guerra de tasas ha cambiado las reglas: algunas empresas que venden desde China a EEUU han dejado de calcular y cobrar los impuestos en el momento de la compra, de modo que el cliente tendrá que abonar lo que corresponda cuando el pedido llegue a su casa. Y nadie sabe cuánto será si las tarifas siguen cambiando. La paradoja es de manual: el arancel se convierte en una sorpresa en la puerta, no en un número en la pantalla.
El problema no es menor porque la mayor parte de los aparatos informáticos se fabrican en China. Incluso marcas occidentales como Dell o HP producen mayoritariamente allí, y hay categorías enteras —los ordenadores de mano con teclado, por ejemplo— que solo fabrican empresas chinas. Montar esa producción en EEUU o en un país controlado llevaría años de inversión, con éxito económico sin garantía. El intento de Apple de sacar el iPhone de China no dio buenos resultados, entre ellos una calidad insuficiente.
Qué se sabe del arancel que paga el comprador al recibir
La mecánica es sencilla de describir y complicada de sufrir. La empresa vende el aparato sin repercutir la tasa, el paquete cruza la frontera y el comprador recibe el aviso de que debe pagar lo que corresponda antes de que le entreguen el pedido. Si el tipo arancelario cambia entre la compra y la llegada, el importe final también cambia. Quien pidió un ordenador de mano puede encontrarse con que la factura se ha duplicado sin haber tocado el carrito.
No es una práctica nueva para quien compra fuera. Hay quien recuerda haber pagado unos 30 euros de aduanas por un equipo de 80 dólares enviado desde EEUU a Madrid, una experiencia que llevó a más de uno a no volver a pedir nada a ese mercado. La diferencia es que ahora el mecanismo se extiende al flujo contrario, el que va de China a EEUU, y con un componente de incertidumbre que antes no existía.
La producción que no se puede trasladar en un año
El argumento que más se repite es industrial. La fabricación de electrónica de consumo está concentrada en China, y no por casualidad: la cadena de proveedores, el ensamblaje y el control de calidad están montados allí. Una empresa taiwanesa como Foxconn fabrica entre el 40% y el 50% de todos los productos electrónicos del mundo, con trece de sus principales plantas en China, y por sus líneas pasan el iPhone, el iPad, el Kindle, la PlayStation 3, la Xbox 360 y las cámaras GoPro.
Ese dato desmonta la idea de que basta con mover la producción. Apple lo intentó y los resultados fueron malos. La conclusión que se extrae es que EEUU no puede crear esa capacidad en poco tiempo, ni en su territorio ni en un país afín, y que el arancel acaba golpeando a las propias empresas estadounidenses con producción deslocalizada, como Tesla o Apple, además de a los fabricantes de automóviles que ensamblan en EEUU con componentes chinos o mexicanos.
La reculada parcial de Trump y los aparatos eximidos
La novedad que cambia el escenario es la reculada parcial: Trump exime de los aranceles a los smartphones, ordenadores, chips y otros componentes que no se fabrican generalmente en EEUU. Es decir, el mismo producto cuya fabricación no se puede repatriar queda fuera del castigo arancelario, al menos por ahora. La exención confirma por la vía de los hechos lo que sostenían los análisis más críticos: hay cosas que no se pueden sustituir con un decreto.
Queda por ver si la exención se mantiene o si vuelve a cambiar, porque el problema de fondo sigue siendo el mismo: la volatilidad de las reglas impide saber qué se pagará. Y mientras tanto, el comprador que pidió su aparato antes de la exención sigue pendiente de lo que le reclamen en la puerta.
El efecto colateral en Europa: más stock y más competencia
Para el comprador europeo, el efecto puede ser el contrario al que sufre el estadounidense. Si las ventas a EEUU bajan, es razonable esperar más disponibilidad de esos productos chinos en Europa y más competencia entre vendedores por colocarlos aquí. La misma guerra comercial que encarece el paquete en una frontera puede abaratarlo en la otra.
El debate de fondo no es arancelario, sino de reglas. Hay quien sostiene que no existe libre comercio cuando la UE impone normas a sus empresas y luego deja entrar producto de países donde esas normas no se cumplen, lo que permite fabricar mucho más barato. Eso es dumping comercial, se argumenta, y mientras no haya normas iguales para todos, el arancel es solo un parche.
China, EEUU y el pulso que no se decide en la aduana
En el trasfondo está el pulso entre las dos potencias. Según un cálculo que circula en el debate, EEUU no es determinante para China: representa alrededor del 14% de sus ventas, y probablemente menos del 13%. Perder ese porcentaje no es poca cosa, pero tampoco es la ruina. China apuesta por el dominio comercial más que por el militar, y no necesita tantos portaaviones como EEUU porque no proyecta fuerza por todo el mundo. EEUU, en cambio, sí necesita esa proyección, y su industria depende de cadenas globales que él mismo está gravando.
¿Y si la exención de smartphones y ordenadores es solo un respiro antes del siguiente cambio de reglas?