Flautas, gyozas y galletas: la compra sube un 16% en un mes
¿Cuánto ha subido la compra en el último mes? Lo suficiente como para notarlo sin mirar la etiqueta del estante. Unas flautas variadas que en julio estaban a menos de 1,70 euros se venden ahora a 1,99. Treinta céntimos, más del 16%. Las gyozas del mismo establecimiento han pasado de 2,70 a 2,99, un 11% en semanas. Y las galletas básicas, de 1,30 a 1,50, un 15% más sobre un producto que antes de la guerra se compraba por menos de un euro. El ticket no engaña:
la subida de precios en alimentación va muy por delante del dato que se publica cada mes.
De 1,70 a 1,99: cómo se mueve cada producto en el lineal
El repaso producto a producto de una cesta corriente dibuja saltos que ninguna estadística agregada recoge con esa velocidad. Las flautas han ganado treinta céntimos en un mes; las gyozas, otros treinta. Las galletas básicas ya habían subido de menos de un euro a 1,30 y ahora dan un segundo arreón hasta 1,50, mientras en otra cadena se quedan en 1,70. La botella de cola de marca blanca pasó de 0,22 a 0,33 desde antes de la guerra. Nada de esto es un caso aislado: es el mismo movimiento repetido en cada pasillo.
Hay más. Un pack de tres latas de atún costaba entre 1,50 y 1,70 euros en 2020 y hoy se paga entre 3 y 4. El arroz de marca reconocida —ese que muchos consideran el único que vale— ha pasado de 1 euro el kilo a 2. Las magdalenas cuadradas, de 0,55 céntimos a 1,40 o 1,60. Las patatas de bolsa se mueven ya entre 1,40 y 2 euros, y el queso curado que costaba 8 euros el kilo se despacha a 19. El jamón cocido de una marca blanca concreta subió 20 céntimos en julio y otros 10 después.
La cuesta de septiembre se llama esto, aunque caiga en cualquier mes.
El pollo sube un 21% y el atún cuesta el doble que en 2020
El foco en los productos de despensa esconde lo que más pesa en la factura: la proteína. El pollo se ha incrementado un 21% en una sola semana, de 5,65 a 7,15 euros el kilo, según el seguimiento de precios que se comparte en estos días. Con el cerdo ocurre tres cuartos de lo mismo. Son las referencias que más han corrido, precisamente porque su precio se actualiza rápido cuando el proveedor renueva condiciones.
Frente a eso, la comparación internacional que aporta quien vive fuera de España resulta incómoda: pollo a 3 euros el kilo, cerdo a 4, ternera a 5 y gasolina a 1,15 euros el litro en un país sin petróleo propio. La única excepción que reconoce ese mismo testimonio es el aceite de oliva, que allí ha pasado de 6 a 9 euros el litro. En España ni se discute: es el producto que ya nadie usa como ejemplo porque su escalada se da por descontada.
¿Por qué el IPC oficial no cuadra con la cesta de la compra?
Porque mide una media ponderada que diluye los productos que la gente compra cada semana. El dato del 0,2% que circula estos días provoca carcajadas entre quien acaba de pagar 1,99 por unas flautas. La brecha entre estadística y ticket se explica, en parte, por la composición de la cesta, por la ponderación de cada familia y por los contratos con proveedores: cuando un acuerdo se renueva, el precio nuevo se aplica a todo el stock, incluido el que se compró más barato.
Mientras tanto, la recaudación por IVA creció un 7% en el primer trimestre hasta 56.000 millones, con un aumento anual cercano al 3%, según los datos publicados por
Cinco Días. La Administración ingresa más aunque el consumo se estanque, porque cada unidad vendida vale más. Ese contraste —precios que suben, consumo que se estrecha, caja pública que engorda— es el que alimenta la desconfianza hacia el relato económico oficial.
¿Qué pasa si no se prorroga la rebaja del IVA a los alimentos?
Que la subida que hoy se nota en el lineal se convierta en otro escalón. La rebaja fiscal sobre alimentos básicos está vigente hasta el 31 de diciembre y su continuidad no está garantizada. Si decae, el comprador absorberá de golpe la vuelta al tipo anterior sobre una base de precio que ya es muy superior a la de hace tres años. Quien lo resume sin adornos sostiene que sería
una subida generalizada brutal.
Comparar supermercados: la única defensa que queda al comprador
La respuesta más repetida no es dejar de comprar, sino fragmentar la compra. La malla de 5 kilos de patatas se vende por más de 6 euros en las grandes cadenas y a 3,50 en la frutería de barrio. Las galletas básicas valen 1,50 en un establecimiento y 1,70 en otro, así que siguen saliendo a cuenta aunque su consumidor habitual haya dejado de comprarlas por otras razones. Y quien tiene acceso directo al productor —leche de ganadero, por ejemplo— compra más barato y de mejor calidad, con el matiz de que esa vía no está al alcance de cualquiera.
El cálculo completo, hecho partida a partida comparando enseñas de la misma zona, arroja diferencias que sorprenden incluso a quien lleva años persiguiendo ofertas. Hay quien directamente ha renunciado a mirar los precios para no acabar cenando pan con margarina. Y quien repite que gastar siempre lo mismo es la única forma de no volverse loco: veinte euros, cueste lo que cueste lo que hay dentro del carro.
Abrir un supermercado nuevo con precios agresivos para captar clientela durante unos meses es un clásico, y los descuentos con tarjeta propia que se repartieron el año pasado ya se han ido apagando. La expectativa de que llegue una cadena más barata a la zona se repite cada temporada con la misma ilusión y el mismo resultado.
Los precios suben, la cesta se encoge y el dato oficial sigue imperturbable. A lo mejor el problema es que miramos mal.