El discurso cósmico de Zapatero reabre el juicio a su legado económico
Un vídeo del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero vuelve a circular. En él, el hombre que ocupó el Gobierno durante dos legislaturas diserta sobre el universo, la condición humana y la pequeñez de nuestras certezas. La pieza arrastra una edición que sus críticos califican de penosa y es, según quienes la difunden, el único enlace que sobrevive. Ese detalle, casi anecdótico, explica por qué el asunto ha pasado de ser un vídeo a convertirse en otra cosa: la reapertura del ajuste de cuentas con el legado económico de quien gobernó en la antesala de la crisis.
Porque el discurso no es una intervención menor. Hay quien lo resume en una sola imagen:
el mejor destino es el de supervisor de nubes acostado en una hamaca y mirando al cielo. Y una sentencia más: la tierra no pertenece a nadie salvo al viento. Entre el público, aplausos solemnes. Fuera, la sensación de estar asistiendo a algo parecido a un sermón laico con aire de revelación.
El único planeta donde se puede leer un libro y amar
La contradicción que más se repite no es ideológica, sino lógica. El mismo discurso sostiene que el universo es inaprehensible para nuestra mente por su infinitud y, acto seguido —en la misma oración, subrayan los más críticos—, suelta afirmaciones universales: que este es el único planeta donde existe una especie como la nuestra y el único donde se puede leer un libro y amar. De ahí el resumen más repetido: toda la lógica al suelo en un minuto de vídeo.
Sobre esa base se construye la tesis dominante. No sería un político con exceso de retórica, sino alguien convencido de tener acceso a un conocimiento reservado. Hay quien lo describe directamente como un alucinado, y no en el sentido clínico.
¿Qué frases de su etapa de gobierno se recuerdan?
La hemeroteca hace el resto. De aquellos años se rescatan declaraciones que hoy se leen como una sucesión de promesas incumplidas: que España estaba totalmente a salvo de la crisis financiera; que la crisis de las hipotecas
subprime no afectaría al país; que hoy estábamos mejor que hacía un año y dentro de un año estaríamos mejor que hoy; que Otegi era un hombre de paz; o que la nación española es un concepto discutido y discutible. Y de fondo, los recordados brotes verdes.
Cada frase alimenta una lectura concreta del personaje: alguien que confundió el deseo con el diagnóstico. Y que, cuando el diagnóstico ya era inevitable, siguió hablando en futuro.
¿Cuánto del deterioro económico se le puede atribuir?
Aquí el análisis se parte en dos. Una corriente sostiene que recibió un país con los indicadores en positivo y lo dejó camino de la quiebra, hasta el punto de adelantar elecciones y de quedar a un paso de una intervención exterior. Otra responde con un argumento que no se puede despachar fácil: la crisis fue generalizada, golpeó con especial dureza a las economías periféricas europeas y ningún gobierno de la zona salió indemne. El reproche que resiste en ambos casos es el mismo: la tardanza en reconocer lo que estaba pasando.
Lo llamativo es que la discusión no termina de cerrarse. Unos piden responsabilidades políticas; otros recuerdan que el ciclo era global y que el margen fiscal era escaso. El dato que falta —cuánto de aquello era evitable y cuánto era el tsunami— no aparece por ningún lado.
El auditorio, la ovación y el relato del profeta
La escena completa incomoda a propios y ajenos. El orador habla de amor, de nubes y de la insignificancia del ser humano, y el público aplaude como si asistiera a una revelación. Una parte del análisis lee esos aplausos como simple cortesía institucional; otra los interpreta como la prueba de que existe un ecosistema que necesita exactamente este tipo de discurso. La comparación con un líder latinoamericano aparece, en tono de advertencia.
Las teorías que rodean su figura y carecen de pruebas
Ninguna conversación sobre esta figura se queda en la economía. En el terreno de las atribuciones sin respaldo aparecen la pertenencia a la masonería en grado 33, la etiqueta de luciferino y una supuesta agenda de reducción de la población mundial. Esta última se apoya en un monumento con mandamientos grabados, entre ellos el de dejar el planeta en equilibrio con unos 500 millones de personas. Son afirmaciones sin verificación alguna y conviene tratarlas como lo que son: rumores que circulan al calor del personaje.
Mientras eso ocurre, el foco se desplaza a otros terrenos. Se recuerda la ley de violencia de género aprobada durante su mandato, con un peso social difícil de exagerar.
El punto en el que la discusión se atasca
Al final, todo vuelve a la misma casilla. El vídeo es un discurso, pero se lee como una declaración de intenciones sobre el poder, sobre la verdad y sobre quién tiene derecho a interpretarla. Quienes lo defienden hablan de un humanismo mal digerido; quienes lo atacan ven la prueba de que el personaje nunca tuvo nada que ver con el cargo que ocupó. Y en medio queda una pregunta que nadie responde: si alguien así dirigió el Gobierno dos legislaturas, qué dice eso del sistema que lo eligió, y no de él.