Turrón para perros a 41 € el kilo: el filón navideño que indigna
Un turrón para perros. Envuelto en papel bonito, colocado en la estantería de una tienda, con un precio que ronda los
5 euros por una golosina que, puesta en la balanza, sale a
41 euros el kilo. Ese es el dato que ha hecho saltar las costuras de la conversación: no tanto el producto en sí —que los hay, y de muchos tipos— como la aritmética que esconde. Porque 41 euros por kilo es más de lo que cuesta un buen jamón de bellota, y bastante más de lo que cuesta un solomillo de ternera. La comparación no es gratuita: alguien la hizo en voz alta y a partir de ahí el asunto dejó de ser una anécdota de escaparate.
La cosa no acaba en el precio. En el mismo hilo aparecen referencias a una
botella de champagne para perros y a un
canettone —el panettone canino— vistos en grandes almacenes. Es decir: no es un producto aislado de una tienda rara, es una categoría. Y cuando una categoría existe, existe porque hay demanda. O porque alguien ha decidido crearla a base de marketing.
De 5 euros a 41 el kilo: la cuenta que nadie hace en el lineal
El cálculo es simple y demoledor. Una tableta de turrón para perros de las que se ven en estas fechas pesa poco, se vende como capricho y se compra sin pensar. Puesta en euros por kilo, el número se dispara. Es la misma trampa que el café de cápsula o las raciones de comida preparada: el formato pequeño oculta el precio real.
41 euros el kilo es una cifra que, dicha así, en frío, descoloca.
Hay quien lo compara con alternativas que se encuentran en cualquier carnicería.
Hígados o mollejas cuestan bastante menos, alimentan más y, según varios de los que han criado perros toda la vida, les hacen más felices que una golosina azucarada. El argumento no es menor: si el objetivo es dar un capricho al animal, hay formas de hacerlo sin pasar por caja a precio de joyería.
La otra pata del asunto es la sanitaria. Un producto que se vende como turrón, con su azúcar, su grasa y su textura, no está pensado para el sistema digestivo de un cánido. Varios de los que intervienen lo señalan sin dramatismo: no es veneno, pero tampoco es comida. Es un snack. Y los snacks, en cualquier especie, se pagan caros y se justifican mal.
El perro como sustituto del niño en la mesa navideña
Donde el asunto se pone interesante no es en el precio, sino en lo que revela. Una parte de la conversación sostiene que estos productos existen porque el perro ha pasado a ocupar un lugar que antes ocupaban los niños en la liturgia navideña: el de destinatario de regalos, caprichos y atenciones.
El turrón para perros es el equivalente canino del turrón de chocolate para sobrinos. Se compra para quedar bien, no para nutrir.
Hay quien va más allá y lo lee como síntoma económico. Una oficina bancaria reconvertida en supermercado para perros. Un país donde un animal recibe antes ayuda que una persona sin hogar. La frase es dura y está en el material, pero conviene tomarla como lo que es: una hipérbole de sobremesa, no un dato. Lo que sí es un dato es que el gasto en mascotas ha dejado de ser residual y ya mueve lineales enteros en grandes superficies.
La ironía recorre todo el asunto. Un producto que cuesta 41 euros el kilo y que probablemente sea
más sano que el de humanos, como apunta alguien con retranca. Otra intervención, más ácida, recuerda que en las reuniones familiares siempre hay un hermano que no deja que los niños toquen al perro antes de comer, y luego esos niños crecen con mil alergias. La mascota como campo de batalla de la educación, la higiene y la culpa.
Lo que cuesta criar a un perro (y lo que cuesta criarlo mal)
El hilo deriva, como suele pasar, hacia el terreno de la crianza. Hay quien defiende que adoptar un perro de la calle, de cualquier edad, da en el 95% de los casos un animal leal hasta el final. Y quien responde, con retintín, que hacer lo mismo con una persona de más de cinco años garantiza el infierno. La comparación es incómoda y no se sostiene en datos, pero explica el clima: se discute menos del turrón que de quién merece qué.
En medio de todo eso, aparece la letra pequeña del negocio. Un pienso extrusionado no es lo mismo que uno sin subproductos ni harinas, y quien tiene perro lo sabe. La recomendación de mirar la composición, no el envoltorio, vale igual para el turrón de 41 euros que para el pienso de 15. El marketing navideño funciona mejor sobre quien no lee la etiqueta.
Y luego está la pregunta que nadie responde del todo: si el turrón para perros cuesta 41 euros el kilo, ¿cuánto cuesta el turrón para humanos que se vende al lado? La respuesta, en la mayoría de los lineales, es incómoda. El capricho canino sale más caro que el capricho humano. Ahí, exactamente ahí, es donde el asunto deja de ser una anécdota y se convierte en un pequeño espejo de cómo gastamos.
¿Es el turrón para perros una estupidez de primer mundo, un negocio de temporada bien montado o las dos cosas a la vez? Según se mire, el que compra es el tonto, el que vende es el listo, y el perro, como siempre, el único que no opina.