Polémica por un robot que dice «mi pronombre es elle» en dibujos
Un tuit con un fragmento de una serie infantil ha desatado la polémica en un foro: en la escena, un personaje robot se presenta diciendo que su pronombre es «elle». El mensaje original, difundido por un usuario crítico, acusa al Estado de «lavar cocos a los niños» con impuestos de todos y sostiene que el objetivo es «extinguir a los europeos» mediante lo que llama «mariconeo, bollerismo, trans enfermos mentales y seres no binarios». La reacción no se hizo esperar: decenas de respuestas entre la indignación, la ironía y el análisis de la programación infantil.
Qué serie es y qué se ve en el fragmento
El fragmento viralizado corresponde, según varias respuestas, a
Transformers: La Chispa de la Tierra, una producción animada. En la escena, un robot afirma: «Mi pronombre es elle». No hay más contexto en el material: no se especifica cadena, horario ni si se trata de emisión lineal o catálogo bajo demanda.
La reacción mayoritaria en el hilo combina estupefacción y burla. «¿Pero qué cojones es esto?», resume uno de los primeros mensajes. Otro participante apunta que los niños no tienen filtro: «Joder, pero los chavales no dicen 'pero qué puta mierda es esto' al ver eso? Yo cuando veía dibujos quería ver tiros y hostias». La crítica no se limita al contenido: varios mensajes señalan que la televisión pública emite este tipo de productos con dinero público y que la programación infantil lleva tiempo incluyendo mensajes sobre cambio climático o alimentación.
El gasto público y los fondos europeos en el punto de mira
El hilo deriva pronto hacia el dinero. Varios mensajes denuncian que RTVE gasta
2,5 millones de euros en publicidad para justificar la adjudicación de fondos europeos Next Generation, que ascienden a
120 millones. Se cita también que el Tribunal de Cuentas Europeo ha detectado «pagos indebidos» de España con fondos UE y que España es el país con más dinero a fondo perdido asignado:
77.200 millones.
La conexión que establecen algunos participantes es directa: si la televisión pública recibe fondos europeos y estos se destinan a proyectos polémicos, la promoción de esos contenidos con dinero público deja de ser una decisión editorial para convertirse en una obligación contractual. El cálculo completo, con el desglose de adjudicaciones y beneficiarios, es el tipo de material que no aparece en las notas de prensa oficiales.
La respuesta de los padres: control parental y alternativas
Una parte del hilo no discute la ideología del contenido, sino la solución práctica. «Yo preocupación cero. He hecho tan bien mi trabajo, que mi hija de nueve años es capaz de darme la voz de alarma cuando se encuentra cualquier mierda de estas», escribe un participante. Otros van más lejos: «Mis hijos no pueden ver esta mierda porque tengo desenchufada la antena y la aplicación de RTVE no está instalada».
La alternativa más repetida es la sustitución de contenidos: mitología griega y romana, leyendas artúricas, cuentos clásicos adaptados. «Les cuento cuentos de Roma y Grecia. Mitología, incluso germánica, leyendas artúricas. Las tengo grabadas en audios», detalla un mensaje. La televisión, concluyen varios, está obsoleta: «El que a estas alturas le pone la tele a sus hijos es tontoloscojones».
El debate de fondo: valores, educación y derechos
No todos los mensajes van en la misma dirección. Un participante introduce un argumento jurídico: la Declaración de Derechos Humanos establece en su artículo 26.3 que «los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos». La conclusión que extrae es que cada familia puede educar en sus valores, pero no imponerlos a las demás.
Otro mensaje plantea la cuestión desde el ángulo opuesto: «¿Te gustaría que esos valores los impusiera Abascal? ¿Te parecería bien que fuera Puigdemont?». El argumento es que el concepto de «valores» no es objetivo ni necesariamente humanista, y que quien hoy los considera aceptables puede mañana rechazarlos. La discusión, en ese punto, deja de ser sobre dibujos animados y pasa a ser sobre quién decide qué se emite en la televisión pública.
El contexto: una parrilla infantil que ya venía dando que hablar
Varios mensajes recuerdan que este no es un caso aislado. Se menciona un programa de ClanTV,
Aprendemos en Clan, en el que se hablaba de comer insectos y cambio climático con niños actuando. «Cual fue mi cara rotodosiana cuando empezaron a hablar sobre comer insectos y cambio climático con niños actuando en el programa», relata un participante. La conclusión que se repite es que la programación infantil lleva tiempo incluyendo contenidos que van más allá del entretenimiento.
La comparación con otras épocas es constante: «Crecimos viendo esto, premonitorio de lo que nos esperaba. Más Curro Jiménez, que nos enseña a huir del estado». La nostalgia de la televisión de los ochenta y noventa funciona como contraste, pero también como argumento: si antes se emitían series de aventuras sin mensaje explícito, ahora el mensaje es el producto.
Qué puede pasar con la programación infantil pública
La presión sobre RTVE no es nueva, pero el episodio añade un elemento: la conexión entre fondos europeos y contenido editorial. Si el Tribunal de Cuentas Europeo sigue detectando irregularidades, la televisión pública podría verse obligada a justificar no solo el gasto, sino también la finalidad de los proyectos financiados.
El escenario más probable, a juzgar por la evolución del hilo, es que la polémica se diluya sin cambios en la parrilla. La televisión pública tiene audiencias cautivas y los padres que protestan ya han desconectado la antena. La pregunta que queda sin responder es si el dinero público debe financiar contenido que una parte significativa de los contribuyentes considera adoctrinamiento. Con estos mimbres, el cesto no se va a arreglar solo.