El «cuanto peor, mejor» y el precio que nadie quiere pagar
Hay una pregunta incómoda que recorre cualquier discusión sobre un supuesto colapso del sistema: si el escenario empeora de verdad, ¿quién asume el coste humano? El planteamiento que abre el asunto no es una soflama abstracta. Es un ejercicio de contabilidad brutal: en una guerra se muere y también se pierde, y no van a ser solo los demás los que pongan los cadáveres. El autor del mensaje inicial lo lleva al terreno personal —
tu padre paseado por la retaguardia— y añade la letra pequeña que casi nadie quiere leer: puede que el conflicto no estalle nunca, y puede que se pierda. Los rusos blancos perdieron contra los bolcheviques, y es dudoso que uno solo de ellos viviera 72 años más para ver la caída de la URSS.
La respuesta mayoritaria no niega el diagnóstico. Niega la factura.
Qué se plantea exactamente en el «cuanto peor, mejor»
La tesis de fondo es conocida: el sistema está tan degradado que solo un colapso puede regenerarlo. La variante extrema sostiene que España es una estructura que lleva siglos devorando a sus mejores hijos, y que antes de que la
familia o los compañeros sufran el más mínimo daño, es preferible demolerlo todo. Es una posición que se formula sin ambigüedad y que asume el incendio como precio de entrada.
El problema aparece cuando se pide concreción. El mensaje inicial no se queda en la retórica: exige poner las cartas sobre la mesa y aceptar que el coste recae también sobre uno mismo. «En una guerra civil tienes que asumir que vas a morir tú, y tu padre, y tu madre, y tus hermanos o primos», se responde. La discusión se rompe ahí, no en la ideología.
Los que se apuntan al incendio y los que ya tienen el exilio preparado
Una parte de los intervinientes responde con un sí explícito. Hay quien afirma estar dispuesto a sacrificar a familiares —con excepciones: primos, tíos, hermanos y sobrinos «me importan una puta mierda»— y quien declara que no se sacrifica por nadie. La encuesta asociada al asunto incluye la opción de incluirse a uno mismo, y varios participantes confirman que votaron sí «evidentemente sin incluirme yo».
Esa es, precisamente, la grieta que explota el resto. La contradicción entre querer el caos y blindarse contra él se señala con sorna: hay quien sostiene que los que fantasean con el colapso no tienen nada que perder, y quien recuerda que cualquier persona con planes a medio plazo, vidas a su cargo o esfuerzo acumulado lo último que quiere es volcar el tablero. La respuesta del bando más duro es una cojonuda: tener el exilio preparado, rodearse de «personas de bien» y poner tierra de por medio en cuanto todo se vaya a la mierda. Sin mirar atrás.
¿Hay masa crítica para una guerra civil en España?
La objeción demográfica es la más repetida y la que menos se rebate. España es un país de viejos, y las guerras las hacen los jóvenes. De estos hay pocos. El argumento se formula con insistencia: no hay carne para un conflicto de ese tipo. A eso se suma la comparación histórica: en la guerra del 36 había amplia población a favor de un bando, partidos, gran parte del ejército y la policía. Ahora, se argumenta, solo queda un puñado de participantes de baja intensidad.
Frente a eso, la respuesta es que no querer luchar no implica que no te vayan a matar igual. Y que la presión demográfica exterior —cada vez más población de origen migrante, según esta tesis— terminaría por imponer el conflicto aunque nadie lo busque. Es el punto donde el análisis se vuelve especulativo y las posturas dejan de tocarse.
El guerracivilismo como estrategia electoral fallida
Una corriente sostiene que agitar el fantasma de la guerra civil no da votos, los quita. Repetir el marco del conflicto sería el error táctico que ya se cometió antes. La contrarréplica es que precisamente se está hablando contra el guerracivilismo, no a favor. El matiz importa poco cuando el ruido ya está hecho.
En paralelo aparece la lectura más cínica: el caos lo quieren otros, y los que lo quieren ya tienen su plan de huida. La referencia a Ucrania se usa como espejo: los que se preparan para el colapso suelen tener billete de salida antes de que empiece. «Un plan sin fisuras», se ironiza.
El escenario que nadie descarta: huir o esperar
La salida individual gana peso conforme avanza la discusión. Irse a otro país, no ser el que se casa con el trozo de tierra donde nació, dejar que la guerra la hagan los políticos y su entorno. La objeción es que el progresismo te alcanza donde vayas, salvo que aceptes vivir en un sitio chungo y peligroso, y que si te quedas no te aíslas ni en un pueblo de Soria.
El cálculo más frío lo resume alguien que no piensa moverse: de las guerras se huye, y si te obligan, lo primero al recibir el arma es apuntar hacia otro lado. La conclusión que se impone en el tramo final no es heroica. Es logística: si llega, hablaremos. Hasta entonces, patriotismo de salón y suicidio a plazos.
Queda una predicción con reservas: mientras el coste humano siga siendo hipotético y la factura la paguen otros, el «cuanto peor, mejor» seguirá teniendo predicamento. El día que la lista de bajas incluya nombres propios, la conversación cambiará de tono. O no.