Un cálculo difundido en un foro sostiene que España pierde un 4,8% de salario real desde 2004
Un usuario de un foro ha difundido un cálculo según el cual el salario real medio en España ha caído un
4,8% desde 2004. Traducido a la cesta de la compra, según ese mismo cálculo, un trabajador español podía comprar 3,4638 Big Macs por hora trabajada en 2004 y hoy apenas llega a 2,987. Un descenso del 13,766% en la capacidad de compra de comida rápida, siempre según la hoja de cálculo del forero.
Sin embargo, el mismo ejercicio aplicado a otros bienes arroja, según su autor, un resultado incómodo para el relato catastrofista. La vivienda, medida en salarios anuales medios, habría pasado de 14,552 metros cuadrados comprables en 2004 a 16,229 en la actualidad. Un 11,7% más. El automóvil, usando el precio de un Volkswagen Golf ajustado por el índice de precios automovilísticos, también saldría mejor parado: en 2004 se compraban 0,94 unidades con un sueldo anual y ahora se compran 0,98. Un 11% más.
El cálculo que cuestiona el relato del Apocalipsis salarial
El punto de partida es una hoja de cálculo con salarios reales en base 2007, precios del Big Mac según el índice del Economist, precios automovilísticos ajustados por el índice de temáticas.org y precios del metro cuadrado de vivienda según Trending Economics. La conclusión del autor del análisis es que
no hemos empeorado tanto como sugiere el discurso dominante.
Según ese cálculo, el salario nominal medio español era de
20.045 euros anuales en 2004 y ha escalado hasta los
28.388,69 euros en 2023. En términos nominales, un crecimiento del 41,6%. En términos reales, una caída del 4,8%. La diferencia entre ambas cifras sería la inflación acumulada de casi dos décadas.
El desglose por bienes mostraría, según el forero, una España de dos velocidades. La alimentación se ha encarecido por encima de los salarios, como sugeriría el índice Big Mac. La vivienda y el automóvil, en cambio, habrían subido menos que las nóminas. El resultado neto, según su análisis, es que el trabajador medio está ligeramente peor que en 2004, pero no en la situación de colapso que sugieren algunos análisis.
La trampa de la vivienda: del pico de la burbuja al espejismo estadístico
La comparación inmobiliaria tiene un problema de base que varios participantes señalan:
2004 no era un año neutral. Era el arranque de la burbuja inmobiliaria española, con precios ya inflados pero todavía lejos del pico de 2007-2008. Comparar la accesibilidad actual con 2004 es, según esta objeción, elegir un punto de referencia artificialmente bajo.
Hay una segunda trampa, según los críticos. El mercado inmobiliario actual no es uno, sino dos. Los precios medios mezclan barrios periféricos con oferta degradada y zonas consolidadas con precios prohibitivos. En una capital de provincia, un piso en un barrio obrero puede ser más barato en términos reales que en 2004. En el centro de Madrid o Barcelona, la misma comparación arrojaría un resultado opuesto. La media estadística ocultaría ambas realidades.
El tercer factor es la concentración del
empleo. El trabajo privado se agrupa en Madrid y Barcelona, lo que fuerza la migración interior y presiona los precios al alza en esas dos áreas metropolitanas. En el resto de capitales de provincia, con sueldos más bajos pero vivienda más asequible, la ecuación cambiaría por completo, según el autor del cálculo.
El coche y el Big Mac: dos termómetros que no coinciden
El automóvil es el bien que mejor habría resistido la comparación, según el cálculo difundido. Un coche que hoy cuesta
28.864 euros debería haber costado 21.322 euros en 2004 según el índice de precios automovilísticos. La realidad es que los coches han subido menos que los salarios, según esa fuente, aunque el mercado de segunda mano ha vivido una anomalía: un forero relata que vehículos comprados en 2019 por 16.000 euros se han revalorizado hasta 22.000 euros con 19.000 kilómetros más en el cuentakilómetros.
La alimentación es el punto negro. El índice Big Mac, con todas sus limitaciones —el tamaño de la hamburguesa ha variado y no refleja la cesta de la compra completa—, apuntaría a un encarecimiento superior al de los salarios. La comida sería más cara en términos relativos que hace dos décadas, y eso golpearía especialmente a las rentas bajas, donde la alimentación pesa más en el presupuesto familiar.
El problema de la media: funcionarios, parciales y cohortes de edad
El salario medio tiene un defecto estadístico conocido: mezcla al funcionario con el trabajador precario, al veterano con el recién incorporado. Según un participante, en 2004 había
1,4 millones de contratos a tiempo parcial; en 2023, 2,8 millones. Esos trabajadores no entrarían en la estadística de salario medio, que solo considera jornada completa. Habría más gente trabajando menos horas y por menos dinero, y eso distorsionaría la comparación.
El desglose por cohortes de edad tampoco está disponible en los datos manejados. Un trabajador de 60 años con sueldo bruto de 2.500 euros y otro de 20 años con 1.300 euros no tienen las mismas necesidades ni la misma capacidad de ahorro. El primero puede tener la vivienda pagada; el segundo, no. La media aritmética de ambos no refleja la realidad de ninguno.
La comparación internacional tampoco ayuda al optimismo, según algunos participantes. España habría perdido poder adquisitivo frente a sus vecinos europeos, aunque el análisis disponible no cuantifica esa brecha. El dato que sí aparece es que la caída real del 4,8% en casi veinte años equivaldría a un empobrecimiento lento pero sostenido. Con un crecimiento per cápita modesto del 2% anual, España sería hoy un 45% más rica, según un forero. No lo es.
El conformismo del «no estamos tan mal»
La conclusión del análisis es que
estamos peor pero no tanto. Una caída del 4,8% en el salario real es una mala noticia, pero no es el colapso que sugiere el discurso de la crisis permanente, según su autor. La vivienda y el coche habrían subido menos que los salarios. La alimentación, más. El resultado neto sería un empate técnico con 2004, con la diferencia de que entonces se crecía y ahora se resiste.
El problema de este marco, según algunos participantes, es que normaliza la pérdida. Durante décadas, cada generación vivía mejor que la anterior. Ahora el objetivo sería no perder mucho. Ese cambio de expectativa es, quizá, el dato más relevante de todos, según esos críticos. No es una cifra que aparezca en ninguna hoja de cálculo, pero explicaría por qué la conversación sobre salarios y precios genera tanta frustración.
¿Cuánto tiempo puede sostenerse una economía que no mejora sin que la paciencia social se agote?