2.500 euros al mes por nieto: el precio de la descendencia
Hay quien ha convertido la natalidad en una nómina. Un participante cuenta que conoce una familia en la que el abuelo paga un
sueldo vitalicio por cada nieto que le llega, 2.500 euros al mes por cabeza, y que una de sus hijas, con cuatro hijos, acumularía 10.000 euros mensuales solo por ese concepto; según él, no son los únicos y en las clases altas es más común de lo que se cree. El razonamiento que sostiene el pago es el mismo que late en cualquier comida familiar:
tener hijos cuesta dinero y quien engorda la familia merece compensación. La pregunta que abre todo esto es otra: ¿se debe intentar convencer a los hijos de que tengan hijos?
Qué se plantea cuando anuncian que no habrá descendencia
El punto de partida es explícito: alguien con hijos pequeños imagina el día en que estos le digan que pasan de darle nietos. Su respuesta no es rencor, es intervención. Ayudaría económicamente si el obstáculo es el dinero y tiraría del argumento emocional:
«ver los ojos de tu hijo, aunque estés medio muerto y harta por cansancio, y se te pasa». Lo describe como algo primitivo, muy enraizado en lo que somos, y admite que se puede vivir perfectamente sin sentirlo, pero sostiene que
si hay una mínima duda, merece la pena. Ese matiz —la duda, no la obligación— es el eje de todo el asunto.
Los que no piensan intervenir y lo dicen sin rodeos
Una corriente amplia responde que no. Que manipular a alguien para que tenga un hijo que no quiere es
lo más horrible del mundo, porque el día que esa persona se vea con el niño en brazos y sin ganas se acordará del empujón recibido. En esa línea, la versión más fría: intentar convencer a un hijo es aleatorio,
50/50, y si ya está convencido de lo contrario, la probabilidad es de 100 a 0. Otros afirman que no intentarían nada, que como mucho preguntarían los motivos. Y hay quien recuerda que en todas las familias han existido siempre solteros y que
tener hijos es una opción, no una obligación.
Junto a estos aparece una postura intermedia, la del que se conforma con que sus hijos sean felices «lo mismo que si deciden tener un equipo de baloncesto», y advierte de un riesgo real: presionar y dejar a un hijo frustrado de por vida si la vida luego le dice que no.
El bando del legado: fotos de los bisabuelos y deberes heredados
Enfrente, la postura del linaje. Hay quien la ilustra enseñando a los hijos fotos de bisabuelos y abuelos hasta llegar a la propia infancia, con la idea de que
la familia es un legado y una carga de historia hecha de vidas que lucharon para que la cadena siguiera. Desde ahí se desliza la exigencia: interrumpir esa cadena se compara con despreciar todo lo anterior. En el extremo duro aparecen mensajes que presentan la descendencia como deber y avisan de que quien no lo acepte rompe la relación familiar. También hay quien plantea el asunto en clave religiosa y quien lo formula como obligación colectiva, con el argumento de que cada vez nacen menos y alguien tiene que sostener el relevo. A eso responde otra voz que niega el diagnóstico demográfico: sostiene que en España se viviría mejor con menos población y que el problema no es la cantidad.
«O tienes hijos o dejas de ser mi hijo»
El chantaje tiene ya su anecdotario. Un caso relatado en primera persona: un padre que planteó exactamente esa disyuntiva y un hijo que respondió mandándole a paseo, con
tres hijos propios llegados por decisión libre, no por presión. Su conclusión es que el chantaje no funciona y que, además, envenena la relación: el padre acabará viejo y solo, dice, y se lo habrá ganado. La advertencia se repite con otra fórmula, la del desheredado, y con un aviso sobre el efecto boomerang: basta con que te empeñes en que hagan algo para que hagan exactamente lo contrario.
Dos o tres generaciones y ya nadie se acuerda de ti
Aparece también el contraargumento más frío, el que desmonta la épica del legado. Quien recorre tumbas antiguas abandonadas —panteones incluidos— tras un entierro saca la conclusión obvia:
en dos o tres generaciones nadie visitará tu lápida, y a los muertos no les importa porque están muertos. Desde ahí, la reproducción pierde su carácter de misión histórica y queda como lo que es, una decisión personal con costes y beneficios. La misma corriente añade que obligar a otro a vivir tu proyecto vital no es un plan, es una imposición.
Incentivos económicos, vivienda y el papel de la televisión
El sueldo por nieto no es el único instrumento financiero sobre la mesa. Hay quien propone la versión proletaria del mecanismo: si 2.500 euros al mes quedan lejos, ofrecer
150, 200 o 300 euros. Y menciona otro clásico: repartir la herencia en función del tamaño de la familia de cada hijo, de modo que el heredero con más prole se lleve la mayor parte. Junto al dinero, hay quien atribuye el problema a la precariedad y a un mercado laboral que impide independizarse. Alguna voz propone incluso campañas televisivas que ensalcen a las familias numerosas, convencida de que la pequeña pantalla y las figuras mediáticas moldean la conducta mucho más de lo que se admite.
Nadie ha discutido que tener hijos cueste dinero, tiempo y sueño. La desavenencia empieza cuando alguien decide convertir su biografía en instrucciones para la del hijo. Y queda sin responder una pregunta incómoda: si el nieto llega por chantaje, por nómina o por agotamiento,
¿de quién era el proyecto?