Cuatro cuentas de IA y ninguna idea de dónde quedó la conversación
Contratar más inteligencia artificial para producir más acaba restando algo que ninguna suscripción cubre: recordar qué se escribió y dónde. Con varias cuentas de IA abiertas a la vez, el cuello de botella deja de ser el límite de mensajes y pasa a ser la cabeza del usuario.
De dos cuentas a un puñado
El caso no es raro. Hay quien confiesa
dos cuentas de Codex y una suscripción Max de Claude repartidas entre trabajo y vida personal, y admite que, yendo «pidiendo mil cosas a cada una», termina hecho un lío. Otro suma cuatro cuentas distintas solo de Claude. La lógica se repite: una identidad para el trabajo, otra para lo personal, y el convencimiento de que separarlas ahorra problemas. Los crea.
Sobre esta base aparece la tentación circular de poner a una IA a gestionar las demás. En la conversación se cruzan respuestas que van de separar cada cuenta en un navegador distinto a recurrir a otra herramienta para coordinar las sesiones.
Por qué las conversaciones se pierden entre cuentas
Cada cuenta mantiene sus conversaciones por separado. Quien
compagina límites de uso profesionales y personales acaba haciendo trasvases manuales de contexto —los llamados
handoffs— y teniendo que recordar de memoria en cuál de las sesiones dejó cada asunto a medias. Cambiar de cuenta con una conversación en curso puede tumbarla. Con las suscripciones de
20 euros al mes, el margen de maniobra se estrecha.
Separar por navegador, la solución de emergencia
Una en Brave, otra en Firefox. El truco funciona mientras todo vive en la web, pero se rompe en cuanto entran programas de escritorio y modelos ejecutados en local. Ahí la separación por navegador deja de bastar y vuelve el mismo problema de siempre: saber qué chat está dónde.
La pregunta queda abierta: ¿se puede tener toda esa potencia sin perder el hilo de lo que uno mismo escribió?