Ucrania no recupera la iniciativa: resiste, pero no contraataca
¿Puede Ucrania ganar esta guerra? A mediados de abril de 2022, con las tropas rusas replegadas del norte y el frente desplazado al este y al sur, buena parte del análisis sostiene que no. Ucrania ha recuperado territorio —en varios casos porque el adversario lo había abandonado—, mantiene la resistencia en Mariúpol y conserva Kiev, pero no ha cerrado el cerco sobre las unidades rusas en repliegue, no ha roto la cabeza de puente que Moscú sostiene en el Dniéper y no ha abierto un frente terrestre en territorio ruso, ni siquiera en una frontera como la de Bélgorod, que controla en gran parte. La iniciativa, se argumenta, sigue en manos rusas y su ejército espera dónde llega el próximo golpe.
Por qué Ucrania no ha pasado a la ofensiva
El argumento no es de voluntad, sino de
medios. Romper una cabeza de puente exige concentrar fuego y tropa en un punto concreto, y atacar suelo ruso obligaría a estirar una logística ya de por sí tensa. Quien defiende esta lectura insiste en que los territorios recuperados lo fueron sin oposición: el adversario se replegó y Ucrania avanzó sobre espacio vacío. Celebrar ese avance como prueba de capacidad ofensiva es confundir una retirada con una derrota.
De ahí el pronóstico: quien no puede tomar una posición mal defendida difícilmente va a tomar otra mejor defendida. La conclusión que se extrae no es que Ucrania vaya a perder en el sentido clásico, sino que su techo es un empate con cesión de territorio y condiciones impuestas.
El cuello de botella logístico: tanques, diésel y refinerías
El segundo bloque del análisis es material. La ayuda occidental llega, pero no toda llega igual. El armamento ligero se camufla en camiones y contenedores; un carro de combate o una pieza de artillería, no. Cualquier convoy de cierto tamaño se localiza y se destruye antes de entrar en combate. Un convoy ruso de
60 kilómetros en formación de marcha se cita justamente como ejemplo de lo que no se hace cuando se espera resistencia.
Sobre la carga pesada pesa además el combustible. Sin diésel, un blindado es un obstáculo de acero. Y sobre ese punto se repite un dato incómodo: en el este de Ucrania apenas quedan refinerías capaces de abastecer a quien pretenda mover esas columnas por carretera. La cuenta no sale por muchos tanques que se prometan.
De «liberar» a arrasar ciudades
Hay un escenario que aparece una y otra vez: el de una Rusia que, incapaz de quedarse con el país entero, se conforme con destruirlo. El precedente que se cita es el sirio, con la fórmula de
48 horas para salir de una ciudad antes de declarar objetivo militar a todo el que se quede y reducir el casco urbano a un solar. Se sostiene que Moscú se ha contenido hasta ahora por tratarse de población civil; cuando deje de hacerlo, la ventaja de material haría el resto. En la acera opuesta se responde que arrasar no es ganar: se puede dejar el país en escombros y seguir perdiendo la guerra.
La tesis contraria: Rusia se desangra y acabará retirándose
Aquí empieza la discrepancia de fondo. Otra corriente sostiene que a Ucrania le basta con resistir y que, de momento, lo está haciendo: la amenaza sobre Kiev se ha disipado y Mariúpol sigue sin caer. Rusia, añaden, no puede volcarse indefinidamente en una campaña sin desproteger sus fronteras: antes de quedar expuesta, abandonará. El precedente que se invoca es Vietnam, un país que no podía ganar y acabó ganando con paciencia y suministro exterior.
Los indicios que respaldan esta lectura son de desgaste: la República Checa ha enviado decenas de tanques y vehículos militares, buena parte de la comunidad internacional ha cerrado filas con Kiev y la factura económica de la invasión se acumula en Moscú. Financiar una guerra, recuerdan, no es gratis ni ilimitado.
Por qué el símil con Vietnam se queda corto
El paralelismo ha sido el más repetido y también el más discutido. Ucrania es llana y está llena de carreteras: el terreno no favorece a una guerrilla que se desvanece entre selva y arrozales. La geografía deja las columnas a la vista y convierte cada movimiento en una oportunidad para el contrario. La paciencia, aquí, cuesta bastante más.
Quién financia la resistencia: 5.000 millones y un país convertido en instrumento
Una tercera línea de análisis desplaza el foco fuera del frente. Se sostiene que el dinero que sostiene a Ucrania —hasta
5.000 millones de dólares, en la formulación que se repite— es una de las mejores inversiones de la historia reciente de Washington: aislar y desgastar a Rusia, enfriar su relación con Europa y dejar a la Unión Europea sin su principal socio energético, todo por una fracción de lo que costaría un enfrentamiento directo.
En paralelo, otra corriente mira las sanciones con lupa y llega a la conclusión contraria a la oficial: quien las sufre es Europa, con precios al alza y cadenas de suministro bajo tensión, mientras Rusia tiene recursos y mercados alternativos donde colocarlos. La factura se paga aquí; los márgenes, allí. Es el tipo de cuenta que nadie firma en público y que explica por qué el relato importa tanto como el frente.
Queda un consuelo para el optimista: ninguna guerra de desgaste de este tamaño se resuelve en dos meses. La pregunta es si eso es un plazo o una condena. Porque si la única jugada disponible es aguantar y mirar hacia dónde llega el próximo golpe, conviene tener claro quién lleva desde el principio eligiendo el tablero.