Txapote y los presos duros de ETA anuncian un nuevo movimiento
¿Qué pasa cuando un etarra condenado por asesinato lleva más de dos décadas en prisión y descubre que su proyecto político se ha diluido en la gestión institucional? La respuesta está en un manifiesto firmado por el sector más irreductible de los presos de ETA, liderado por Javier García Gaztelu, Txapote, que anuncia la creación de un nuevo movimiento de liberación y advierte: «La lucha tendrá que continuar». El texto, difundido en ámbitos afines, supone un desafío directo a la estrategia de la izquierda abertzale y a la dirección de Otegi, a quien acusan de haber renunciado a la causa.
El manifiesto, publicado por la revista Kalabutxi, lleva la firma de una docena de reclusos que se desmarcan del colectivo oficial de presos. Entre ellos, nombres como Julen Atxurra, Oskar Barreras, Aitor Cotano o Beatriz Etxebarria. Todos ellos comparten un diagnóstico: «Han pasado más de 13 años desde el fin del ciclo político caracterizado por la lucha armada y las cosas no han mejorado». Para este grupo, la derrota militar no debe convertirse en derrota política, y denuncian que las estructuras abertzales se han integrado en el sistema español.
Quién está detrás del manifiesto y por qué importa
Txapote no es un preso cualquiera. Fue autor material del asesinato del concejal del PP de Ermua Miguel Ángel Blanco en 1997, un crimen que marcó un punto de inflexión en la sociedad vasca. Su liderazgo dentro de este grupo disidente está consolidado, según fuentes de la lucha antiterrorista, con un respaldo preocupante de colectivos juveniles como Jardun y la Gazte Koordinadora Abertzale (GKS). Su cuñado, Orkatz Gallastegui, compañero de módulo en la prisión de Zaballa (Álava), es otro de los hombres clave de esta red.
El texto no es un simple desahogo carcelario. Los especialistas consultados lo interpretan como una señal de que la «brasa roja» sigue viva y de que el desmarque con la línea oficial podría extenderse. «Obligará a la dirección de Otegi a mover ficha para que el desmarque no vaya a más», advierten. La preocupación no es tanto la capacidad operativa de este grupo —mermada por la vigilancia— como su influencia en el relato: mantener vivo el imaginario de la lucha armada entre los más jóvenes.
La respuesta del entorno abertzale: silencio y cálculo
La izquierda abertzale no ha tardado en tomar distancia. Otegi ha respondido a las víctimas que no defiende la «impunidad» de los etarras, sino que apuesta por la «convivencia» al pedir su libertad. Es decir, el mismo Otegi que pide excarcelaciones para los presos de ETA se ve ahora obligado a marcar perfil propio frente a quienes consideran que esa estrategia es una traición. La paradoja es evidente: el sector duro acusa a Otegi de haberse integrado en el sistema, mientras Otegi acusa al sector duro de no entender que la política es otra cosa.
En los mentideros del nacionalismo vasco se comenta que este manifiesto es un intento de Txapote de recuperar protagonismo tras años de ostracismo. «Vive en su mundo», señalan fuentes próximas. Otros, sin embargo, creen que la permeabilidad de estas tesis en el ámbito juvenil radical es un aviso a navegantes. La GKS y Jardun no son grupos folclóricos: manejan discurso, movilización y redes.
El cálculo económico de la derrota: ¿a quién beneficia la paz?
Más allá del ruido político, el manifiesto invita a una reflexión económica. Durante décadas, ETA justificó su violencia como medio para alcanzar la independencia. Hoy, el País Vasco disfruta de un concierto económico privilegiado, con un PIB per cápita superior a la media española y una tasa de paro inferior. Los antiguos etarras que ahora ocupan cargos institucionales —algunos con sueldos de más de 60.000 euros anuales— han encontrado en la política profesional un modus vivendi más cómodo que la clandestinidad.
Ese contraste es el que denuncia el manifiesto cuando habla de «izquierdismo, dogmatismo e infantilismo». Traducido: los que antes empuñaban pistolas ahora gestionan presupuestos. Txapote y los suyos se sienten traicionados por un sistema que ha convertido la lucha armada en un recuerdo incómodo y, sobre todo, en un negocio para unos pocos. La pregunta que sobrevuela es si este descontento puede canalizarse en algo más que un comunicado.
¿Qué pasará cuando Txapote salga de prisión?
Nada indica que Txapote vaya a salir pronto. Acumula condenas que suman cientos de años y su salida no está prevista a corto plazo. Pero el manifiesto ya ha cumplido una función: recordar que hay un sector que no ha renegado de la violencia. La «brasa roja» no es una metáfora: es una advertencia de que el conflicto vasco no se ha cerrado del todo.
La ironía es que, si algún día sale, Txapote se encontrará un País Vasco que no reconoce. Un territorio donde la inmigración ha transformado barrios, donde los jóvenes miran más al móvil que a la causa, y donde los herederos políticos de su lucha viven de rentas institucionales. Quizá entonces entienda que la verdadera derrota no fue militar, sino haber pasado media vida en la cárcel para que otros cobren dietas.