El Govern pide a Badalona reabrir el albergue para los 400 desalojados y Albiol responde que no
Badalona tiene un alcalde que ha hecho de la mano dura su marca política y un gobierno autonómico que le pide justo lo contrario. El ejecutivo catalán instó al ayuntamiento a reabrir el albergue municipal para dar techo a las 400 personas desalojadas del bloque conocido como B9, y Xavier García Albiol se negó en redondo. La escena, que llega por la vía de urgencia, coloca al consistorio en el centro de un pulso que mezcla competencias, relato y votos.
El primer punto que conviene fijar es quién pide qué. La Generalitat reclama al ayuntamiento que habilite el albergue; el alcalde responde que no piensa hacerlo. No hay margen para la ambigüedad: es un choque frontal entre dos administraciones por un edificio concreto y un número concreto de personas. En medio, una pregunta que nadie responde con claridad: ¿quién paga la factura de una operación de realojo que puede durar meses?
Quién es de Badalona y quién no
El argumento más repetido a favor del realojo local es el empadronamiento. Según algunos participantes, buena parte de las 400 personas desalojadas figuran en el padrón de Badalona, viven en la ciudad y, según esta lectura, deben ser atendidas allí. El asistente de Echenique lo resume con retintín: «de ocho apellidos badalonenses son, no te jode». La ironía apunta al corazón del asunto: la antigüedad en el municipio como criterio de derecho.
La réplica llega por la vía del origen. Hay quien sostiene que las personas desalojadas no son de Badalona sino de África, y que por tanto la respuesta correcta no es un albergue local sino otra cosa. Esa corriente no se molesta en matizar: para ella, el lugar de nacimiento pesa más que el padrón. El choque entre ambos criterios —vecindad administrativa frente a origen— es el eje sobre el que gira casi todo lo demás.
El pulso político: Belarra contra Albiol
El enfrentamiento trasciende lo municipal. Ione Belarra entró al trapo con dureza: «Hay que ser un desgraciado y una mala persona para dejar en la calle a 400 personas y encima ir a hacerte un vídeo regodeándote». Albiol contestó con su propio marco: «Conmigo de alcalde en Badalona la ocupación ilegal no tiene premio. Sean blancos o negros; de aquí o de allá». La respuesta de Belarra subió un escalón más: «Ojalá fueras tú el que pasara una sola noche, una, debajo de un puente con alerta por lluvias».
El intercambio deja dos marcos incompatibles. Uno pone el acento en la vulnerabilidad de quien duerme a la intemperie; el otro, en la legalidad de la ocupación como criterio de acceso a la ayuda pública. Ninguno de los dos admite matices, y los dos saben que su electorado premia la firmeza. La discusión sobre el albergue es, en realidad, una discusión sobre qué significa ser vecino.
El argumento del albergue y sus normas
Hay un detalle operativo que se cuela en la conversación y que suele quedar fuera de los titulares: los albergues tienen horario y normas. La objeción no es menor. Un dispositivo de acogida funciona con reglas de entrada y salida, con control de accesos y con cierta disciplina interna. La pregunta es si 400 personas recién desalojadas están en disposición de cumplirlas, y qué ocurre cuando no.
Ese es el flanco que explotan quienes rechazan el realojo. Se argumenta que el buenismo de las administraciones choca siempre con la misma pared: la gestión real. No es un argumento nuevo, pero aquí tiene un soporte concreto, un edificio y un número. Quien defiende el realojo responde que las normas se adaptan; quien lo rechaza, que las normas existen por algo.
Dónde llevarlos: del Palacete de Galapagar a la Bonanova
La pregunta «¿y por qué no a tu casa?» recorre toda la discusión. Aparece el palacete de Galapagar —«3.000 m² tiene el marquesado», se apunta— como destino irónico para los 400. Aparecen también la Bonanova, Sarrià, Tres Torres, Sant Cugat y Sant Just Desvern, barrios y municipios de renta alta a los que se invita a experimentar la multiculturalidad que, según esta lectura, habrían impulsado desde sus despachos.
El argumento tiene una lógica incómoda: si la solidaridad es un bien, que la ejerzan quienes más recursos tienen. La contrarréplica es que la solidaridad no se impone por barrios ni se dosifica por código postal. En medio queda un dato que nadie discute: 400 personas necesitan un techo y el reloj corre.
Qué pasa con los que no son migrantes
Una voz introduce un matiz que suele quedar enterrado: un español que se queda en la calle en Badalona y pide ayuda en servicios sociales no recibe asilo. La comparación no pretende resolver el caso, sino señalar una asimetría percibida en el acceso a los recursos públicos. Es el tipo de afirmación que se lanza sin datos y que, precisamente por eso, enciende tanto a unos como a otros.
La discusión derivó hacia terrenos más ásperos, con propuestas de deportación y llamadas a la confrontación que no aportan nada al problema y sí mucho ruido. Cuando el tono sube, el dato baja. Y sin dato, lo único que queda es la consigna.
Al final, el pulso se reduce a una pregunta sin respuesta: si el albergue de Badalona abre o no, y quién asume el coste político de que no abra. El Govern ya ha pedido. Albiol ya ha dicho que no. Los 400 siguen esperando.