El negocio de Llados se resquebraja: alumnos que ya no lo defienden
Una ficha de dominó ha caído y el resto del tablero finge no haberla visto. El negocio de cursos, mentorías y «mentalidad» que
Llados levantó sobre la promesa de sacar a sus alumnos de la
carrera de la rata empieza a mostrar costuras, y la grieta no llega desde fuera: llega desde dentro, de un seguidor que documentó su salto a Suiza y acabó cuestionando el plan. Para buena parte del público que seguía el fenómeno, el episodio confirma lo que se sospechaba desde el primer
lambo: el negocio se sostenía más en captar gente nueva que en generar ingresos reales.
Un seguidor, un coche y un vídeo incómodo
El primer acto lo protagoniza un joven que se marchó a Suiza dispuesto a demostrar que el método funcionaba. Su plan era vivir dentro del coche para ahorrar hasta el último franco y volver con capital suficiente para montar algo. En el vídeo que cierra esa etapa aparece reconociendo errores, con un tono que a más de uno le pareció el de alguien que ha madurado a golpes.
«Dice cosas coherentes y de persona normal», resumía la reacción más repetida.
La segunda lectura llegó después. Según se sostiene, el chaval estaba
troleando: sigue vinculado al proyecto y grabó otro vídeo riéndose de quienes se tomaron en serio su supuesta rectificación. Si es así, el episodio deja dos moralejas incómodas. La primera, que la fe en el método no se rompe ni con el fracaso delante. La segunda, que en internet la retractación también se puede vender.
¿Por qué se compara este negocio con un esquema piramidal?
El precio de entrada es explícito:
50 euros, 1.000 euros o más por un curso. Los críticos sostienen que una parte del modelo retribuye al alumno por captar a nuevos alumnos —
500 euros de beneficio por cada persona que enganchas, según la acusación más repetida—, lo que convierte el crecimiento en una condición para que la maquinaria funcione. De ahí la etiqueta de esquema piramidal «de libro» que circula entre los escépticos.
Conviene precisar qué es esto y qué no. No hay condena ni resolución judicial que califique así el negocio: es el diagnóstico de quienes llevan tiempo mirándolo desde fuera, y como diagnóstico hay que leerlo. Lo que sí es un hecho verificable es la estructura de precios y de comisiones por reclutamiento, el mismo esqueleto que comparten casi todos los productos de éxito rápido que se venden en redes.
El otro recibo: 500 euros al mes para el Estado
El argumento que más incomoda a la crítica es el de la coherencia. Hay quien señala que pagar de forma voluntaria 50 o 1.000 euros por un curso escandaliza, mientras que entregar cada mes
500 euros o más en impuestos por trabajar se acepta como si fuera el aire que respiramos. La cuenta que se hace es llamativa: cada trabajador dedica a financiar al Estado el equivalente a
seis meses de trabajo al año.
El paralelismo no exime a nadie de nada. Un curso se compra con información imperfecta y una nómina se soporta por obligación, que no es lo mismo. Pero explica por qué el mensaje de «salirse del sistema» encuentra terreno abonado incluso cuando quien lo vende cobra por enseñar a salirse.
¿Se puede montar una vida en Suiza con un sueldo no cualificado?
El plan de referencia —irse al país alpino y ganar 5.000 euros limpios— tiene un problema administrativo antes que económico. Sin residencia fija, sin contrato, sin seguro de salud y sin ingresos declarados, la estancia se agota:
a los 90 días la situación se complica y, detectada la vida dentro de un coche, la policía actúa rápido. A eso se suma el idioma. Sin francés, alemán o italiano, el abanico se reduce a almacén, hostelería de batalla o barrer naves esperando que alguien se fije en ti.
El resultado, según quienes han seguido de cerca estos itinerarios, es una versión moderna del cuento: el escenario suizo funciona como titular y mal como plan vital. La persona que se lo creyó no vuelve con un negocio, vuelve con la cuenta corriente temblando.
La generación que compró el relato
Detrás del fenómeno hay un diagnóstico sobre la gente joven que conviene no despachar con un chiste. Familias desestructuradas, crisis desde la infancia, un ciclo formativo o una carrera terminados con esfuerzo para acabar repartiendo, sin coche y sin margen. Un mensaje lo resume con amargura:
más títulos que el rey emérito y trabajo de repartidor.
Sobre esa base se levantan dos relatos rivales. Uno sostiene que el problema es el mercado laboral y que quien trabaja por 1.300 euros no sale de la jaula dando pedales; de ahí la idea de que lo que no permita ahorrar
300 euros al mes no merece la pena desde la pandemia. Otro responde que sin referencias adultas, sin hábitos y sin haber superado obstáculos, el perfil objetivo del negocio es exactamente ese, y que la culpa no es de un vendedor de humo sino de un vacío que alguien acabará llenando.
Qué queda cuando cae la primera ficha
Cae una ficha, no el tablero. El propio arranque del análisis avisa de que vendrán más, y la pregunta de fondo es si el modelo muere o solo se muda de barrio: el perfil del comprador sigue ahí, la frustración sigue ahí y el escaparate de coches y mansiones se puede alquilar otra vez. Nadie descarta que el siguiente
gurú sea menos vistoso, pero igual de eficaz.
El asunto se atasca siempre en el mismo punto. Si el chaval miente, si estaba troleando o si simplemente hizo cuentas, el desenlace es el mismo para el que pagó:
ha perdido y todavía no lo sabe. Lo que no discute nadie es el caldo de cultivo. Ni la sensación, cada vez menos discutida, de que estudiar ya no paga la entrada.