La tentación de la violencia como respuesta política
La violencia política no ha muerto en España; duerme bajo la superficie. En debates digitales, la idea de una milicia patriótica que tome la justicia por su mano resuena con más fuerza de lo que el relato oficial admite. La pregunta es si esa retórica se queda en la provocación o puede tener consecuencias reales.
El espejo de ETA
La comparación con ETA es inevitable. Quienes defienden la necesidad de una organización armada señalan que la banda terrorista comenzó atacando a guardias civiles y policías, no a políticos, y que solo con el tiempo se desvirtuó hasta matar a concejales y a padres de familia. Esa deriva, argumentan, es el riesgo inherente a cualquier violencia política: el objetivo inicial se corrompe y la causa se pierde. El caso de Melitón Manzanas, el primer asesinato de ETA, se cita a menudo como el punto de partida de una espiral que acabó alcanzando a víctimas inocentes.
La legitimidad en cuestión
Otro argumento recurrente es la desconfianza hacia el Estado y sus fuerzas de seguridad. Se sostiene que una milicia patriótica tendría tanta o más legitimidad que cualquier cuerpo que dependa del gobierno de turno. Frente a eso, hay quien responde que la solución no es armarse, sino cambiar a los gobernantes mediante las urnas. La democracia, aunque imperfecta, permite sustituir a los representantes sin recurrir a las armas. La ironía de que muchos de quienes proponen la violencia sean los primeros en no querer pasar por una mili no se escapa a los críticos.
La democracia representativa, bajo sospecha
La crítica más profunda apunta al propio sistema. Se argumenta que la democracia representativa es una estafa, porque la mayoría de los ciudadanos no conoce a sus representantes. Algunos proponen como alternativa la democracia directa, otros incluso un régimen autoritario. Pero esa visión choca con la realidad: la mayoría de la población no está dispuesta a sacrificar sus comodidades por una causa armada, como demuestra el escaso apoyo a las milicias en la práctica. Hay quien recuerda que la experiencia etarra prueba que un puñado de pistoleros puede poner en aprietos a un régimen, pero que sin financiación y apoyo exterior no puede acabar con él.
La historia reciente muestra que la violencia política suele terminar en tragedia, pero la frustración social no desaparece por decreto. Mientras los cauces institucionales sigan siendo percibidos como insuficientes, la tentación de la violencia seguirá presente, aunque su materialización parezca improbable.