135.000 residentes más: el país crece, la natalidad no
España sumó
135.000 residentes de origen extranjero mientras perdía 150.000 nativos, según el cálculo que se repite en el hilo. El saldo dibuja un país que crece por la puerta y no por la cuna. El censo supera ya los
48 millones de habitantes, una cifra que hace un cuarto de siglo era de 39 millones. La cuenta no cuadra por natalidad: cuadra por llegada de gente. Y ahí empieza el lío.
Una población que crece por la puerta, no por la cuna
Los números gruesos son difíciles de discutir. España supera los 48 millones de residentes y lo hace, según los datos que se manejan, apoyada en el aumento de población extranjera. En 1999, con
inmigración residual, el país tenía unos
39 millones de habitantes y la natalidad era ya prácticamente nula. Entre un punto y otro no ha habido un boom de nacimientos: ha habido fronteras que se han abierto, permisos que se han firmado y vuelos que aterrizan llenos.
Hay quien sostiene que el crecimiento vegetativo español es negativo desde principios de los años 80, de modo que todo el aumento poblacional de las últimas décadas proviene de fuera. Es el cálculo más repetido: sin nacimientos que compensen, cada residente nuevo suma y cada fallecido resta. Y la resta pesa. En paralelo circula una horquilla incómoda sobre el volumen real: desde los
6 millones que algunos citan hasta cálculos que elevan la cifra por encima de los 10 millones, contando nacionalizados y descendientes nacidos aquí.
¿Por qué sube el censo si la natalidad no se mueve?
Porque la población no crece por los hijos que se tienen, sino por las personas que llegan. La tasa de natalidad está en mínimos y las generaciones del
baby boom se acercan a la jubilación sin relevo. El resultado es una pirámide con la base estrecha y el centro abultado: mucha gente mayor, pocos nacimientos y una llegada constante de adultos en edad de trabajar.
La discusión de fondo no es cuántos entran, sino qué se hace con ese flujo. Unos lo leen como simple relevo demográfico; otros, como una presión que el país no está dimensionando. Los dos diagnósticos conviven mal, y ninguno se cae solo.
La factura que nadie firma: vivienda, sanidad y empleo
El incremento de población choca con una oferta de vivienda que no acompaña. Los alquileres siguen tensos y la construcción no absorbe el ritmo de llegada. Se argumenta que el efecto es doble: más demanda sobre un parqué escaso y una competencia que empuja los salarios hacia abajo en los tramos menos cualificados. La otra cara, la de las urgencias y las listas de espera, es la que más se repite en cualquier conversación de barra de bar.
El argumento salarial es el más discutido. Parte del análisis defiende que una oferta laboral amplia de baja cualificación deprime las condiciones en sectores concretos; otra parte responde que el fenómeno es estructural y que la automatización y la formación son el verdadero cuello de botella. En medio, un dato que nadie niega: el país envejece y alguien tiene que sostener las cuentas públicas.
La España vacía también cambia de cara
El fenómeno no es solo urbano. En municipios pequeños, algunos de poco más de
1.000 habitantes y con un 80% de jubilados, la llegada de población extranjera también se deja notar. Es la foto de un país que se vacía y se rellena a la vez.
Quien mira esa foto desde la aldea ve una cosa; quien la mira desde el barrio de una capital mediana, otra. Los mismos datos, dos angustias distintas. Y un mismo silencio sobre lo que se decide.
Quién paga las pensiones que vienen
La patronal, representada por CEOE con dos millones de empresas y autónomos según sus propios datos, aparece señalada en el centro del debate. Se sostiene que hay intereses económicos en sostener la llegada de trabajadores: mano de obra y cotizantes para un sistema de pensiones que necesita contribuyentes como el comer. La crítica responde que ese cálculo traslada el coste social a quien menos puede pagarlo, y que el ahorro de costes empresariales se hace a costa de los servicios públicos.
Aquí aparece también el
invierno demográfico como contrarréplica: si la población nativa decide no tener hijos, alguien tendrá que pagar las pensiones de los que ya están. Lo que queda fuera de discusión es la aritmética. Menos nacimientos, más jubilados y una esperanza de vida creciente dejan un hueco que solo se cubre con más cotizantes o con más deuda. La discusión real es cuál de las dos cosas, y a qué precio.
Lo que viene
Si el ritmo se mantiene, hay quien cifra el país por encima de los
55 millones en una década.
Con estos mimbres, lo raro no es que la conversación exista. Lo raro es que se discuta sobre el número y casi nunca sobre la infraestructura. ¿Cuántos colegios, cuántas camas de hospital y cuántos pisos harían falta para que la próxima cifra del censo no vuelva a pillarnos con el paso cambiado?