Los 90 en Valencia: sofisticación, conciertos gratis y nostalgia
Un piso en propiedad a finales de los noventa se cerraba, según uno de los relatos del hilo, por
nueve millones de pesetas. Un concierto de Yo La Tengo en Alaquás, en cambio, no costaba nada, afirman quienes lo vivieron. Esa combinación de vivienda alcanzable y cultura en directo a pie de calle sostiene el relato nostálgico de la generación española que vivió sus veinte y sus treinta en aquella década, y que ahora se presenta a sí misma como una tribu en extinción. El retrato incluye ligue sofisticado, cine independiente y una mezcla ideológica que, según esa memoria, hoy resultaría impensable en la misma mesa.
Qué se entendía por sofisticación en el ligue de los noventa
El atractivo de entonces, según esa memoria, no venía de bíceps ni de aplicaciones de contacto. Venía de otra cosa: tipos delgados, alguno con un toque de maquillaje en los ojos, que salían del trabajo manchados de pintura o de haber pasado la radial y entraban a ver cine independiente en una sala del centro. Hay un detalle que se cuenta como folclore y a la vez como radiografía de época: las cicatrices de peleas de niño hacían parecer que uno se perfilaba los labios, y eso, cuentan, gustaba.
La sofisticación no era estética, era conversación. Saber de Historia, saber de política, situarse en los extremos del mapa ideológico —anarquista, rojo, facha— y aun así compartir butaca con quien pensaba lo contrario para ver una película que a nadie le interesó. La mezcla de tribus no era tolerancia ilustrada: era el instituto, el barrio y la cuadrilla.
Conciertos gratis en Alaquás y festivales en cada pueblo
Ningún municipio parecía demasiado pequeño para montar un cartel. Alaquás trajo a
Yo La Tengo gratis, sin entrada ni taquilla, según el relato de quien estuvo; Dylan pasó por Benidorm; Lou Reed tocó en Benicàssim con el público en primera línea y el concierto acabó editado en DVD. A eso se sumaba el circuito de salas valencianas, por el que, según ese mismo relato, desfilaron los Stone Roses.
El argumento de fondo que se esgrime es económico, y no cultural: el ocio no exigía un desembolso previo. Sin entrada ni abono, la oferta cultural llegaba al pueblo donde uno vivía.
Del Carmen a la Ruta: la noche valenciana y su otra cara
El barrio del Carmen, hoy descrito como zona aburguesada y llena de visitantes extranjeros, era entonces territorio propio de quien vivía allí. En paralelo funcionaba un circuito de salas —Spook Factory, Caramelo, Calcatta, Barraca y La Golden, conocida como El Desguace— donde se montaban fiestas tecno hasta altas horas.
La otra cara de esa década aparece en cuanto se rasca: cocaína, heroína, éxtasis y porros desde el desayuno, según el retrato más crudo que hace uno de los participantes. Aparte, en el hilo se enlaza una noticia de
Las Provincias sobre la extensión del cloretilo, un inhalante, en las noches de fiesta valencianas, sin que se acredite su presencia en aquella década.
¿Cuánto costaba vivir entonces? Nueve millones por un piso
Los números que aparecen en ese relato, siempre como testimonio personal, son de otro planeta. Primer piso a finales de los noventa:
nueve millones de pesetas. Primer coche: un Opel Astra Caravan de segunda mano con el que se recorrió media España y Portugal de camping, con docenas de cintas en la guantera. Y una bicicleta sin cambios que pesaba más que su dueño, hoy candidata al desván.
El diagnóstico económico que se repite es simple: había trabajo, se ganaba dinero y la vida era barata. Es la parte del relato que más se parece a un dato y menos a un lamento, aunque tampoco venga con serie estadística detrás.
Reguetón, gimnasios y la brecha con los jóvenes actuales
El contraste con el presente se formula en clave cultural y de género. El reguetón como banda sonora, el gimnasio como sustituto de la conversación, la ropa que enseña todo y la tecnología que da voz a quien antes se quedaba en su cuarto. Una corriente sostiene que los jóvenes han perdido capacidad de conversación, de esfuerzo y de relación cara a cara. Otra responde que ese juicio no tiene más prueba que la memoria de quien lo escribe, y que la nostalgia siempre maquilla.
El punto donde el relato se atasca
La conversación no avanza, se atasca. Una parte de las respuestas se limita a la burla sobre la edad de quien escribe; otra discute la propia versión idealizada y recuerda que aquella generación se dejó domesticar y acabó derivando hacia posiciones extremas. También hay reproches duros sobre políticas de igualdad y sobre inmigración, formulados sin más respaldo que la experiencia personal de quien los lanza.
La única propuesta cerrada de todo el relato es la más incendiaria: «quemémos esta sociedad. Pegémosla fuego», con la memoria de sabotajes y travesuras a negocios de jefes explotadores como precedente. Tras decenas de respuestas, nadie ha explicado cómo se traduce eso a algo concreto.