Emigrar de España: los destinos que se discuten y los que se descartan
¿A qué país emigrarías si volviera a gobernar Antonio Sánchez? La pregunta, planteada en un contexto de desgaste institucional, ha derivado en un inventario de destinos posibles y, sobre todo, de descartes. El punto de partida es una certeza incómoda: quien puede deslocalizar su oficio lo tiene fácil; quien no, mira el mapa con resignación.
Alemania aparece como la opción más citada por quienes pueden trasladar su empleo, mientras
Portugal se cuela como alternativa cercana y más barata para establecerse.
Del entusiasmo por Alemania al descarte de Holanda
La conversación arranca con un mensaje que resume la lógica del que se va: quien tiene un oficio demandado en el extranjero puede emigrar sin grandes obstáculos, y los que se quedan cargan con la culpa de no haberlo intentado. Alemania se presenta como el destino natural para ese perfil técnico. Pero el entusiasmo se enfría rápido cuando entra en juego la experiencia propia:
dos años en Holanda sirven para constatar que la convivencia está a años luz de la española, aunque el país se descarte por otras razones.
El problema de Holanda, según esa misma experiencia, no es económico sino de convivencia. Quien la ha vivido sostiene que está llena de inmigración y que los incidentes con determinados colectivos son más frecuentes que en España. La discusión se enreda en percepciones subjetivas: unos ven en Holanda un estercolero y otros, un país rico donde merece la pena instalarse. Lo que nadie discute es que el coste de vida y el idioma son barreras reales.
Portugal, Suiza y Liechtenstein: los descartes que se acumulan
Portugal aparece como la opción más repetida por cercanía y por un supuesto paraíso anarcocapitalista comparado con España. Sin embargo, el propio país luso se descarta por
socialista y por
caro: los sueldos son menores y los servicios, según varios testimonios, no están a la altura. La sanidad portuguesa se señala como el punto débil, con una tasa de mortalidad superior a la española.
Suiza y Liechtenstein se mencionan como destinos ideales para quien busca un marco fiscal y regulatorio distinto. Pero la letra pequeña desinfla el plan:
Liechtenstein tiene una política de inmigración tan restrictiva como China, Vietnam y Corea del Norte. Incluso trabajando allí, residir es casi imposible; muchos acaban viviendo en Austria o Suiza. El detalle, aportado con enlace a una fuente oficial, desmonta la fantasía del paraíso alpino.
El giro hacia América y el problema de ser extranjero
A medida que la conversación avanza, el foco se desplaza hacia América.
República Dominicana aparece como destino de exilio para quien ya tiene el billete pagado.
Uruguay se menciona como lugar para pasar temporadas de jubilado, con hoteles reservados.
Filipinas gana enteros para quien busca un destino distinto, aunque el idioma vuelve a ser un obstáculo: competir con nativos exige un nivel que cuesta una década alcanzar.
El contrapunto llega de quien recuerda que emigrar no es solo cambiar de país:
siempre serás extranjero donde vayas. La advertencia se completa con una predicción incómoda: si España remonta, muchos de los que se fueron volverán, y los que se quedaron a resistir tendrán que vérselas con los que huyeron. La culpa, en esa lectura, no es de quien se va, sino de quien deja el país en manos de los que se quedan.
El mundo no tiene un lugar definitivo al que huir
La conclusión más repetida es que no hay sitios buenos, solo sitios menos malos.
Todos los pueblos se van a multiculturalizar, la pobreza y los impuestos llegarán a todos los lugares, y cada destino al que se huye acaba pareciéndose al que se dejó. La época de inmigración fácil y construcción de un proyecto de vida en otro país se da por terminada: hoy se exige visado, dominio del idioma y aportar algo concreto.
Frente a ese pesimismo, surge la opción de quedarse.
Con el PSOE, España es un buen país para los que viven de rentas, aunque el problema es vivir del trabajo. La brecha entre rentistas y asalariados se convierte en el verdadero eje del debate: no es cuestión de fronteras, sino de posición en la escala económica. Y ahí, emigrar no arregla nada.
Al final, el mapa de destinos se reduce a una lista de descartes: Alemania por idioma, Holanda por convivencia, Portugal por socialista y caro, Suiza y Liechtenstein por restrictivos, América por distancia. Queda el velero, que alguien menciona como solución definitiva. Ironía seca: el único destino que no exige visado es el que se lleva puesto.