Tinder se hunde: 8 de cada 10 usuarios están hartos
Patricia tiene 49 años. Desde que se separó en 2018 ha pasado por una cincuentena de citas y una relación de tres años que ya terminó. Su diagnóstico no admite paños calientes: «No estoy cansada, estoy asqueada». No es un caso aislado. La revista
Forbes cifra en que
8 de cada 10 usuarios están hartos de las aplicaciones de citas, y los números de Wall Street acompañan al malestar: Bumble y Match Group, matriz de Tinder, han perdido
más de 40.000 millones de dólares en valor de mercado entre 2021 y 2023, según
The New York Times.
Una década de matches y el desplome en bolsa
Tinder presumió de haber oficiado
70.000 millones de matches y de alcanzar los
11 millones de suscriptores en verano de 2022. Dos años después, registra un
descenso del 16% en bolsa en lo que va de año y ha vuelto a perder usuarios de pago. El modelo de negocio se sostiene sobre las suscripciones, pero el relevo generacional no llega: los más jóvenes no están dispuestos a pagar por ligar.
«Qué locura pagar cuando no tienes un duro: los jóvenes conocemos gente nueva todo el rato y además tenemos Instagram, que es donde ahora pasan las cosas», resume Álex Martín, estudiante de 18 años. La fórmula que hizo reina a Tinder —algoritmo de jerarquía social, técnicas gamificadas, chutes de validación— es la misma que ahora la condena. La aplicación no quiere que te emparejes; quiere que vivas enganchado.
Citas que parecen cástings y hombres que no preguntan
El hartazgo tiene formas concretas. «Yo me he cansado de la ansiedad que implican las citas, que parecen cástings. Pero sobre todo, de lo que me he aburrido es de quedar con tipos que no paran de hablar de sí mismos y que en ningún momento se les pasa por la cabeza preguntar: “Y tú, ¿qué haces?”», explica Belén Sánchez. Patricia apunta a la llamada crisis de la heterosexualidad: «Estoy hasta el moño de conocer gente y no dar con hombres mínimamente aceptables desde un punto de vista emocional y académico».
Hay quien sostiene que el problema no es la
tecnología sino la infantilización social: se busca al amor de película —guapo, inteligente, con sentido del humor, solvencia económica y un puntito canalla— y no se acepta que todo el mundo tiene defectos. Otros análisis apuntan a un desequilibrio de expectativas: una parte de los hombres sostiene que ellas compiten por un porcentaje reducido de perfiles mientras el resto queda fuera. El cálculo más pesimista asegura que ese grupo minoritario acapara la atención; el más benévolo recuerda que hay relaciones duraderas que empezaron en una aplicación.
La ventana que sigue abierta
A pesar de la mala reputación, las aplicaciones siguen siendo una salida cuando el entorno es cerrado. «Yo vivía en un pueblo pequeño y, para mí, fue una salida de emergencia en un entorno claustrofóbico», cuenta Marta Serra, de 32 años. «Pero 12 años después, de aquello ya no queda nada». Marc, de 48, se dio de baja tras iniciar una relación: «Me incomodaba verme a mí mismo mirando fotos de mujeres como si estuviera ojeando una revista cada vez que tenía 10 minutos libres».
El desgaste no es solo emocional. También es económico para las compañías: menos suscriptores, más fatiga, directivos que se van. Y una paradoja que nadie termina de resolver: cuanto más sofisticado es el algoritmo, más se parece la experiencia a un catálogo y menos a un encuentro.
Hay un dato que descoloca a cualquiera que haya defendido el modelo: los usuarios que se marchan no lo hacen por falta de oferta, sino por exceso de la misma. Demasiadas opciones, demasiado rápido, demasiado parecidas. La aplicación que prometía infinitas posibilidades ha terminado generando una fatiga que ni los inversores ni los algoritmos supieron anticipar.