Cinco camas y hasta 300 euros: así se comparte piso a los 30 en Cáceres
Cinco personas de algo menos de treinta años viven en un piso de cuatro habitaciones en pleno centro de Cáceres, en régimen de
alquiler por habitaciones. Ninguna tiene coche ni moto. Ninguna tiene pareja estable. Y el mayor éxito colectivo de todas ellas, según el vecino que lleva meses cruzándose con ellas en la escalera, es haber logrado lo que buena parte de su generación no consigue: irse de casa de sus padres. Llevan casi un año compartiendo techo, un récord en un inmueble donde lo habitual hasta ahora era que alguien durmiera allí sólo unos meses.
Eso sí: el piso no es un zulo. Es amplio, luminoso, con balcón grande y buenas vistas, y la propietaria lo reformó antes de pasarlo al alquiler fraccionado. Lo dicen los propios inquilinos cuando lo comparan con otros sitios en los que han vivido.
¿Cuánto cuesta alquilar una habitación en Cáceres?
Menos de tres años atrás ese mismo piso se alquilaba entero por
600 euros más consumos a una familia, según el relato del vecino. Después llegó el troceo y ahora cada plaza se sitúa, según su cálculo,
entre 200 y 300 euros, según el tamaño de la habitación y de si es compartida o no. En cuatro habitaciones duermen cinco personas: dos comparten la antigua alcoba de matrimonio. El que más pagaría desembolsaría unos 300 euros, consumos aparte.
Buena parte de los comentarios dieron por hecho que quien contaba la historia era el propietario que les cobraba el alquiler. El vecino lo negó: asegura que él es sólo un vecino de toda la vida, que la dueña es su antigua vecina de enfrente y que no tiene nada que ver con el alquiler que pagan los muchachos.
Camareros con horas regaladas y un informático eternamente en prácticas
Los cinco trabajan. El primero es monitor de gimnasio a media jornada. Tres son camareros, todos con contrato parcial y todos echando horas de más: a uno se las compensan más o menos con días libres, los otros dos
ni libranzas ni un duro. El quinto acaba de entrar en el mercado como informático y cobra poco porque encadena prácticas.
En la conversación se manejan referencias de sueldos juveniles en torno a
1.800-2.000 euros al mes y precios de coche desde 35.000, según apuntaba uno de los participantes, que se preguntaba cómo van a afrontar los jóvenes esas cifras.
El kebab de la cena, la consola y el viernes en casa
El capítulo doméstico cabrea a media conversación:
piden comida a domicilio a diario, y el informático hay jornadas que resuelve comida y cena con kebabs. Para una parte de los observadores eso es analfabetismo financiero puro: quien no administra su economía doméstica difícilmente va a gestionar nada más. Otros recuerdan lo obvio: con cinco o siete personas por piso la cocina no da abasto y cocinar se convierte en una carrera contra el resto de inquilinos.
El ocio es pantalla y salón. El único que rompe el patrón es el monitor de gimnasio, que hace deporte en la calle a diario y sale los fines de semana. Los demás apenas se mueven del piso, no tienen pareja estable —uno mantiene algo esporádico y sin etiqueta— y dos se desplazan en patinete eléctrico. El retrato que hace el vecino es demoledor y nada original:
críos de instituto con casi treinta años.
¿Es culpa suya, del precio de la vivienda o del país?
Aquí el asunto se parte en tres corrientes. Una sostiene que estos chavales hacen lo que pueden y que, comparados con el resto de su generación,
han triunfado al emanciparse, aunque sea en malas condiciones. Otra apunta al proyecto de vida: sin ahorro, sin pareja y con el videojuego como válvula de escape, la miseria se retroalimenta. Una tercera mira más arriba y describe un país lumpenizado, sin industria, con una juventud a la que ya nadie promete recompensa futura.
Sobre el voto se especula mucho y se comprueba poco. Circulan atribuciones —que si unos votan a un partido por miedo al retroceso, que si otro calla lo que vota— sin un solo dato que las respalde.
Dicen más del observador que del observado.De Cáceres a Róterdam: el mismo patrón con otro idioma
No es un fenómeno local. En la comparación internacional aparecen edificios enteros de apartamentos alquilados a inquilinos de todo tipo, jubilados que completan la pensión ayudando a embolsar la compra en supermercados alemanes y una vida de alquiler perpetuo vestida de sostenibilidad y buen rollo. En el otro extremo, el caso que contaba otra vecina: un marino de Pontevedra de 33 años, curso de capitán pagado por la empresa, coche alemán y una pareja diez años menor. La excepción, no la norma.
Una dependienta de 31 años, maestra de infantil y con un segundo empleo los domingos en un centro comercial, contaba a otro participante que sus relaciones no pasaban de seis u ocho meses.
Con estos mimbres, la pregunta que abrió el caso sigue sin respuesta cerrada. ¿Qué futuro tiene esta gente? Y la que va detrás, bastante más incómoda: ¿qué futuro tiene el país que produce este panorama con tanta eficiencia?