Entrenar a las 5 de la mañana: el negocio del coaching motivacional
Un grupo de personas gritando a las cinco de la mañana en mitad de la calle, entre flexiones y consignas, con el vecindario asistiendo al espectáculo sin haberlo pedido. La escena, grabada en vídeo y difundida por redes, ha puesto el foco en una industria que no vive del gimnasio: el
coaching motivacional de grupos que madrugan, gritan y cobran. El negocio no está en las mancuernas.
Sobre el vídeo planean dos capas. La primera es el ruido. La segunda, el dinero. Porque la pregunta que reaparece una y otra vez —¿quién paga esto?— tiene una respuesta insistente:
paga el de abajo. Y el de abajo, en muchos casos, llega con la autoestima justa y la cartera abierta.
¿Qué es el fenómeno del entrenamiento al amanecer?
El esquema se repite en varios grupúsculos, aunque el nombre que más suena es el de Llados, un coach del que se dice que se ha hecho millonario en menos de diez años y cuya web, tu1millon.com, acumula faltas de ortografía. Sus alumnos se organizan en rutinas de madrugada, entre gritos y consignas. El retrato que se hace desde fuera es explícito:
maneras sectarias, gritos, tácticas motivacionales de garrafón. La estampa más comentada es la de alguien que, según un mensaje difundido en redes, luce un
código QR tatuado en la frente.
Hay quien pone el foco en la forma y no solo en el fondo. El mensaje, se admite, «es bueno», pero dicho por un tipo con ínfulas suena a parodia; y no sirve para todo el mundo. Otros reconocen ahí un método viejo: las técnicas de instrucción cuartelera y las dinámicas de captación de vendedores de seguros, donde el que entra paga para que el que llegó antes cobre. Quien haya hecho la mili, se asegura, identifica el procedimiento al instante. Solo cambian el vocabulario y el uniforme.
El negocio está en los cursos, no en el gimnasio
El análisis más repetido es también el más frío. Esto no es superación personal ni creación de hábitos. Es un esquema, reducido a lo básico del fitness, para sacar pasta de los cursos que pagan los propios alumnos y dejarles, como mucho, migajas. La secuencia que se anticipa es conocida: primero se venden cursos de emprendimiento, después cursos sobre cómo vender cursos.
Coaching por coaching, vacío.
¿Y el producto estrella, el éxito? Nadie señala alumnos con negocios destacados, creación de valor o resultados verificables. Solo catecismo. El paralelismo con el esquema de captación de vendedores y con cualquier estructura piramidal es inevitable: el que llega el último sostiene el tinglado. Con una diferencia, y no es menor: aquí no queda un activo, sino una rutina grabada a las cinco de la mañana.
¿Es disciplina o es alienación?
El defensor más serio del método no defiende los gritos. Defiende la voluntad. Este tipo de grupos, se argumenta, intenta curar una enfermedad de fondo de la sociedad acomodada: la falta de carácter, de palabra dada y de sentido del deber. Fijarse en los 100 burpees o en la hora exacta del despertador es quedarse con el dedo que señala. Si esos chavales interiorizan el hábito, el balance sale positivo.
La objeción es igual de directa.
¿De verdad hace falta levantarse a las cuatro para entender que en la vida hay que esforzarse? Quien no lo entienda sin fricadas de madrugada no va a arreglarlo con una actualización de software. Y detrás del entusiasmo hay una caja registradora que vive de la desorientación ajena. Aquí la conversación se espesa: disciplina y alienación se parecen mucho cuando alguien cobra por la segunda y la llama primera.
¿Y el gimnasio sirve para algo?
De propina, el asunto ha derivado a una pelea clásica: el valor real de las salas de pesas. Los mensajes más escépticos sostienen que las bondades de la musculación están sobrevaloradas y que un gimnasio solo de pesas no debería llamarse deporte. La prueba que se pone encima de la mesa es la de un nadador de cerca de
90 años con la espalda recta como un palo, formado en piscina y no en banco inclinado.
También se afirma que la musculación encorva si no se estiran quince o veinte minutos después, algo que, se lamenta, no hace nadie. Y aparece la defensa de la natación como disciplina completa. Nada de esto resuelve el fondo, pero explica por qué el sudor ajeno con altavoz irrita a quien lleva décadas sudando sin corear nada.
El perfil del alumno y la salida laboral
El retrato del alumno que se dibuja es el de alguien perdido, con dinero para gastar y ganas de encontrar un camino. Bajo ese perfil, la alternativa que se cita no es el gimnasio, sino la oposición, la seguridad privada o el ejército. Un mensaje resume la comparación: en el ejército se madruga, se corre y se carga peso por unos
1.000 euros al mes, con maniobras y noches sin dormir, mientras que de vigilante se está sentado y mucho más tranquilo.
La otra cifra que circula es de futuro: si aguantas hasta los 45, se cuenta, queda una paga de unos
800 euros y el curso de vigilante. No es un gran horizonte, pero es un horizonte. Al lado de un vídeo grabado al amanecer sin camiseta y con diez grados en la calle, suena casi razonable.
A estas alturas queda un cabo suelto que nadie tapa: los testimonios de alumnos que, según apuntan los mensajes, se habrían arrepentido y no quieren o no pueden hablar. Ahí la conversación se detiene, justo donde empieza lo interesante. Todo lo demás —los gritos, la liturgia, los cursos— está a la vista. Lo que no se ve sigue sin explicarse.