Vox sostiene a Feijóo y su electorado habla de traición
Hay una paradoja que define el arranque de esta legislatura: el partido que hizo de la intransigencia su marca registrada acaba de sostener la investidura de Alberto Núñez Feijóo sin entrar en el Gobierno.
Vox anunció su apoyo a la candidatura del líder del PP y, según el relato que recoge el material, el PP y Vox entierran sus diferencias tras ese respaldo. El gesto no ha sentado bien entre quienes les votaron. «Han regalado tu voto», resume uno de los mensajes más repetidos. La discusión, abierta y sin resolver, es si eso es una jugada maestra o el certificado de defunción del partido.
Qué ha pasado y por qué se acusa a Vox de regalar sus escaños
El núcleo del asunto es este: Vox apoya la investidura de Feijóo sin entrar en el Ejecutivo y sin que la candidatura tenga garantizados los números. Para una parte del electorado, eso equivale a sostener un gobierno ajeno a cambio de nada. «VOX ha nacido para arrastrar su dignidad ante la PSOE AZUL. Y GRATIS señores, GRATIS», se lee en el arranque del debate.
La acusación de traición no es unánime. Frente a ella aparece el argumento de que el apoyo no es un cheque en blanco: si Feijóo no logra gobernar, el desgaste será suyo y de nadie más. «VOX no apoya un gobierno del PP, sino una candidatura que tiene muchas papeletas para no salir adelante», sostiene un análisis que circula en la conversación. La conclusión que extrae: si el candidato fracasa, la crisis interna la paga el PP.
Hay un tercer frente, el de quienes creen que el partido se ha vuelto irrelevante por la vía de la moderación. «Ya son meras comparsas, no pretenden cambiar nada, barniz y poco», resume una intervención. La crítica no viene de fuera: viene de gente que dice haber defendido a Vox antes.
El cálculo electoral que sostiene la jugada
La tesis más repetida entre quienes defienden el movimiento es de aritmética parlamentaria. Con los escaños que hay, Vox no puede gobernar ni impedir un gobierno. Lo único que puede hacer es elegir a quién culpan si hay repetición electoral. «Apoyando incondicionalmente al PP consiguen evitar desde el minuto cero que se les responsabilice tanto de la formación de un gobierno de izquierda como, en su caso, de una repetición electoral», plantea una de las intervenciones más desarrolladas.
El escenario alternativo que se maneja es el de Ciudadanos: el partido que sostuvo gobiernos ajenos, se diluyó y desapareció. La comparación aparece explícita. La pregunta que sobrevuela es si Vox está evitando ese destino o recorriéndolo más rápido.
Frente a esa lógica, la respuesta del electorado crítico es que el partido ya ha perdido la batalla de la dignidad. «Bueno, pagando el precio de su DIGNIDAD y apoyando a un liberticida que hace leyes inconstitucionales que atentan contra la integridad física de las personas», se responde. El reproche no es táctico, es de principios.
La oposición dura a Feijóo como estrategia: ¿rentable o suicida?
El argumento que más terreno gana en la parte final del debate es el de la oposición sin ataduras. «El PP tendrá que lidiar con toda la mierda él solo y VOX podrá hacer oposición sin ataduras con cero desgaste», se plantea. La idea es que el desgaste de gobernar lo pague el socio y el rédito de criticar lo cobre Vox.
El problema es que ese cálculo exige que Feijóo gobierne, y nada indica que vaya a conseguirlo. Si no lo logra, el apoyo se queda en un gesto sin contrapartida. «Es lo mejor que puede hacer VOX con los votos que tiene», se defiende, con el matiz de que los votos son los que son y se puede hacer lo que se puede hacer.
La respuesta de los críticos es que el partido ha entrado en una espiral de justificaciones. «Todo lo que pase en VOX es para suicidarse», ironiza una intervención que enumera dimisiones, salidas y cambios de discurso como síntomas de descomposición. La acusación de que el partido se disuelve por dentro aparece varias veces.
El electorado que se va: «mi prioridad es que no gobierne»
El dato más incómodo para Vox no está en el Parlamento, está en su propia base. Varios mensajes anuncian el abandono del voto. «No me quedará otra que votar a la PSOE AUTÉNTICA», escribe quien dice haber votado a Vox en 2019 y considera que aquel apoyo regaló gobiernos a la izquierda. La amenaza del voto útil contra el propio partido es el peor escenario posible.
La fractura se expresa en términos de identidad. «Parecéis gilipollas, como si esto fuera ser fan del Real Madrid», se reprocha a quienes defienden la dirección sin matices. La política como hinchada, esa es la acusación que recorre buena parte del debate.
Hay quien va más allá y sitúa el problema en el sistema entero. «Miles de borregos discutiendo por subnormalidades mientras la desigualdad crece», se lee, con la lista de agravios habitual: vivienda, rentas, natalidad, migración. La conclusión de esa corriente es que el eje izquierda-derecha sirve para tapar lo que de verdad se decide.
El contexto que nadie discute: el PP necesita a Vox y Vox necesita al PP
Más allá del reproche, hay un consenso de fondo que atraviesa el debate: los dos partidos están condenados a entenderse porque no tienen alternativa aritmética. «Vox y el PP están condenados a entenderse pues es la única manera de plantar cara», resume una intervención. La tregua se presenta como necesidad, no como convicción.
Ese entendimiento tiene un precio para ambos. Para el PP, gobernar con el apoyo de Vox le obliga a gestionar el desgaste de cada decreto. Para Vox, sostener sin entrar le deja sin capacidad de decisión y con la etiqueta de comparsa. Ninguno de los dos sale gratis.
La pregunta que queda abierta es la que nadie responde con datos: cuánto voto se pierde por el camino. Los mensajes que anuncian abandono son testimonios, no encuestas. Y la única certeza es que la investidura sigue sin resolverse. Con estos números, el apoyo de Vox puede ser el gesto que le salve o el que le condene. Nadie lo sabe todavía.