Un obrero se ríe de un adulto de 42 años por ver anime
¿Qué pasa cuando el que corta madera en el balcón de al lado te pilla viendo dibujos japoneses con 42 años? Pasa que se ríe. Primero el «mpphjj» ahogado del que se aguanta. Después, ya encerrado en el balcón para que no entre serrín, una carcajada que se oye en toda la fachada. La escena, contada en primera persona por quien la sufrió, desató una discusión de más de un centenar de respuestas sobre algo que va mucho más allá del anime:
qué es ocio respetable y quién tiene autoridad para decidirlo.
Qué se supone que debe ver un adulto de 42 años
El reproche de fondo no era el anime. Era la sospecha de que un hombre hecho y derecho debería estar haciendo otra cosa. «Ver a un adulto viendo dibujitos en vez de dar el callo para sacar adelante su familia», resumió uno de los mensajes más duros. La idea de que el trabajo dignifica y el sofá envilece apareció pronto, con una variante que dio la vuelta al argumento: si el que se ríe trabaja un sábado, quizá el ridículo lo hace el que se descojona desde la obra.
Hay quien sostiene que el anime es un formato, no un género, y que juzgarlo por el envoltorio es de ignorantes. La comparación que más se repitió:
el mismo que se ríe del dibujo japonés se traga después cualquier serie de plataforma o el telediario de turno. El formato no dice nada del contenido. Lo dice lo que ves.
Del «es para adolescentes» a Monster y Satoshi Kon
La defensa del medio llegó con títulos. Se citaron series con temáticas adultas y obras de animación que la crítica ha tratado como cine mayor. El argumento central: existe material de animación con más capas que buena parte del catálogo de estreno. Y una confesión recurrente:
hay quien dejó de ver cine nuevo y se pasó a la animación porque el resto le parecía adoctrinamiento o directamente basura.
El contraataque fue igual de directo. Que si son «dibujitos para adolescentes japoneses», que si un japonés de 42 años comprando revistas juveniles daría el mismo ridículo. La discusión derivó en una pregunta incómoda: ¿por qué el fútbol, con veintidós adultos en pantalón corto persiguiendo un balón, es ocio viril y respetable, y el anime no?
El trabajo como vara de medir (y como condena)
Aquí el asunto se partió en dos. Un bloque defendió que el trabajo dignifica por sí mismo, como el ejercicio o la dieta. Otro respondió que el trabajo esclaviza, ata y mata, y que confundir la obligación de sobrevivir con una virtud es tragarse un relato.
Trabajar para otro, con intereses opuestos, no dignifica: quita dignidad, vino a decir el argumento más citado de esa corriente.
La brecha de curiosidad quedó abierta en un punto: el cálculo de qué hace exactamente el que se ríe cuando no está cortando madera. Unos lo dieron por seguidor de fútbol y programas de sobremesa. Otros recordaron que no hay dato. Nadie lo sabe. Y esa ignorancia, precisamente, es la que sostiene la burla.
La carcajada como termómetro social
Más allá del anime, la escena funcionó como radiografía de una jerarquía de gustos. El mismo foro que discute el Ingreso Mínimo Vital o la productividad española se enzarzó en si reírse del vecino es de paletos o de gente con criterio. Un mensaje lo zanjó con ironía:
si te hubiera visto viendo a veintidós tíos en pantalones cortos persiguiendo un balón, no se habría reído.
La conclusión más repetida, y la menos épica: con 42 años, importa poco lo que opine un desconocido que te ve por la ventana. Lo que importa, decían otros, es que el que se ríe probablemente no ha abierto un libro en una década. Y ahí sigue la duda: ¿quién ridiculiza a quién?