Debate: el fracking se agota y las renovables no bastan para el transporte
El fracking no es rentable cuando el barril está barato. Esa es la paradoja que atraviesa un debate de 166 respuestas sobre el supuesto agotamiento de la técnica que sostuvo la producción estadounidense durante la última década. Con el petróleo en torno a los 70 dólares y la gasolina a 1,60 euros por litro en España, según los datos que aportan los participantes, el argumento de que la extracción no convencional ha tocado techo gana peso entre quienes sostienen que el verdadero problema no es la escasez geológica, sino el coste energético de extraer cada vez más barriles.
La tesis de Turiel y su escuela: el fracking ya no da más de sí
El núcleo del planteamiento es que la técnica que permitió a Estados Unidos convertirse en primer productor mundial ha entrado en rendimientos decrecientes. La cuenca del Pérmico, principal yacimiento de shale oil del país, muestra signos de agotamiento que las agencias oficiales habrían subestimado, según un participante. La conclusión que se extrae es incómoda: si el fracking se apaga, el petróleo barato desaparece con él.
Hay quien va más allá y sostiene que el problema no es puntual. La tasa de retorno energético —la energía que se obtiene por cada unidad invertida en extraerla— se deteriora. Un barril extraído con una TRE baja es un barril caro de producir, y eso se traslada al surtidor. El precio actual no refleja una manipulación del mercado, sino el coste real de un recurso que ya no sale solo, según esta lectura.
El contraargumento: la oferta y la demanda siguen mandando
Frente a esa lectura, otra corriente recuerda que el fracking es rentable cuando el crudo está caro. Si el precio sube, se amplía el repertorio de técnicas extractivas viables. Si baja, la demanda se desplaza a fuentes sustitutivas y se vuelve a los pozos convencionales. Es la ley de la oferta y la demanda en su versión más implacable, y explicaría por qué los augurios de agotamiento llevan décadas sin cumplirse.
La crítica a los números de Turiel es explícita: se califican de «cuanto menos dudosos». La acusación de fondo es que tanto si el precio sube como si baja, la tesis del agotamiento encuentra siempre una justificación. Ese mecanismo, sostienen, es el que ha desgastado la credibilidad de los profetas del pico del petróleo.
El transporte pesado: donde las renovables no llegan
El punto más incómodo del debate no es el petróleo, sino su sustituto. La electrificación avanza en turismos, pero el transporte por carretera de mercancías, el marítimo y la aviación siguen dependiendo del combustible líquido, según varios participantes. Las baterías de nueva generación se presentan como solución, y ahí es donde arrecian las críticas: fiarlo todo a un elemento que aún no existe a escala es, para muchos, un acto de fe.
El dato que descoloca: tras quince años de electrificación, el consumo mundial de petróleo sigue siendo el mismo, según un participante. Si eso es un éxito, que baje Dios y lo vea. La mayor batería del mundo, con 1.200 megavatios hora de capacidad, almacena la energía que una central nuclear de 1.000 megavatios produce en 70 minutos. No parece mucho tiempo.
El reciclaje que no recicla
La transición choca también con la gestión de residuos. El reciclaje de baterías y circuitos es, a día de hoy, mayormente un fraude según quienes han seguido el rastro de los materiales. Mediante entramados de empresas de gestión, la basura desaparece y termina en África, donde se quema. El litio se mezcla con cemento para asfaltar carreteras; solo se recupera el cobalto.
No todo es negro. En el caso del litio, recuperarlo y venderlo puede ser un buen negocio si se despliega la infraestructura adecuada, según otro participante. La cuestión es si esa infraestructura llega antes de que el problema se agrave.
Del pico del petróleo al pico de todo
La conversación deriva hacia el decrecimiento. Una corriente lo defiende como respuesta natural a un planeta finito: crecer infinitamente es imbécil y letal, y las civilizaciones que no se adaptan a la falta de recursos practican el colapso. Otra lo rechaza de plano: es antinatural, anti-humano, y sus promotores serán los primeros en desaparecer si llega la escasez.
Entre ambos extremos, una observación incómoda: la escasez creciente no trae más democracia, sino todo lo contrario. El escenario que se dibuja es el de un ecofascismo y una lucha entre potencias militares por los recursos, según un participante. No es un pronóstico agradable. ¿Alguien tiene una alternativa que no pase por el cilicio o por el saqueo?