Una evangelista recibe escupitajos en Israel por hacer proselitismo
Una mujer recorre una calle de Israel con una bandera israelí al hombro y un megáfono en la mano. No va a rezar. Va a pedir a los transeúntes que abracen la fe de Jesús. El resultado, captado en un vídeo que ha corrido por medio mundo: escupitajos, una bofetada a mano abierta y un mochilazo. La escena desmonta de un golpe el relato con el que se presentó el clip: no era una periodista ni una simpatizante laica del país, sino una
misionera cristiana —probablemente surcoreana, según algunos participantes en el debate— haciendo proselitismo en un espacio público.
La confusión no es menor. El vídeo se difundió como ejemplo de hostilidad hacia quien muestra apoyo a Israel y acabó convertido en otra cosa: una discusión sobre los límites del proselitismo religioso, sobre el peso de los ultraortodoxos en la sociedad israelí y sobre qué se puede exigir a un Estado que se define como democrático cuando una parte de su población no acepta la predicación ajena.
Qué dice el vídeo y qué decía el titular
El clip muestra a una mujer con bandera israelí increpando a viandantes con un megáfono. Lo que se oye —y lo que traducen quienes han seguido el asunto— es una invitación a convertirse al cristianismo. Ahí empieza el problema: en Israel el proselitismo misionero entre judíos no es una práctica bien recibida, y menos en determinados barrios. La reacción que recoge el vídeo no es la de un país entero, sino la de un entorno concreto donde conviven corrientes ultraortodoxas con una hostilidad declarada hacia la predicación cristiana.
Hay quien sostiene que la mujer fue a buscar la reacción y la encontró. La provocación, en este marco, consistiría en plantarse con un megáfono en un espacio sensible para anunciar a un público ajeno que su religión es la equivocada. En contra pesa el argumento obvio: una bofetada y un escupitajo no son una respuesta proporcionada a una chapa, por muy pesada que sea. La libertad de expresión no protege del rechazo, pero tampoco convierte el rechazo en agresión legítima.
La convivencia religiosa en Israel, en el centro del asunto
El episodio ha servido para recordar una realidad poco contada fuera del país: Israel tiene iglesias, y los cristianos cuentan con libertad de culto reconocida. Otra cosa es el clima social. Los ultraortodoxos —una comunidad con privilegios históricos en materia de exenciones y ayudas— mantienen una relación tensa con todo lo que suene a proselitismo ajeno, y su peso demográfico y político es creciente.
Ese es el punto que más recorrido tiene. Una parte del análisis sostiene que los ultraortodoxos son una carga para el resto de la sociedad israelí: no hacen el servicio militar, viven de subvenciones y su aportación económica es limitada. Otra parte responde con un dato incómodo para los críticos: su natalidad sostiene la demografía del país. Entre ambos argumentos se cuela la pregunta de fondo, la que nadie responde con comodidad: ¿cuánta cohesión aguanta una democracia cuando una parte de su población no comparte las reglas básicas de la convivencia?
El proselitismo como detonante, no como excusa
La discusión derivó rápidamente hacia comparaciones. Se ha argumentado que la reacción habría sido mucho peor en otros países de la región, y también que en Europa la escena se habría leído de forma distinta si el predicador fuera de otra confesión. Son comparaciones que no resuelven nada, pero que revelan el marco mental de quien las hace: la tolerancia se mide siempre con la vara de lo ajeno.
Lo cierto es que el vídeo deja una imagen incómoda para todos. Para quien lo difundió como ejemplo de solidaridad con Israel y se encontró con una misionera. Para quien lo usó para retratar a una sociedad entera por la reacción de unos pocos. Y para quien, en el fondo, cree que una mujer con un megáfono merece lo que le pasa por el simple hecho de llevar un megáfono.
¿Cuánto de lo que se discute sobre este conflicto es análisis y cuánto es solo la necesidad de tener razón?