Ucrania ya ha perdido, incluso si expulsa al invasor
¿Puede Ucrania ganar esta
guerra? Después de más de 500 días de combates, la respuesta que se abre paso en una parte del análisis menos complaciente con el relato oficial es un no sin matices. No un no para según qué escenario: un no en todos. El punto de partida es un texto extenso que fija tres premisas —un país pobre y corrupto, incapaz de sostener el esfuerzo militar por sí solo, frente a un enemigo que no tiene intención de marcharse— y concluye que, gane quien gane sobre el terreno, Ucrania queda hipotecada para décadas.
Las tres premisas de partida
La primera es que Ucrania es un país
pobre y corrupto. No se apoya en una opinión aislada: se sostiene en los análisis acumulados desde los intentos de acercamiento a la UE, el Euromaidán y el conflicto del Donbás, que dibujan elecciones poco fiables, disensión política y corrupción a todos los niveles sobre una economía precaria. La objeción evidente —Rusia es igual o más pobre y corrupta— se descarta de antemano: que el vecino esté peor no convierte a Ucrania en una democracia madura.
La segunda: Ucrania
no puede vencer sola. La propia cúpula militar y el presidente han pedido armas y dinero desde el primer minuto, lo que convierte en conclusión razonable que, sin apoyo exterior, no habría ni para sostener a la tropa. Que Rusia tampoco pueda superar a Ucrania de forma definitiva no altera el cálculo.
La tercera:
Rusia no se va. El coste de expulsarla metro a metro no es alto, ni siquiera inaceptable: es imposible. Al ritmo actual, hacerlo devastaría el país por completo. Que Moscú no pueda avanzar más, o que su propia aventura acabe arruinándola como nación, se considera una cuestión distinta y, a efectos del argumento, irrelevante. El texto original cierra cada apartado con una apostilla que adelanta la réplica antes de que llegue. Es un detalle de estilo, pero explica por qué la discusión se ha estirado tanto.
Los tres escenarios: ganar y salir arruinado
El primero es el más favorable: apoyo internacional sin precedentes, aislamiento absoluto de Rusia, entrega de cazas de todo tipo y una ofensiva ucraniana de audacia histórica que rompe el bloqueo y expulsa al invasor. El resultado no se describe como una fiesta. Queda un país devastado, una población tocada y una
deuda impagable con la UE y Estados Unidos que se cobraría durante décadas, con terrenos malvendidos a bancos extranjeros y empresas anglosajonas encargadas de la reconstrucción.
El segundo escenario es el enquistamiento: un tira y afloja que se prolonga
una década o más, con generaciones enteras perdidas, un país seccionado y pérdidas materiales de todo orden.
El tercero, el que se considera más improbable, es la derrota militar abierta. Ahí la conclusión es la obvia: Ucrania pierde. Sumados los tres, la tesis es que no existe una casilla en la que Ucrania gane, aunque gane.
¿Qué significa ganar una guerra?
Aquí llega la objeción de fondo. Los vencedores y perdedores de una contienda no se miden por cómo queda cada uno tras el combate, sino por si logran los objetivos que se fijaron al entrar. Es la analogía del siglo XX que se repite en la discusión: la Unión Soviética salió de la Segunda Guerra Mundial con el país hecho una ruina y millones de muertos, y nadie discute que fue uno de los vencedores.
Aplicado al caso, se argumenta que el objetivo ruso es someter Ucrania y que tampoco lo va a conseguir: Moscú no volverá a dominar el país como entre
1990 y 2014. Se añade una crítica metodológica: las predicciones sobre lo que ocurrirá dentro de veinte años no son hechos, y presentarlas como un análisis frío basado en datos no las convierte en tales. La respuesta a esa crítica es siempre la misma: el destino de Rusia da igual, aquí se habla de Ucrania.
Ni con Ucrania ni contra Ucrania
Buena parte del desencuentro viene de ahí. Un bloque entiende que describir los costes de la victoria equivale a pedir la rendición; el otro insiste en que se puede perder en dos casillas a la vez. Rusia puede no alcanzar sus objetivos militares y Ucrania puede salir políticamente quebrada. Derrotas distintas, a niveles distintos, sin héroe ni villano. «Como si en un combate quedas malherido y te consuelas pensando que al otro lo has matado», resume el planteamiento inicial. Y apostilla: aun ganando, has perdido.
Quién paga la factura mientras se pelea
Otra corriente desplaza el foco fuera de Kiev y Moscú. La guerra real sería entre Estados Unidos y Rusia, con Ucrania como intermediario directo y los europeos como intermediarios indirectos. A Washington, se argumenta, le daría igual el resultado: lo que busca es que Rusia se desmorone, como ocurrió con la URSS hace unos treinta años, y esta contienda sería el prólogo de un pulso mayor con China.
Con ese marco, hay quien sostiene que las armas no se regalan, sino que se venden, y en la cantidad justa para mantener la situación empantanada y no la suficiente para decidirla. La factura energética y la reconstrucción recaerían sobre Europa: cientos de miles de millones para levantar el país, adjudicados a empresas estadounidenses y británicas. La contrarréplica, expresada por otro participante, es que esas armas son lo que está salvando a Ucrania y permitiéndole defenderse.
Cierre. Con estos mimbres, el único punto de acuerdo es que nadie sabe cuándo termina, cuánto cuesta ni quién firma el último pagaré. Tranquilos: habrá crédito. Habrá que ver quién lo concede.