Restos judíos de 3.000 años: el relato que sostiene una soberanía
Una pregunta simple y una respuesta imposible: si en los territorios que hoy se llaman ocupados aparecen
restos arqueológicos judíos de hace 3.000 años, ¿quién ocupa a quién? El mensaje que abre el hilo lanza ese envite y deja servida una polémica que en España se conoce bien, porque aquí llevamos siglos discutiendo lo mismo con la Alhambra, la Aljafería y la mezquita-catedral de Córdoba de fondo. La arqueología, convertida en escritura de propiedad. Ahí empieza el problema, no la solución.
¿Se puede fundar una soberanía en unos restos arqueológicos?
El argumento de la antigüedad funciona como título de propiedad, y esa es la trampa que señalan varias voces: si unos vestigios de hace tres milenios otorgaran derechos, Italia tendría un título sobre Iberia por los restos romanos, que son mucho más recientes. La regla, aplicada con la misma vara, dejaría a medio Mediterráneo reclamando el solar del vecino. Los árabes habitaron la península ibérica unos ocho siglos; por ese criterio, España debería devolver algo o compartirlo. Nadie lo plantea en serio.
El derecho de conquista, recuerdan otros, fue la norma durante milenios: se lo quedaba el último que llegaba. Lo incómodo es que ese criterio se siguiera aplicando entrado el siglo XX, con reglas internacionales escritas, una ONU en funcionamiento y fronteras trazadas por acuerdo.
Quiénes vivían allí y quiénes son hoy sus descendientes
El frente más interesante es el demográfico. Hay quien sostiene que los descendientes de los judíos de la Antigüedad son, en buena parte, los actuales palestinos: población que se convirtió al cristianismo primero y al
islam después, igual que hispanorromanos y visigodos en Al-Ándalus. Convertirse era también, según esa tesis, una decisión fiscal: dejar de pagar tributo. Enfrente, el dato de la diáspora: comunidades judías documentadas por todo el imperio romano, expulsiones masivas siglos después y una realidad lingüística que desconcierta: los antepasados de muchos israelíes actuales no hablaban hebreo, sino
yiddish,
ladino,
yevánico o
judeoárabe —lenguas germánicas, romances, griegas e iranias—. ¿Qué significa exactamente
volver a casa?
La réplica llega rápida: los antepasados árabes tampoco eran nativos. La propia tradición hebrea describe la llegada a Canaán y la conquista de un territorio habitado por cananeos, y los filisteos —pueblo del mar de probable origen mediterráneo, entre Grecia, Creta, Cerdeña y la península ibérica— aportan la vuelta de tuerca casi cómica: cualquiera puede reclamar casi cualquier cosa.
Del Templo destruido al exilio asirio: la cronología que todos citan
Roma destruyó el Templo y desmanteló Judea. Antes, el reino del norte —Israel o Samaria— había caído bajo Asiria y Sargón deportó a parte de su población. Esos hitos no se discuten. Lo que se discute es la conclusión: que existiera una diáspora no implica que la región quedara vacía, ni que quienes se dispersaron por el imperio fueran los mismos que regresaron veinte siglos después. La Palestina del siglo I aparece descrita como un territorio multiétnico con mayoría judía en Jerusalén y en algunas ciudades, no como una nación homogénea esperando el retorno.
La cifra que no cuadra: 800.000 judíos y cinco millones de españoles
La polémica deriva hacia España y ahí salen los números. En 1492 la Corona tenía, según un cálculo que circula, unos
5 millones de habitantes, cuatro en Castilla y uno en Aragón. Sobre esa base se ha repetido la cifra de
800.000 judíos expulsados, un volumen que exigiría juderías más densas que Gaza, según un cálculo que circula en la propia controversia; otras estimaciones recientes lo rebajan a entre
35.000 y 45.000. Súmense los
250.000 o 300.000 moriscos expulsados en 1609 y la comparación se equilibra: también aquí hubo expulsiones por religión, y también aquí hubo descendientes que se quedaron, se convirtieron y olvidaron de dónde venían.
Árabes en el Tribunal Supremo, judíos vetados en los territorios
El último tramo abandona la arqueología y aterriza en el presente. Israel cuenta con
2 millones de ciudadanos árabes musulmanes, y un árabe musulmán puede llegar a ser juez en su Tribunal Supremo. En los territorios palestinos no se permite vivir a judíos. El contraste se usa como resumen del problema de fondo: dos sociedades con reglas incompatibles sobre quién puede vivir dónde, y una que sus defensores presentan como Estado de derecho frente a otra que no.
Ahí se acaba el consenso. Porque la pregunta de la que todo depende sigue sin respuesta: ¿en qué año exacto se congela el censo que decide quién tiene derecho a quedarse?