Dos billones en crédito privado y la deuda tech que empieza a impagarse
Una casa nueva mediana en Estados Unidos cuesta hoy menos de 100 onzas de oro. No ocurría desde 1963. La paradoja —el ladrillo abaratándose en términos del metal justo cuando el relato oficial repite que la economía aguanta— resume el clima de una corriente de análisis económico que lleva casi un año desmontando la idea de que todo está bajo control. La tesis no es que vaya a reventar mañana, sino que los cortafuegos que evitaron el susto en 2008 y en 2020 empiezan a no cuadrar. Y las cifras, esta vez, no ayudan.
La deuda tecnológica que ya impaga
El dato más repetido apunta al corazón del sector tecnológico estadounidense. El 14,5% de los préstamos concedidos a empresas tecnológicas está en situación de impago y el 9,5% de los bonos corporativos del sector arrastra morosidad, niveles que no se veían desde el peor tramo del mercado bajista de 2022. El impacto ya aparece en los retornos de los CLO, los paquetes de préstamos titulizados que reparten ese riesgo por medio sistema financiero. La lectura que se extrae de estos números es incómoda: la deuda que financió la carrera por la inteligencia artificial no se sostiene solo con expectativas.
A esto se suma el cierre del grifo bancario a los centros de datos. La construcción de infraestructura para IA empieza a chocar con un problema que no se arregla comprando más GPU, porque no es de potencia de cálculo sino de financiación. Los bancos no tienen capacidad ilimitada para financiar proyectos y el calendario de vencimientos no espera. El mercado se está quedando sin el músculo que sostuvo el ciclo.
Dos billones en crédito privado y el argumento de que «no contagia»
El gran amortiguador que se invocó durante el último año fue el crédito privado: unos dos billones de dólares prestados por entidades no bancarias con dinero propio o de sus inversores. El argumento oficial sostenía que, al no ser dinero bancario, una quiebra ahí no se transmitiría al resto del sistema. El problema, señalan los análisis más críticos, es que los bancos también meten dinero en ese circuito y nadie sabe exactamente cuánto. Cuando la cadena empiece a tensarse, el castillo de naipes no reconoce fronteras entre banca y no-banca.
La discusión se agita además con las quiebras de financieras subprime ocurridas desde septiembre y octubre del año anterior, que arrastraron también a proveedores de la industria del automóvil. La lista de afectados ha ido creciendo hasta tocar nombres grandes de la banca estadounidense. No es una grieta aislada: es una red.
Ormuz, la urea y una crisis de suministro que se cocina a fuego lento
Mientras el mundo mira el precio del barril, hay quien sostiene que el verdadero golpe llegará al supermercado. El Golfo Pérsico no exporta solo petróleo: concentra el 46% del comercio mundial de urea, el fertilizante nitrogenado más usado del planeta. Con el estrecho de Ormuz cerrado de facto desde finales de febrero, los barcos de urea se cuentan por cero. Y el nitrógeno, a diferencia del potasio o el fósforo, no admite una temporada en blanco: lo que no se aplica esta primavera, no existe esa cosecha.
El calendario que manejan los más pesimistas sitúa el impacto en la cesta de la compra a lo largo de 2027. Es el tipo de crisis que no sale en portada hasta que ya está dentro de casa. Entre tanto, la atención se fija también en los cuellos de botella del refino: crudos pesados que necesitan diluyentes, refinerías dañadas y una logística que va sobre aviso.
La aritmética que no cierra: el bono a 10 años
Hay un problema de fondo que ninguna herramienta monetaria resuelve: la aritmética fiscal. Con un déficit del 7% del PIB y una deuda del 120%, comprar tiempo y redistribuir las pérdidas entre tenedores de bonos y de dólares es lo único que pueden hacer los bancos centrales. La salida real pasaría por un superávit fiscal que, como resume la prensa financiera internacional, no está sobre la mesa. Y con los principales tenedores de deuda estadounidense —Japón, China, Reino Unido— soltando lastre, la presión sobre el precio de los bonos no hace más que crecer.
El escenario más citado apunta al bono a 10 años rondando el 7%. Una cifra que, llevada al Estado español, convertiría cualquier estructura de gasto en un recuerdo. La cuestión no es si el interés sube, sino a qué velocidad.
Qué le queda a la Reserva Federal
La liquidez no circula por los canales privados y la Reserva Federal ya actúa como puente. Las compras directas de activos y los préstamos directos funcionan a corto plazo, pero cada nueva facilidad es un paso más hacia un sistema donde el banco central es el mercado y no solo su regulador. Es el tipo de medida que se toma y no se anuncia.
El debate sobre el euro digital añade otra capa. El Banco Central Europeo ha advertido de los peligros para la liquidez bancaria de una moneda digital con un límite máximo por usuario de 3.000 euros, un invento que algunos ven inestable de arranque. El BCE ya ha seleccionado proveedores para la aplicación y la prevención del fraude, con un contrato de unos 150 millones de euros a repartir entre cuatro y diez años para el grupo italiano Almaviva.
La cesta de la compra, el consumo que se apaga y las chabolas nuevas
Más allá de los gráficos, los indicadores sociales empiezan a avisar. Las nóminas no agrícolas estadounidenses se desplomaron hasta -92.000 cuando se esperaba un crecimiento positivo, y la tasa de desempleo subió al 4,4%. En España, el relato más repetido es el del consumo que se apaga: gimnasios low cost con la clientela a la baja, hipermercados vacíos a última hora del sábado, negocios cerrando. Y un detalle que se repite con insistencia: la aparición de asentamientos irregulares nuevos en cada población, cada vez menos discretos.
A esto se añade el deterioro estructural que señalan quienes miran la vivienda. Según cálculos repetidos en el debate, hasta el 60% de las operaciones inmobiliarias se cierran al contado, un síntoma de un mercado sostenido por compradores con liquidez previa, no por crédito hipotecario. La distorsión del crédito explica, para muchos, por qué el ladrillo no se hunde y el euríbor sube al mismo tiempo.
El debate de las pensiones: la distorsión que sostiene el sistema
La factura que nadie quiere abrir es la de las pensiones. En España hay más de diez millones de pensiones y jubilaciones, y el crédito destinado al plan anticrisis de las pensiones se cuenta por miles de millones en cada prórroga. La pregunta que flota —si es sostenible una nómina media de pensión por encima del salario más frecuente— no tiene respuesta fácil. Las previsiones más sombrías apuntan a que Grecia es el espejo donde mirarse: recortes abruptos, jubilados volviendo al mercado laboral y una población apretando el culo de verdad. El día que los votos de los pensionistas puedan sustituirse por otros, advierten, dejarán de ser intocables.
¿Cuándo deja de ser prudencia y se convierte en resignación? Con el bono al 7% y el grifo del crédito apretándose, la pregunta ya no es si el sistema aguanta, sino quién pagará la cuenta cuando decida dejar de hacerlo.