500 millones por hijo y el 99% a una fundación sin tributar
Bill Gates no va a dejar a sus hijos en la calle. El reparto que se repite desde hace más de veinte años es el siguiente: cada uno de sus tres descendientes heredaría en torno al
1% del patrimonio, lo que equivale a unos
500 millones de dólares por cabeza, mientras el 99% restante se dirige a causas sociales a través de la Fundación Bill y Melinda Gates. Suena generoso. Y probablemente sea también una de las operaciones fiscales mejor diseñadas que se conocen.
La letra pequeña está en la palabra fundación. En Estados Unidos, la hacienda pública grava las herencias con tipos elevados, y una estructura sin ánimo de lucro dedicada a la filantropía queda
exenta de tributar. Ahí se concentra la sospecha: donar el 99% a un vehículo que la propia familia controla puede confundirse, según las lecturas más críticas, con no pagar impuestos por ese 99%.
Qué significa dejar solo el 1% a tres hijos
En términos absolutos, ese 1% es una fortuna. Los 500 millones por hijo que se han manejado en distintos cálculos no son calderilla: quien recibe esa cantidad tiene resuelto cualquier problema material de por vida. La discusión, por tanto, no va de si los hijos quedarán pobres, sino de si el gesto responde a filantropía o a ingeniería contable.
Aquí aparece el primer matiz. Una parte del análisis sostiene que la fortuna sigue en manos de la familia, porque los descendientes acaban sentados en los órganos que gobiernan la fundación, con salario y capacidad de decisión de por vida. Otra corriente lo rebate con un argumento simple: quien cede el cien por cien de unos bienes a una fundación
pierde la propiedad. Si el objetivo fuera esconder dinero, entregarlo entero no tendría ningún sentido.
La fundación cuesta 300 euros: por qué no lo hace todo el mundo
Si el truco fuera tan sencillo, cualquier ciudadano con dinero podría replicarlo. Constituir una fundación es barato —se ha llegado a cifrar en unos pocos cientos de euros— y, sin embargo, la mayoría no lo hace. Ese es el dato que esgrime la defensa del filántropo: si el vehículo legalmente protegido estuviera al alcance de cualquiera y beneficiara a cualquiera, su uso sería masivo.
Lo que no se discute es la magnitud. Un patrimonio como el de Gates no se transfiere por vía testamentaria sin coste: cualquier fortuna de ese calibre, dejada tal cual a los herederos, se enfrentaría a una factura fiscal considerable. La diferencia entre pagar o no por ese 99% es astronómica, y de ahí el ruido.
El impuesto de sucesiones y la igualdad de oportunidades
El eje del desacuerdo es el papel del Estado. Hay quien defiende el impuesto de sucesiones como herramienta de igualdad de oportunidades: si el punto de partida de una persona depende solo de lo que herede, el ascensor social se detiene. En España el debate tiene una versión doméstica, porque varias comunidades lo han bonificado casi por completo.
Del otro lado se responde que ese dinero ya pagó impuestos cuando se ganó, y que gravar la herencia castiga el ahorro de toda una vida. Las dos posiciones conviven sin acuerdo, y la figura de Gates se ha convertido en el campo de batalla: su caso sirve tanto para reclamar tributos más duros como para demostrar que la filantropía privada puede sustituir al Estado.
Rockefeller, Carnegie y el precedente que se repite
No es la primera vez. Se cita a Rockefeller, que habría aplicado una fórmula similar —1% a los hijos y el resto a su fundación, gestionada por esos mismos hijos—. La comparación con Carnegie cojea por un detalle: este último no tenía descendencia directa. Y el espejo no es solo estadounidense.
Forbes calculó en unos
1.800 millones de euros la fortuna del rey emérito Juan Carlos I, que creó una fundación en Abu Dhabi con sus dos hijas dentro del patronato.
También se apunta a los entramados societarios. Las acciones de Amancio Ortega en Inditex, según se sostiene, no estarían a su nombre directo, sino bajo sociedades interpuestas que a su vez remiten a otras. Si eso es así, la conclusión es incómoda: las grandes fortunas rara vez aparecen en el registro tal cual.
Sobre el divorcio conviene precisar un dato. Melinda Gates acumuló un patrimonio propio tras la separación cifrado en torno a
30.000 millones de dólares, de modo que los hijos heredarían, si nada cambia, por ambas vías.
El resultado es un caso que nunca se cierra. Gates sostiene que dona de verdad; sus críticos sostienen que ordena el patrimonio para no pagar y seguir mandando. Con este nivel de opacidad en los vehículos utilizados, es bastante probable que dentro de veinte años la noticia vuelva a publicarse casi igual, y que nadie haya podido desmentirla del todo.