Ucrania convierte cada funeral ruso en un parte de guerra
Un mayor general que muere abatido por un francotirador. Un coronel que cae con su regimiento de asalto aerotransportado. Un teniente coronel al que entierran en Riazán mientras su brigada sigue combatiendo lejos de casa. La relación de mandos rusos confirmados como fallecidos en Ucrania ha dejado de ser una anécdota para convertirse en un goteo diario, y cada nombre nuevo se coteja contra esquelas, registros funerarios y publicaciones de familiares en redes sociales. Lo que empezó como una lista de bajas se ha transformado, según los foreros que la siguen, en un instrumento de desgaste: no hace falta ganar la guerra para desmontar el relato del ejército invencible, basta con enterrar a sus oficiales uno detrás de otro.
De la lista de nombres a la contabilidad del desgaste
El material que alimenta esta contabilidad es heterogéneo. Hay confirmaciones oficiales, como la del gobernador de Riazán sobre el capitán Yevgeny Ivanov, comandante de pelotón del 247º Regimiento de Asalto Aerotransportado. Hay anuncios de familiares que publican el obituario antes que el Ministerio de Defensa. Y hay partes de inteligencia, como el que atribuye la muerte del mayor general Vitaliy Gerasimov, primer comandante adjunto y jefe de Estado Mayor del 41º Ejército de Armas Combinadas, en Járkov. Si el dato se sostiene, ese ejército habría perdido a dos comandantes adjuntos.
La nómina acumulada incluye nombres como el mayor general Andrei Sukhovetsky, abatido presuntamente por un francotirador; el coronel Konstantin Zizevsky, jefe del 247º Regimiento de Asalto Aerotransportado; el teniente coronel Denis Glebov, segundo de la 11ª Brigada de Asalto Aerotransportado, enterrado en Riazán; el coronel Sergei Sukharev, comandante del 331º Regimiento Aerotransportado, y el coronel Andrei Zakharov, jefe del 6º Regimiento de Tanques de la 90ª División, caído en Brovary. La lista sigue.
El rango no protege. Es la lectura más repetida en los análisis que acompañan a estos obituarios: la estructura de mando rusa concentra la decisión en los oficiales de alta graduación, que se desplazan cerca del frente para desatascar operaciones, y eso los convierte en objetivos rentables. Un ejército que pierde coroneles y generales a este ritmo no solo pierde hombres: pierde la capacidad de coordinar a los que quedan.
Quién verifica los muertos y con qué pruebas
La práctica totalidad de las identificaciones procede de fuentes abiertas: esquelas en prensa local, anuncios de funerales, mensajes de condolencias en redes sociales y comunicados de inteligencia ucraniana. Cada nombre se cruza con al menos un rastro civil verificable. Esa es la fortaleza del método y también su límite: no hay confirmación independiente del Ministerio de Defensa ruso, que apenas ha reconocido bajas de alta graduación.
Hay quien sostiene que se trata de propaganda de guerra y que algunos nombres corresponden a montajes o a oficiales vivos. La objeción es razonable en abstracto, pero choca con un detalle incómodo: los obituarios no los publica el enemigo, los publican las funerarias y las familias. Cuando la esquela aparece en el periódico de la ciudad donde nació el oficial, el margen para el photoshop se estrecha.
El argumento de la purga interna y otras coartadas
En el extremo opuesto a la negación ha aparecido una tesis más sofisticada: que estas muertes no son un fracaso, sino una limpieza deliberada. Los generales veteranos, anclados en doctrinas obsoletas, estarían siendo sustituidos por oficiales jóvenes que sí entienden la guerra moderna. Todo formaría parte de un plan superior. Es una hipótesis que exige creer que un Estado Mayor sacrifica a sus mandos más experimentados en plena invasión para renovar plantilla. Como teoría económica tiene un problema elemental: el coste de reposición de un coronel no se mide en dinero, se mide en años.
Otra línea de respuesta consiste en desviar la mirada hacia el bando contrario. Se pregunta por las bajas de las unidades ucranianas, se recuerdan supuestos reveses y se sostiene que la contabilidad de muertos es selectiva. La objeción tiene fundamento parcial: ninguna de las dos partes publica un balance completo. Pero la asimetría de la que se quejan no la produce el mensajero, la produce el sistema político que impide a las familias rusas llorar en público a sus muertos.
Lo que revela el goteo de esquelas
La frecuencia importa más que la cifra. Un obituario cada pocos minutos, según un cálculo que circula entre los foreros a partir del flujo de publicaciones en redes sociales rusas, describe una maquinaria administrativa que ya no da abasto para ocultar lo que pasa en el frente. Las funerarias trabajan, las familias publican, los periódicos locales cobran el anuncio. La censura llega tarde a todas partes.
El efecto acumulado sobre la opinión pública rusa es difícil de medir y probablemente desigual: en las ciudades grandes se filtra, en las pequeñas se sabe. Lo que no se puede sostener ya es la ficción de una operación sin coste humano. Cada esquela es un dato, y los datos, a diferencia de los comunicados, no se desmienten con un portavoz.
Queda un detalle que descoloca a quien siga la lista con atención: varios de los oficiales identificados procedían de unidades reformadas hacía pocos meses, con mandos trasvasados desde otras armas. El ejército que debía renovarse sobre el papel se está renovando a golpe de esquela.