China crece al 4,5% mientras sus centros comerciales se vacían
Durante 2024, el consenso de los economistas occidentales fijó el crecimiento de China en un
4,5%, una cifra respetable si se compara con el 2,8% de Estados Unidos o el 0,8% de Europa. El problema es que ese relato choca de frente con otra realidad que circula por redes sociales: el
despoblamiento de Shanghái, símbolo del milagro económico chino, que habría perdido entre 3 y 5 millones de residentes en los últimos dos años. La tendencia, según los testimonios que se filtran antes de que los censores los borren, apunta a que el éxodo continúa en 2025.
Los vídeos que muestran calles como Nanjing Road literalmente desiertas, con la mayoría de comercios cerrados, o el Global Harbor Mall con apenas una decena de visitantes un sábado por la tarde, han dejado de ser anécdota para convertirse en un patrón. La censura del Partido Comunista Chino elimina cuentas, pero los influencers alcanzan a rebotar el material antes de que desaparezca. Es la vieja guerra entre el dato oficial y la imagen que lo desmiente.
¿Es creíble un 4,5% de crecimiento con las calles vacías?
La primera grieta del relato oficial no está en la cifra, sino en su coherencia interna. Un país que crece al 4,5% no debería tener centros comerciales enteros con carteles de traspaso ni avenidas comerciales sin viandantes. Hay quien sostiene que el PIB chino mide producción industrial y exportación, no bienestar ni consumo interno, y que por eso puede crecer mientras la vida cotidiana se apaga. Otros apuntan a un maquillaje estadístico sistemático en las cuentas provinciales, un clásico desde hace décadas.
El contraargumento más repetido es demoledor:
si China crece al 4% y Europa al 0,8%, ¿quién está realmente en crisis? La potencia industrial china, con Shenzhen como ejemplo de ciudad que no se ha vaciado, sigue siendo un hecho difícil de discutir. La deslocalización occidental, que trasladó fábricas enteras al gigante asiático para abaratar costes, ha dejado a Europa sin músculo industrial y a China con la capacidad de producir lo que el mundo consume.
El éxodo de Shanghái y la censura de los testimonios
El caso de Shanghái merece un apartado propio. La ciudad que fue escaparate del milagro económico, con rascacielos levantados en tiempo récord, presenta ahora un saldo migratorio negativo que las autoridades no confirman. Los testimonios gráficos que se cuelan por redes muestran centros comerciales emblemáticos cerrados, como el Global Harbor Mall, y boutiques de multinacionales occidentales como únicos locales abiertos. La censura actúa rápido, pero no lo bastante como para evitar que el material se replique.
Hay una lectura menos catastrofista:
el éxodo puede ser una purga controlada, no una señal de colapso. China ha demostrado capacidad para redirigir su economía por decreto, y una crisis inmobiliaria localizada, con casos como el de Evergrande, no equivale a una quiebra sistémica. La duda razonable es si el modelo puede sostener el crecimiento sin consumo interno y con una población que envejece a marchas forzadas.
El debate sobre el techo tecnológico y demográfico
La discusión deriva hacia terrenos más amplios. Una parte del análisis sostiene que China nunca pasará de potencia regional porque el mundo moderno es una construcción occidental y las potencias que intentaron disputarlo acabaron mal. Otros recuerdan que China lleva miles de años siendo un imperio y que su capacidad de producción actual no tiene precedente histórico. La comparación con Japón en los años 80, cuando se daba por hecho que se comería el mundo, planea sobre la conversación.
El factor demográfico es el que más pesa en el escenario pesimista. Una población que envejece, un éxodo urbano que vacía ciudades enteras y una juventud con jornadas laborales maratonianas y sueldos bajos dibujan un modelo que crece en exportaciones pero se agota en capital humano. La pregunta no es si China tiene crisis, sino si puede permitirse reconocerla.
Con el crecimiento oficial en el 4,5% y las calles de Shanghái sin gente, alguien está midiendo mal. O el PIB, o la realidad.