La democracia ha fallado: qué salidas se discuten
La pregunta no es nueva. Lleva décadas sobre la mesa, pero el detonante que la ha vuelto a poner en circulación es concreto: la caída electoral de VOX. Para una parte del análisis, ese resultado certifica que el descontento ya no tiene traducción institucional y que quienes aún confiaban en el sistema se han quedado sin excusa. El diagnóstico es compartido: el régimen nacido en 1978 está agotado. La discrepancia empieza al preguntar qué se hace con él.
El abanico de respuestas es amplio y va de lo imposible a lo cotidiano. Hay quien reclama un nuevo partido con el poder en las bases y no en la cúpula, para que no lo desactiven desde arriba. Hay quien propone reunir a creadores de contenido y comunidades dispersas en una formación antiglobalista. Y hay quien directamente pasa de la política:
irse del país, volver al campo, salirse del sistema. La opción más repetida, sin embargo, es la más incómoda: esperar. Esperar un colapso que nunca llega a la escala necesaria para resetear nada.
¿Por qué se dice que la democracia española ha fallado?
El argumento central es que el sistema nació torcido y que su degeneración era cuestión de tiempo. Se apunta a la propia arquitectura constitucional: la unidad nacional y el derecho a la autonomía reconocidos a la vez, la cooficialidad lingüística con protección especial, los partidos como instrumento fundamental de participación. De ahí se deduce una partitocracia que ha ido vaciando de contenido la soberanía popular.
A eso se suma la lectura de que el descontento no tiene salida por vía electoral. La tesis que más se repite es que VOX nunca fue una amenaza real para el sistema, sino parte de él: si llegó tan lejos, fue porque el propio sistema lo toleró. Y la política, se argumenta, no se decide en el parlamento sino en la escuela, los medios, los sindicatos y el mundo de la cultura, terrenos donde ninguna formación alternativa tiene influencia real.
Hay una tercera pata: la sensación de que el ajuste nunca llega. Se recuerda 2008 como el momento en que se esperaba una corrección del mercado inmobiliario que enderezara el rumbo. Quince años después, lo único que ocurrió es que la clase trabajadora recibió un golpe enorme y todo siguió igual. La conclusión que se extrae es que el sistema no se corrige, se sostiene.
Golpe militar, protectorado o éxodo: las salidas que se barajan
La propuesta más ruidosa es la del golpe de estado militar. El problema, señalan las voces más frías, es que no hay con quién: si el ejército es fiel al orden vigente, solo existe un bando. La pregunta «¿quién contra quién?» desarma la idea en una frase.
Otra vía, más exótica, pasa por buscar protección exterior, con la mirada puesta en modelos de protectorado ajeno. Tampoco falta quien defiende el éxodo masivo, individual o colectivo: largarse y que se queden cotizando los más bobos. La versión doméstica del éxodo es la vuelta al campo, salir del sistema y ahogarlo desde fuera, porque por la política no se puede y por la fuerza tampoco.
El problema de esa salida, se objeta, es que nadie aguanta cinco minutos sin internet ni aire acondicionado, y que salirse del sistema no exime de pagar luz, gas, teléfono, combustible, IBI ni comunidad de regantes. La autosuficiencia, en la práctica, sigue teniendo factura.
República constitucional, socialismo cristiano y otras recetas
Entre las propuestas constructivas hay una que se repite con cierto desarrollo: una república constitucional de inspiración teórica, con
elecciones a una asamblea constituyente por circunscripciones uninominales de 100.000 habitantes, separación de poderes en origen y cámara legislativa única. Sería, según esta tesis, la primera democracia europea de verdad. La objeción llega rápido: más democracia con el electorado actual, no gracias.
Otra corriente propone un socialismo cristiano y revolucionario con educación por méritos de alto nivel, o bien una tercera vía de centro-derecha también cristiana, con mano dura contra las élites y margen para una clase alta, recuperando la identidad antigua y uniéndola a una España contemporánea. El resumen de quien lo plantea es tajante: eso o la muerte.
También hay quien reduce todo el problema a dos cifras: deuda cero y déficit cero, y lo demás se resuelve solo. Y quien apuesta por el tradicionalismo puro: Dios, Patria y Rey. O por rezar para que llegue un pontífice dispuesto a restaurar tiempos pretéritos.
El escepticismo de los que ya lo han oído todo
Frente a los planes de ruptura, la respuesta más incómoda es la del que lleva años escuchando lo mismo. El discurso apocalíptico se repite cada temporada: será en octubre, ya verás cuando cierren el grifo. Y han pasado crisis gordas, rescates, pandemias, estados de alarma, inflación, guerras y escándalos, y aquí no ha pasado nada. La conclusión de esta corriente es que seguirá sin pasar nada.
La tendencia, replican los otros, es clarísima: deuda creciente, bienestar menguante, presión migratoria, disturbios en el país vecino, guerra en Europa. Que el colapso no haya llegado todavía no significa que no esté en camino. Solo significa que el plazo se ha vuelto a ampliar.
En medio de todo, una acusación que corta el debate por lo personal: que las quejas son el ruido de quienes culpan al sistema de sus propias miserias y que en cualquier otro régimen estarían peor. No es un argumento, es un portazo. Y como todo portazo, deja la conversación donde estaba.
¿Qué pasa si no se hace nada?
La respuesta más honesta que aparece es que no lo sabemos. Hay quien sostiene que la mayor tribulación está por llegar y que el horizonte no pasa de un lustro. Hay quien lleva otro lustro pensando exactamente lo mismo. Y hay quien simplemente sigue votando, con la esperanza de que la acumulación de descontento termine por traducirse en algo.
Mientras tanto, la política institucional sigue su curso y las alternativas siguen sin cuajar. La pregunta que queda flotando no es qué solución es mejor, sino si alguna de las que se barajan llegará a intentarse antes de que el sistema se caiga solo. Y si cuando eso pase, alguien sabrá qué hacer con los escombros.