La generación del peinado único: adiós a las tribus urbanas de los 90
En el hilo se repite la misma queja: una generación entera lleva el mismo corte de pelo. No es la queja de un nostálgico aislado: aparece en cuanto se comenta una foto de adolescentes en una escalera. Donde antes convivían heavys, bakalas, góticos, hippies, pijos, mods y raperos, hoy se percibe un patrón único:
degradado a los lados, volumen arriba, chándal o vaquera y un saludo que empieza por «bro». La pregunta interesante no es si la
estética juvenil ha cambiado —siempre lo hace—, sino por qué ha dejado de haber varias.
El mapa de estilos que se quedó en los 80 y 90
En los ochenta y noventa, salir a la calle era declarar bando. La música marcaba el pelo, la ropa y hasta los bares. El repaso que se hace en estas conversaciones incluye heavys, punkis, skins, rockers, mods, góticos, hippies, pijos, makineros, bakalas y raperos: un ecosistema donde cada
tribu urbana tenía su territorio y su código. Según recuerda un participante en el hilo, las discotecas de finales de los noventa y principios de los 2000 —La Cubierta, Plastic, Arena, Sonique, Bachatta— mezclaban bakalas, pijos y gente corriente en la misma pista, con sesiones de tarde que arrancaban a las 17:00 y continuaban de madrugada.
El idioma también repartía. «Qué pasa tío», «qué pasa tronco», «qué pasa meu» en Galicia. Hoy el saludo que se recoge en el hilo se ha unificado en un
qué pasa bro. La Cubierta de Leganés, por cierto, ya era, según otro participante, zona de marcha hace
tres décadas.
¿Por qué todos los jóvenes llevan el mismo corte de pelo?
La explicación más repetida en el hilo apunta a las
redes sociales. El chaval copia lo que ve una y otra vez en Instagram, YouTube y el resto de plataformas, el referente de turno lo luce y el adolescente lo imita para no quedarse fuera. El
reguetón hace de banda sonora y la ropa acompaña. El resultado que describen esos mensajes es un uniforme que se propaga a la misma velocidad en sitios sin nada en común.
Otra corriente, defendida por un participante, señala un origen importado: la estética llevaría
más de una década instalada en barrios populares latinoamericanos antes de aterrizar aquí. Es una hipótesis que se lanza sin aportar un solo dato. En el mismo saco aparecen comentarios que atribuyen el aspecto de los jóvenes a su origen o a su procedencia, generalizaciones que no explican una moda replicada por chavales sin ningún vínculo con esa realidad. Algunos mensajes del hilo derivan además en un lenguaje de hostilidad y desprecio hacia esos jóvenes. Nada de eso describe el fenómeno; solo lo enturbia.
La generación que cumplió 18 años en plena pandemia
El argumento con más recorrido es generacional y tiene fecha. Según sostiene uno de los participantes, quienes ahora rondan los veinte pasaron de la adolescencia a la vida adulta con las restricciones para socializar encima, el encierro en casa y familiares fallecidos de los que no se pudo despedir. Los ritos de paso de siempre —la primera salida, el primer grupo que se forma solo, la primera noche fuera— se hicieron a medias o no se hicieron. Cuando por fin salieron a la calle, según ese mismo relato, muchos no sabían por dónde les daba el aire.
El malote de pose que no consigue lo que busca
Hay una paradoja en el centro del asunto. La estética elegida imita al tipo duro, al que va sobrado, al que no necesita a nadie. Y el resultado que describen algunos mensajes del hilo es el contrario: poca cosa. La comparación que se repite es la del rito de pueblo:
son los nuevos toros. Si el disfraz busca atraer, varios mensajes sostienen que no funciona.
¿Se pierde algo cuando todos visten igual?
Aquí el análisis se parte en dos. Un bloque defiende que la variedad de tribus urbanas era una riqueza en sí misma. El otro sostiene que
toda generación es hija de su tiempo y que la estética es un rasgo característico, ni mejor ni peor, solo distinto. Los dos tienen razón en algo y ninguno cierra el asunto.
Lo que sí deja la uniformidad es un coste en un terreno concreto: el del ensayo. Cuando todas las referencias son idénticas, el margen para probar, equivocarse y corregir se estrecha. La escena de la escalera —los mismos pelos, el mismo saludo, la misma pose— es solo la punta del iceberg.
Dentro de una década, es probable que esos mismos chavales miren las fotos con la vergüenza ajena con la que hoy se miran las de finales de los noventa. Puede que entonces la moda sea otra igual de uniforme.