El PP retiene Galicia y Vox se queda fuera del reparto
Mayoría absoluta del PP en Galicia. El PSOE se hunde. El BNG sube con fuerza. Y Vox, con más votos que en 2020, se queda sin escaño. Ese es el resultado que resume la noche electoral gallega y el que dispara una pregunta incómoda: si el doble de votos no da representación, ¿de qué sirve el voto útil cuando el sistema electoral ya decidió por ti?
El debate posterior no fue sobre Galicia. Fue sobre lo que significa votar a Vox cuando el PP ya tiene mayoría absoluta. Y sobre si esa mayoría cambia algo, o solo cambia el color del que firma la misma agenda.
El cálculo que deja a Vox sin escaño
La clave está en el último escaño que se reparte por circunscripción. Ahí se decide todo: quien lo alcanza, aprovecha sus votos al máximo; quien se queda a un puñado de papeletas, ve cómo miles de sufragios se convierten en nada. En Galicia, ese umbral dejó a Vox fuera del reparto pese a subir en votos y en porcentaje respecto a los comicios autonómicos anteriores.
Hay quien sostiene que Vox no solo no perdió votos, sino que aumentó en votos y porcentaje con
todo y todos en contra: sin apenas visibilidad en los medios, fuera de los debates de la televisión autonómica y con el PP y sus terminales mediáticas haciendo campaña en su contra. En contra pesa el argumento de que un partido que no traduce votos en escaños es, electoralmente, un partido amortizado.
La discusión sobre el sistema electoral no es nueva, pero aquí se vuelve tangible. Un partido con representación parlamentaria en Madrid puede quedarse a cero en una comunidad autónoma sin haber perdido un solo votante. El sistema no premia el crecimiento; premia la concentración territorial.
¿Qué diferencia hay entre el PP y el PSOE en Galicia?
Ninguna, según una parte del análisis. La tesis que recorre el debate es que el PP aplica la misma agenda que el PSOE, solo que con otro envoltorio: ideología de género, Agenda 2030, desprecio al idioma español en algunas comunidades, presión fiscal sobre el trabajador. El argumento se apoya en la experiencia del último gobierno del PP en Madrid: subida de impuestos tras prometer bajarlos, ninguna ley ideológica del PSOE derogada, y los referéndums independentistas catalanes consentidos delante de sus narices.
La otra corriente no lo ve igual. Sostiene que el PP impide que los independentismos agrieten el país, aunque sea bailándoles el agua, y que la alternativa —un PSOE que negocia con separatistas a cambio de apoyo— es peor. Es la vieja disputa entre el mal conocido y el mal por conocer.
El resultado gallego no resuelve esa tensión. La mayoría absoluta del PP es real, pero los datos de participación y el crecimiento del BNG apuntan a un electorado que se mueve. Y Vox, que aspiraba a condicionar esa mayoría, se queda mirando desde fuera.
El aviso a los que soñaban con la desaparición de Vox
El dato que más se repite es el del crecimiento. Vox sube en votos y en porcentaje en Galicia respecto a 2020, en un contexto de hostilidad mediática casi total. Para unos, eso demuestra que el partido no va a desaparecer y que en elecciones de clave general —europeas, generales— puede dar mucho que hablar. Para otros, es la enésima prueba de que Vox es un invento del PP que, como Ciudadanos, está amortizado y no tendrá vida propia por más que su líder insista.
La comparación con Ciudadanos aparece varias veces. También la comparación con Podemos: partidos que crecieron rápido, tocaron techo y se desinflaron. La diferencia es que Vox nunca ha gobernado en solitario ni ha tenido que asumir el coste de gestionar una crisis. Su techo sigue siendo una incógnita.
Lo que sí queda claro es que el voto a Vox en Galicia no tuvo ningún efecto en el reparto de escaños. Ni uno. Y eso, para un votante que se mueve por resultados y no por identidad, es un dato que pesa.
La agenda que no cambia con el color del gobierno
La conclusión más repetida es que la agenda globalista sigue su curso independientemente de quién esté al frente. El PP gana en Galicia, pero las políticas que se aplican —fiscales, sociales, energéticas— son las mismas que aplicaría el PSOE. El bipartidismo funciona así: uno da la cara, el otro continúa por detrás, y el ciudadano paga la factura.
No es una tesis nueva. Pero en un contexto de mayoría absoluta recién estrenada, tiene más recorrido del habitual. Porque si el PP tiene mayoría para hacer lo que quiera y no lo hace, la pregunta deja de ser electoral y pasa a ser estructural.
El análisis se atasca exactamente ahí: en si el problema es el partido que gobierna o el sistema que hace que gobernar sea, en la práctica, gestionar lo que ya estaba decidido.