Von der Leyen retira la ley de pesticidas y agita al campo
La ley de pesticidas más ambiciosa del Pacto Verde europeo llegó a su retirada con el acta de defunción firmada mucho antes. La propuesta fue controvertida desde su inicio, acumuló una presión feroz del sector agrícola y el Parlamento Europeo ya la había tumbado con
299 votos a favor, 207 en contra y 121 abstenciones. Quedaba estancada en las negociaciones entre los Estados miembros, es decir, herida de muerte.
Ursula von der Leyen anuncia ahora la retirada de la polémica ley sobre pesticidas. Y lo hace, según la lectura que domina en el sector primario, justo en lo que más conviene a las grandes empresas y a los lobbies químicos,
sin tocar los aranceles a las importaciones ni la competencia desleal de terceros países. La pregunta queda flotando: si el texto ya estaba políticamente muerto, ¿qué se gana realmente retirándolo ahora?
La ley que ya estaba herida de muerte
El texto no murió en un despacho de Bruselas. Murió en el hemiciclo y en los consejos de ministros, donde llevaba meses sin avanzar. Quienes siguen el expediente sostienen que la retirada formal solo certifica un fracaso anunciado: se retira lo que no se podía aprobar. El detalle incómodo es el calendario. La Comisión elige el momento de máxima presión agrícola para retirar la norma y, a la vez, deja intactas las reglas que afectan a la entrada de producto de fuera.
Hay un tercer carril que casi nadie mira. Desde
2001, con la Directiva 2001/18/CE sobre liberación intencional de organismos modificados genéticamente, la biotecnología ha avanzado hacia técnicas de edición genómica capaces de modificar el genoma en lugares precisos. Ese es el siguiente campo de batalla regulatorio, y el sector lo sabe.
¿Por qué se retira el barbecho obligatorio en 2024?
Porque la Comisión Europea propone derogar la obligación de barbecho durante 2024 a los agricultores de la UE, y hay quien sostiene que esa cesión tiene un ganador claro: los abonos y los agroquímicos. La lógica agronómica va en dirección contraria. Dejar descansar una parcela es una forma segura de reducir excedentes y de frenar el agotamiento del suelo; intensificar el uso conduce a una pérdida de productividad a largo plazo, como recuerdan los trabajos de la FAO de 2002 y de Bonifacio en 2015 citados en el sector.
El cálculo que circula en el debate es demoledor: en España solo por escorrentía se pierden cada año millones de metros cúbicos de tierra fértil. Si no hay barbecho ni cubierta vegetal, la competitividad que te marque el mercado da igual, porque quien la va a marcar es el suelo.
¿Qué pasa con las importaciones de Marruecos y Ucrania?
Que siguen sin someterse a las mismas exigencias que se imponen al productor europeo. La queja recurrente es de doble rasero: se aplican obligaciones, burocracia y trazabilidad al agricultor español, y no se aplican a los productos que entran de Marruecos, Turquía o Sudáfrica. Si aquí se exige una cosa, fuera debería exigirse la misma o cerrar la puerta; la otra opción es que compita en desigualdad.
En paralelo, España mantiene su apoyo a las medidas comerciales de apoyo a Ucrania. Existe un memorándum de entendimiento en materia de agricultura e industria alimentaria suscrito en
2020 que abarca medidas sanitarias y fitosanitarias, semillas y plantas de vivero, seguros agrarios y restauración de tierras. El ministro Planas ha reiterado la solidaridad del Gobierno con Ucrania tras la invasión rusa. Solidaridad y rentabilidad agraria no siempre viajan en el mismo vagón.
El argumento de los fertilizantes y el límite del suelo
Sobre la mesa hay dos relatos enfrentados y ninguno es inocente. Uno sostiene que sin fertilizantes sintéticos y pesticidas no se puede alimentar a
7.888 millones de personas; el caso de Sri Lanka se usa como aviso de lo que pasa cuando se apaga la química de golpe. El otro responde que esa lógica es circular: la población actual existe porque existe esa producción, y llevarla al extremo solo fabrica más gente en lugar de mejor comida.
La réplica de fondo apunta a la calidad frente a la cantidad. Mejores frutas y mejores carnes, no más toneladas de lo mismo. Y una advertencia sobre el modelo exportador: la soja de Brasil y Argentina convirtió zonas fértiles en suelo inservible en apenas una década. La fábula del pájaro herido por una flecha emplumada con sus propias plumas —nos armamos con la materia de nuestra propia ruina— nunca fue tan literal.
Queda la incógnita de quién paga la factura. La retirada de la ley de pesticidas alivia a unos y deja a la intemperie a otros, mientras los aranceles y las mordidas de los distribuidores siguen fuera del foco. Si la presión funcionó una vez, ¿por qué no habría de funcionar dos?