El relato de un foro: 13 Zircon sobre Kiev y gasolina racionada
Según un relato que circula en el foro, Rusia puede lanzar trece misiles hipersónicos Zircon sobre Kiev en 18 minutos y, a la vez, no puede garantizar que un conductor llene el depósito completo en Moscú o San Petersburgo. Las principales petroleras rusas han reintroducido topes de 60 litros por repostaje y la prohibición de llenar más de un bidón; Tatneft ha limitado la venta a 50 litros de gasolina A-92 y A-95. Ese desfase —capacidad de saturación aérea intacta, logística doméstica agrietada— resume el tramo de guerra que va de finales de agosto a septiembre de 2026.
La guerra de Ucrania ha entrado en una fase en la que cada bando golpea lo que hace funcionar al otro: Kiev ataca refinerías y almacenes rusos con drones, Moscú castiga la red logística ucraniana y las grandes ciudades. En el seguimiento diario del conflicto, la discusión ya no gira sobre quién avanza un kilómetro, sino sobre cuál de las dos economías de guerra se rompe antes.
El relato del ataque: 13 Zircon y unos 70 misiles contra Kiev
El relato describe un patrón que, según sus autores, se repite desde hace semanas: primera oleada de misiles hipersónicos Zircon —trece en 18 minutos—, seguida de ocho Iskander-M y dos KN-22; después, misiles de crucero Kalibr lanzados desde la zona del puerto de Novorossiysk, y por último la aviación estratégica y los drones Geran. En total, alrededor de 70 proyectiles en una noche, según las fuentes ucranianas que cita ese mismo texto. Y, siempre según ese relato, la defensa antiaérea ucraniana, con munición escasa para sus sistemas Patriot, apenas puede interceptar esa combinación.
Los objetivos declarados por el Ministerio de Defensa ruso son centros logísticos. Entre ellos, el complejo «Chaika», de la empresa Alfa Development Group, donde según Moscú se almacenaban componentes para drones, y, según un mensaje del foro, naves de la compañía estadounidense FedEx en las afueras de la capital, utilizadas desde el inicio del conflicto para logística militar. En el pueblo de Mila, cerca de Bucha, las calles quedaron destruidas y calcinadas tras la explosión de un almacén militar: se han hallado 37 cuerpos y los equipos de rescate continúan retirando escombros. La capital registró además impactos en el barrio de Zhuliany y varios incendios en instalaciones de la región.
Fuera de Kiev, la intensidad no baja. La región de Zaporiyia acumuló 989 ataques en 24 horas sobre 53 localidades, con un muerto y tres heridos, y en Mykolaiv murieron cuatro personas y otras 19 resultaron heridas durante la noche. Son cifras de las administraciones regionales ucranianas, imposibles de verificar de forma independiente y habitualmente incompletas en ambos lados.
¿Por qué las petroleras racionan la gasolina en Moscú y San Petersburgo?
La explicación que se repite en el foro es que los ataques con drones ucranianos contra refinerías han empezado a notarse en el surtidor. Gazprom Neft ha reintroducido un límite de 60 litros por repostaje y prohíbe llenar más de un bidón; Tatneft limita la venta a 50 litros de A-92 y A-95, los dos índices de octano estándar en Rusia. La restricción empezó en Moscú y se ha extendido después a San Petersburgo, según el medio local en el exilio que dio la cifra.
El detonante, según los participantes que siguen estos ataques, es la campaña de drones de largo alcance sobre instalaciones energéticas rusas. La refinería de Ryazan, una de las principales que abastecen a la capital, ha recibido ataques repetidos; lo mismo ocurre en Samara, donde el recuento de impactos se ha perdido ya de tanto sumar. La respuesta rusa incluye helicópteros Ka-52 empleados para derribar drones, una solución barata y poco ortodoxa que da medida del problema.
No es un dato anecdótico. Una potencia que exporta crudo y cuyas petroleras racionan la gasolina en su segunda ciudad habla de cuellos de botella en refino y transporte interno, no de escasez de materia prima. Quienes sostienen que Rusia aguanta el pulso sin despeinarse tienen aquí su primer matiz incómodo.
Ucrania: la cifra de desertores que circula, Rada de vacaciones y un préstamo canadiense
El frente interno ucraniano muestra sus propias grietas. Según un mensaje difundido en el foro, más de 80 soldados ucranianos han desertado en el estado alemán de Sajonia-Anhalt, y en el hilo se discute si quienes pidan asilo serán repatriados por el gobierno alemán. En paralelo, el Parlamento ucraniano (la Verkhovna Rada) se ha ido de vacaciones hasta el 13 de octubre en plena crisis financiera: la falta de fondos ha obligado a aplazar hasta diciembre la financiación de obras de reparación de hospitales, colegios y centros de acogida.
El dinero llega, pero cada vez más apalancado. El Gobierno canadiense ha solicitado al Banco Mundial un préstamo de 841 millones de dólares para Ucrania y queda como garante: si Kiev no devuelve el préstamo, lo paga Ottawa. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha viajado a Canadá para reforzar la cooperación en defensa, economía y energía, en lo que se lee como una nueva ronda de búsqueda de financiación.
