Windows 12 y el fin del remo: la promesa que no llega
Cada cierto tiempo, una versión de Windows promete ser el punto de no retorno. Primero fue el 95, luego el XP, después el 7. Ahora le toca al 12, que según un forero llegará en octubre y automatizará el 50% de las tareas de oficina. La tesis es sugerente: si el 99% de los que trabajan con un ordenador usan Windows, el impacto sería equiparable a la revolución industrial. El remo, ese arte de fingir productividad, entraría en su fase final. En dos o tres años, todo automatizado y a cobrar la paguita. Suena bien. Demasiado bien.
El cuento de la IA que lo hace todo
La primera grieta del relato aparece cuando alguien pregunta lo obvio: ¿y por qué hay que esperar a Windows 12? Si la
inteligencia artificial es tan revolucionaria, ¿no debería estar ya funcionando? La respuesta que circula es que las capacidades aumentan de forma exponencial, así que el salto será brutal. Pero esa misma promesa se escucha desde el Windows 3.11.
La siguiente versión ya va a ser la polla, decían entonces. Y aquí seguimos.
El problema no es que la IA no avance. El problema es que Windows lleva décadas sin ser el motor de nada. Desde el XP, el sistema operativo se ha convertido en una capa cada vez más pesada sobre la que corren aplicaciones que hacen el trabajo real. Lo que importa no es el sistema, sino lo que ejecutas encima. Y ahí, la automatización ya existe: macros, scripts, herramientas de gestión. Lo que falta no es tecnología, es voluntad de las empresas.
El 50% que ya se podía automatizar en los 80
Hay un dato que desmonta buena parte del hype: según un forero, el 50% de las tareas de oficina se podrían haber automatizado con las herramientas que traían los UNIX en los años 80. No es una exageración. Procesadores de texto, hojas de cálculo, bases de datos, correo electrónico. Todo eso existía antes de que Windows fuera Windows. Lo que ha cambiado no es la capacidad técnica, sino la disposición a usarla.
La razón por la que no se ha automatizado es sencilla: a nadie le interesa. Automatizar significa reducir personal, y reducir personal significa conflictos laborales, indemnizaciones y mala prensa. Es más fácil contratar a alguien para que haga clic en botones durante ocho horas. El remo no es un accidente del sistema, es su consecuencia lógica. Un trabajador que hace tareas repetitivas es un trabajador controlable.
La privacidad como moneda de cambio
Si Windows 12 va a automatizar tareas, necesita datos. Y ahí es donde el cuento se vuelve turbio. Un forero sostiene que la IA de Microsoft ya captura pantallas sin pedir permiso y las analiza. Eso no es una función de productividad, es un sistema de vigilancia. Quien controle esos datos tiene acceso a información privilegiada: historiales médicos, movimientos bancarios, conversaciones privadas. En la deep web, según se comenta, los historiales médicos se pagan a precio de oro. Imaginemos lo que valdría un archivo completo de una multinacional.
La pregunta no es si Windows 12 automatizará el trabajo. La pregunta es quién automatiza a quién. Si el sistema aprende de lo que haces, también aprende lo que no quieres que sepa. Y ese aprendizaje no se queda en tu ordenador. Se sube a la nube, se analiza, se vende. La paguita que prometen puede venir con un contrato de cesión de datos que nadie ha leído.
El hospital que funcionó sin intranet
Mientras se debate sobre el futuro, hay quien ya vive el presente de la automatización fallida. En un hospital, un día se cayó el sistema informático. Todo el día sin intranet. ¿El resultado? El personal se reorganizó: los que no podían hacer nada fueron a archivos, los celadores montaron resultados en el sistema de tubos neumáticos, se recuperaron monitores viejos para consultar pruebas. Los veteranos de archivo encontraron historiales que parecían perdidos. El hospital siguió funcionando.
Esa anécdota vale más que cien informes sobre transformación digital. Cuando la tecnología falla, las personas responden. El problema es que hemos construido sistemas tan frágiles que dependen de que nada falle. Y cuando algo falla, no hay plan B. La automatización no nos hace más fuertes, nos hace más dependientes. Un solo ataque, un solo error, y todo se para.
La trampa de la productividad
La promesa de Windows 12 es la misma que la de todas las herramientas de productividad: trabajar menos, producir más. Pero en la práctica, la productividad no se traduce en menos horas, sino en más tareas. El jefe que ve que puedes hacer el doble de trabajo en la mitad de tiempo no te da la tarde libre, te asigna el doble de trabajo. La automatización no libera, intensifica.
Y luego está el problema de la medición. ¿Cómo se mide el trabajo de oficina? En muchos casos, por presencia. Si estás en la silla, trabajas. Si no, no. La IA no cambia eso. Puede que responda correos automáticamente, pero tú sigues teniendo que estar ahí para que el sistema sepa que existes. La paguita no llega porque el sistema no está diseñado para darla. Está diseñado para que sigas remando.
El día que todo se automatice
La predicción es que en dos o tres años todo estará automatizado. Pero esa predicción lleva haciéndose desde que aparecieron los primeros ordenadores personales. La oficina sin papeles, el teletrabajo total, la semana de 20 horas. Todas esas promesas se han ido cumpliendo a medias, siempre con más trabajo y menos derechos. La tecnología avanza, pero las relaciones laborales no.
Lo que sí es cierto es que el remo tal como lo conocemos está cambiando. No por Windows 12, sino por la presión de un mercado que exige más por menos. La automatización no viene de una actualización, viene de la necesidad de recortar costes. Y esa necesidad no entiende de versiones de Windows. Entiende de balances y de resultados trimestrales.
¿Y si al final resulta que el fin del remo no llega con Windows 12, sino con la próxima crisis? ¿O con la próxima guerra? ¿O simplemente con el próximo recorte? La historia no avanza por actualizaciones de software, avanza por conflictos. Y esos no se descargan en octubre.