Vivir con menos para tener hijos: la renuncia que ya nadie firma
Una casa con doce hermanos, camas compartidas y una tienda de la que comía la familia entera. El viaje más largo de aquella casa salía de Toledo y acababa en Madrid; las vacaciones, cuando llegaron, vinieron de la mano del IMSERSO. Ese era el horizonte vital que uno de los participantes del hilo pone como espejo incómodo de su abuela. Y de ahí nace la pregunta que estructura todo el asunto: por qué, como sostiene el autor del mensaje inicial, nadie se plantea ya vivir con menos para poder tener descendientes. La respuesta oficial apunta al bolsillo. La respuesta incómoda apunta al consumo.
El diagnóstico: el consumo por delante del instinto
El planteamiento que abre el debate sostiene que el problema no es económico sino de escala de valores. La sociedad de consumo habría convertido en irrenunciable un paquete que antes simplemente no existía: coche, luz, agua, vacaciones, trabajo estable y bien pagado. Con ese listón, tener hijos es siempre un mal momento. «Siempre vas a sentir que te viene el mundo encima», resume un participante del hilo.
En esa línea, hay quien va más allá y traslada el argumento de la economía a las relaciones. El consumo no solo afectaría a lo que se compra, también a cómo se elige pareja: la idea de que se prueban relaciones como se prueban productos, sin comprometerse con ninguna, y que ese
probar y probar termina dejando vidas vacías. Es la parte más opinable del asunto y también la que menos datos admite.
El contraargumento: los que menos tienen son los que más hijos tienen
Frente a la tesis del consumismo aparece siempre la misma objeción: si el dinero fuera la causa, los hogares con menos renta tendrían menos hijos, y quienes defienden esta tesis sostienen que ocurre lo contrario. El argumento se apoya en que la población inmigrante, con menos ingresos, tiende a tener más hijos porque mantiene otro orden de prioridades.
La lectura varía según quién la haga. Una parte defiende que es cuestión de prioridades y que aquí se ha puesto el yo por delante de la procreación. Otra lo atribuye a la existencia de ayudas sociales, aunque esa explicación choca con los números europeos que esgrime otro participante. Y una tercera, más dura, censura traer hijos al mundo sin medios, con el argumento de que a esos niños les espera escasez y falta de oportunidades.
¿Cuánto cuesta de verdad criar a un hijo?
Aquí llega el bloque que más discusión genera, porque toca tirar de calculadora. Quien defiende este enfoque sostiene que con un solo sueldo se puede criar, siempre que se acepte una vida más estrecha: casa peor, más lejos, menos comodidades, sin restaurantes, sin vacaciones y con un coche viejo. La clave, según este participante, es no comprar vivienda por encima de las posibilidades y mantener la hipoteca en una franja baja, en torno a 400 o 500 euros.
Los costes que cita no serían astronómicos si se comparan con lo que se gasta en ocio: un seguro médico privado rondaría los 40 o 50 euros al mes y habría colegios concertados por menos de 100. Lo caro, admite, aparece cuando se paga a alguien para que se encargue de la crianza. El desglose que hace en el hilo lleva a una conclusión: el problema no es el hijo, es el estilo de vida que se pone por delante.
Los datos europeos que cuestionan el relato de las ayudas
La objeción más sólida contra la explicación económica llega desde fuera de España. Según los datos que aporta un participante, en Europa no están teniendo hijos ni los nacidos aquí ni los de fuera, y los países con más ayudas y más población extranjera tampoco levantan cabeza. Francia registraría una tasa de fertilidad de 1,8 hijos por mujer y seguiría bajando. Alemania se quedaría en 1,5. Ambas por debajo del umbral que garantiza el reemplazo generacional.
El dato tiene consecuencias para el debate: si las ayudas menguantes explicasen la caída, los territorios con porcentajes elevados de población foránea deberían mostrar tasas altas, y no es así. La conclusión que se extrae es incómoda para casi todos: ni el dinero público ni el origen explican por sí solos un desplome que atraviesa el continente entero.
Anticonceptivos, pensiones y divorcio: las causas que no salen en el titular
Hay un bloque de explicaciones menos épicas y bastante más sólidas. Antes no había anticonceptivos y no había pensiones ni residencias: los hijos eran la única garantía de sustento en la vejez. Cuando aparecen la planificación familiar y un sostén externo para los mayores, la natalidad cae. Es un cálculo frío, sin nostalgia, y que algunos participantes consideran más explicativo que cualquier discurso moral.
A eso se suma otra variable que aparece con fuerza: la falta de seguridad jurídica percibida en caso de ruptura. Hay quien sostiene que no se entra en un proyecto de familia si el final puede ser quedarse sin los hijos, sin la casa y con una carga económica añadida. Otros, en cambio, apuntan al divorcio como un factor que vuelve poco fiable el matrimonio para formar una familia.
El ajuste demográfico que nadie quiere nombrar
Queda la lectura más incómoda. Hay quien recuerda que la población mundial se ha multiplicado por ocho en doscientos años y quien interpreta la caída de la natalidad como un ajuste natural, no como una patología.
El contrapunto a la nostalgia también aparece. Si unos ponen como ejemplo la casa con doce hermanos de la abuela, otros recuerdan a una abuela con cinco hijos, viuda muy joven, «más pobre que las ratas» y con hambre, y sostienen que de feliz aquello no tenía nada: lo que sí cambió, señalan, fue la movilidad social, hasta el punto de que en esa familia se pasó del analfabetismo a la universidad.