En el terreno cotidiano, el coste se traslada al consumo. Una agente de aduanas de la región de Odessa resumía el efecto de los ataques sobre la cadena de suministro: los propietarios de barcos no quieren arriesgar mercancías de cientos de miles de dólares, y esa carga «no recaerá sobre los propietarios de las cadenas minoristas, sino sobre nosotros», con salarios a la baja y precios al alza. Su conclusión era tan simple como incómoda: probablemente tengan que abandonar el país.
El 43,8% de AfD en Sajonia-Anhalt y el desgaste de Merz
El terremoto político llega desde Alemania. La AfD obtuvo el 43,8% en Sajonia-Anhalt, más del doble que en los comicios anteriores, mientras la CDU de Friedrich Merz cayó al 17,2%. Se quedaron a tres escaños de la mayoría absoluta, por lo que no controlan automáticamente el parlamento regional, pero logran una tribuna en el país que redacta las normas de la UE, financia a Ucrania y mantiene las sanciones contra Rusia. La política exterior alemana es federal, y ahí está el matiz.
Sobre Merz, la revista The Spectator sostiene que su etapa como canciller ha terminado y lo califica como el «canciller más trágico» de la historia moderna de Alemania. El desgaste no es solo electoral: según un participante, una gran energética alemana ha entrado en bancarrota, y los precios del gas natural en Europa han vuelto a niveles no vistos desde la crisis energética provocada por la invasión rusa de Ucrania, con el «Día D económico» anunciado por Donald Trump contra Irán y la amenaza sobre el estrecho de Ormuz como telón de fondo.
El exministro de Defensa búlgaro Krasimir Karakachanov resume la tesis que circula en varios medios del este de Europa: Europa, bajo liderazgos que considera incompetentes, está metida a la vez en un conflicto comercial con China, uno híbrido con Rusia y otro frío con Estados Unidos, y no puede ganar ninguno. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, es citado en el foro diciendo que «Rusia no es más grande que Bélgica y Países Bajos juntos», una frase que los participantes comentaron de inmediato.
Espionaje: Irpin, Varsovia, Swindon y Perm
La guerra secreta se cobra piezas lejos del frente. El servicio de seguridad polaco (ABW) detuvo en Varsovia a un ucraniano de 63 años, identificado como Serhiy P., sospechoso de haber colocado un artefacto explosivo improvisado bajo el vehículo de un representante de la industria de defensa ucraniana en Irpin, con la intención de detonarlo por móvil. La bomba no estalló por un fallo del dispositivo. La acusación apunta a que actuaba por encargo de los servicios de inteligencia rusos.
En Reino Unido, un ciudadano británico de 31 años, Joshua Cammidge, originario de Swindon, ha sido acusado en virtud de la Ley de Seguridad Nacional de ayudar a un servicio de inteligencia extranjero y de preparar actos de sabotaje. Se le atribuyen comunicaciones con un agente de la inteligencia militar rusa; los cargos están formulados, no probados.
A ese mapa se suman dos episodios más: la explosión e incendio en la planta Proton-PM de Perm, fabricante de motores cohete de combustible líquido para los lanzadores Angara, y, según informaciones difundidas en el foro, ataques con drones ucranianos sobre todos los distritos de Sebastopol y Crimea. Bielorrusia, por su parte, ha anunciado una comprobación de disponibilidad de sus fuerzas armadas ante los informes sobre la posible apertura de un frente norte.
¿Quién aguanta más? Las dos tesis que dividen el análisis
La primera corriente sostiene que el desgaste favorece a Moscú y que Ucrania ya perdió sin saberlo. Su imagen favorita es la de una anaconda: la pinza se cierra despacio, los objetivos logísticos se degradan mes a mes y el colapso, cuando llegue, será súbito, sin aviso previo. La quiebra de una gran energética alemana y el gas en máximos se leen como pruebas de que el enfermo es Europa, no Rusia.
La segunda responde con cronología. Cinco años de guerra, todo el arsenal ruso sobre la mesa y ni rendición ni concesiones: los almacenes logísticos, las plantas eléctricas y el puerto de Odessa llevan siendo atacados desde 2022 sin que el sistema ucraniano se haya venido abajo. Añaden que Moscú ha tenido que recurrir a tropas norcoreanas y que los ataques ucranianos sobre refinerías siguen sumando objetivos, con Samara y Ryazan como ejemplos recientes.
Entre ambos bloques hay un acuerdo tácito: nadie tiene datos fiables de lo que realmente ocurre dentro de Rusia, y menos aún de lo que Estados Unidos ha destruido en Irán. Las analogías históricas se usan como munición. La más repetida en este tramo es la de la Armada Invencible, presentada como el gran timo de corrupción de un reino en la ruina: un desastre previsible que se vendió como invencibilidad.
A esto se añade el calendario electoral ruso. Rusia ha celebrado elecciones a la Duma Estatal y a las autoridades regionales con observadores de los países del BRICS y voto electrónico, y, según un participante, ha colocado a veteranos de guerra en la cámara. El Kremlin ha negado, por boca de Dmitri Medvédev, que prepare una movilización de otoño, que atribuye a una campaña de desinformación enemiga.
Con la gasolina limitada a 50 litros en dos de las mayores ciudades rusas y un relato de 70 proyectiles por noche sobre Kiev, la pregunta ya no es quién gana la próxima batalla, sino cuál de las dos logísticas se rompe primero. Nadie en el seguimiento del conflicto se atreve a poner fecha, y quienes lo intentan llevan meses equivocándose.