Geometría en la naturaleza: el patrón que nadie sabe explicar
¿Qué comparten el ala de una libélula, la cola de un crótalo, la concha de un erizo de mar y un calendario maya? La misma respuesta si uno mira con otros ojos: la
geometría en la naturaleza. Simetrías, espirales logarítmicas y proporciones que, sostienen sus defensores, no cabe achacar al azar. Y el detonante de toda la conversación es, curiosamente, un esqueleto de pez globo seco y sin piel.
El esqueleto de pez globo que abrió el caso
La imagen muestra una estructura ósea limpia, expuesta sin nada de carne. El razonamiento de quien abre el hilo es directo: si no hay piel, no puede hablarse de espinas dérmicas —endurecimientos de queratina—, luego lo que se ve es hueso, y ese hueso sigue un orden que, se argumenta, no parece casual. El despliegue de vértebras y radios no es un amasijo cualquiera;
es un patrón.
La réplica llega igual de rápida. En el pez vivo, claro que hay piel, y el esqueleto va por dentro: la columna está arriba, y lo que se contempla despiezado no es el armazón completo del animal, sino lo que queda tras retirar la cubierta. La discrepancia, en apariencia menor, marca el tono de todo lo que viene después: cada patrón que se presenta como prueba de diseño tiene, al lado, una respuesta anatómica que no necesita ningún arquitecto.
El pez globo que dibuja en la arena para aparearse
Hay un caso que a los más escépticos les cuesta rebatir. El pez globo macho construye con el cuerpo, sobre el fondo arenoso, un dibujo geométrico de círculos concéntricos y radios; lo decora con conchas y lo limpia sin parar de los restos que arrastra la corriente, porque la obra se borra en cuanto él descuide. Si la hembra queda impresionada, entra en el dibujo y pone allí sus huevos. Para algunos es la prueba de que hasta un pez hace
arte con fines reproductivos.
Hasta ahí, los hechos. La interpretación es donde se parte el agua. Frente a la lectura estética, la contraria responde con frialdad: es un comportamiento programado, una secuencia que no requiere aprendizaje y que se repite igual en cada generación. El pez no decide; ejecuta.
Los cinco sólidos platónicos y sus aristas
El terreno matemático entra con los sólidos platónicos, y ahí los números son tozudos. El tetraedro tiene 6 aristas, el octaedro y el cubo 12, el dodecaedro y el icosaedro 30. Sumando caras, vértices y aristas salen series que a algunos les parecen demasiado elegantes: 14, 26, 26, 54 y 62. Es el tipo de regularidad que invita a sospechar una mano oculta detrás.
La sospecha se topa, sin embargo, con un muro antiguo: los griegos dominaban la geometría pero no conocían el cero, y manejaban los números con torpeza. Ese desequilibrio —geometría brillante, aritmética floja— acabó pesando durante siglos sobre cómo se entendía todo lo demás.
¿Manda la geometría o los números?
Aquí arde la discusión de fondo. Una corriente defiende que el número áureo y pi no son números, sino relaciones, razones, y que la naturaleza está hecha de proporciones, no de cifras. Bajo esa óptica, la geometría sería la ciencia real y las matemáticas solo un idioma para traducirla. La pregunta que lanzan —qué hace volar un avión o sostener en pie una catedral, los números o la geometría— busca zanjar el pleito a su favor.
La objeción es de peso y viene de antiguo: todos los intentos de fundar la matemática en la geometría fracasaron, y la relación va en sentido contrario. La geometría, al final, se explica desde la teoría de números y no al revés. Ahí está el nudo: unos ven en las formas la prueba de una inteligencia ordenadora; otros ven solo la consecuencia numérica de unas reglas que nadie diseñó.
Las hormigas que trocean semillas para que no germinen
El repertorio de casos se amplía con uno que se cita como enigma. Las hormigas, para evitar que las semillas almacenadas germinen dentro del hormiguero y les monten un estropicio, las parten en dos mitades. El problema surge con el coriandro: sus semillas germinan incluso divididas, así que las hormigas las trocean en cuatro. Para los defensores del diseño, es una cadena de decisiones imposible de explicar por puro ensayo y error.
Cimática, fractales y el tiempo maya
La lista se alarga sin freno: ondas sonoras que dibujan formas y que se emparejan con fotografías de la naturaleza —
en el principio era el Verbo, se cita—, una banda de Möbius a la que se atribuye una sola superficie, el mecanismo sincronizado del calendario maya, la sección de un crótalo que suena a castañuelas, la concha en espiral logarítmica o los granitos de arena con forma de estrella. La libélula aparece varias veces como emblema: su ala reticulada, la misma que algunos emparentan con planos de construcciones antiguas, y el fósil de
Meganeura, de unos 300 millones de años.
Tanta maravilla junta invita a concluir que la naturaleza es matemática. El problema es el de siempre: encontrar el patrón es fácil; demostrar que alguien lo dibujó, bastante más. Y de momento nadie ha pasado de la primera parte.